De largo no puedo quejarme de que le falte ningún centímetro. Pero, de ancho, los cincuenta y cinco centímetros escasos que tiene mi balcón hacen que no dé para mucho más que tender la ropa. Y, aun así, este año me he empeñado en no resignarme con que no se puede hacer nada. Spoiler: sí se puede y con muy poco.
No hablo de meterse en reformas, ni de muebles a medida, ni de dejarse un pastizal convirtiéndolo en un balcón de revista nórdica. Hablo de solo dos elementos llamados a cambiar por completo cómo me apetece usar ese pequeño espacio.
Una mesa espaciosa que no estorba (y que aparece solo cuando la necesitas)
Dejando de un lado lo puramente estético, el problema real de un balcón estrecho es físico porque no cabe nada. O eso creía yo hasta que encontré la mesa plegable Nämmarö de Ikea. Mide 108 x 37 x 75 cm, pero lo más importante no son esos 37 cm de ancho... Lo mejor es que se pliega, desapareciendo casi por completo y sin estorbar lo más mínimo al paso.
Cuando está abierta, en cambio, hace algo tan valioso como convertir ese miniespacio abandonado en un sitio donde pueden pasar cosas. Un café por las mañanas, una copa para terminar el día, un rato de teletrabajo al aire libre, unas velas alumbrando una sesión de lectura...
Además, aporta calidez y decora porque está hecha de madera maciza de acacia. Eso sí, tratada para aguantar sol, lluvia, ser resistente a las manchas y al desgaste normal del uso. No parece ni un apaño temporal ni algo con lo que te has tenido que conformar porque era lo que había que te servía. Tiene ese punto de mueble serio que eleva cualquier balcón al estatus de mini sala de estar al aire libre.
La única pega que le puedo poner es el precio porque 79 € no es lo más barato del mundo pero, cuando se trata de espacios pequeños, funcionalidad y estética van de la mano eso vale oro.
NÄMMARÖ
Luz sin enchufes, sin obras y sin drama
No obstante, aquí no acaba la cosa porque el segundo gran problema que tiene mi balcón es que no tiene ni toma de luz ni un enchufe cerca. Nada. Así que aquí es donde entra en juego la lámpara solar Solvinden, también de Ikea, por 6,99 €.
Es pequeña (10 cm), ligera y no tienes que andar acordándote de cargarla porque funciona con energía solar. Ya lo hace ella sola durante el día y luego se enciende sola por la noche.
Simplemente la cuelgas, la colocas donde le dé algo de luz natural y te olvidas.
Eso sí, no esperes una iluminación de quirófano (que probablemente tampoco la quieras), pero sirve para crear ambiente, que es justo lo que necesita un balcón poco agraciado. Una luz cálida que haga que salir a tomar el aire fresco a las diez de la noche no dé pereza y se convierta casi en un acto de autocuidado.
En un día soleado necesita entre 9 y 12 horas de carga y, cuando la batería está llena, puede dar luz hasta 12 horas. Para ello, lleva una pila recargable (que dura unos dos años y se puede cambiar después). Además, consume muchísimo menos que una bombilla tradicional.
En balcones mínimos, como el mío, cada objeto tiene que ganarse su sitio. No hay espacio para caprichos. Una mesa que aparece y desaparece y una luz que no depende de enchufes han sido suficiente para que mi balcón deje de ser un espacio muerto y pase a ser usable. No siempre, no para todo, pero sí para sentarme un rato, respirar profundo y sentir que tengo un pequeño rincón exterior aunque no sea de postal.
Fotos | Ikea
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