Cuando se estrenó el pasado siete de noviembre en cines 'Siempre es invierno' no encontré el momento para hacer un hueco y poder sentarme tranquilamente en las butacas de una sala. Pronto la quitaron de la cartelera y me sorprendió bastante porque aquellos que ya la había disfrutado parecían embelesados con el film dirigido por David Trueba, basado a su vez en su novela 'Blitz'. Por suerte, cuando entré hace un par de días en el catálogo de Netflix ahí estaba la cinta, entre las más vistas, a pesar de acabar de aterrizar en la plataforma. Me la puse de inmediato.
Este film no es más que un drama edulcorado con humor, que es la mejor forma en la que te puedes beber los malos tragos de la vida. O lo sazonas todo con un poco de ironía y te burlas de tu propia persona o ya me dirás como tiras para adelante. Por supuesto, no había mejor opción para ello que David Verdaguer, que interpreta a Miguel, un arquitecto paisajista que acude a un congreso en Lieja con su novia Marta (Amaia Salamanca). En el ecuador de ese viaje, en un kebab de mala muerte, ella lo deja.
No se si existe un sitio más humillante que un kebab para que te dejen, cuando aún llevas las comisuras de la boca pintadas de salsa de yogur. Aunque si lo piensas bien, ningún lugar es el idóneo para deglutir la idea de que la persona que creías tu dupla inquebrantable ha decidido dejar de serlo, para cambiarte, como en este caso, por otro hombre aparentemente más interesante que tú. El mundo se vuelve contra ti, se torna un escenario insoportable. Contra todo pronóstico, aparece Olga (Isabelle Renauld), una mujer francesa treinta años mayor que Miguel que le tiende la mano en sus horas más bajas.
La película avanza ágil por el sinuoso camino del amor. Nos proyecta ante los ojos como se abraza está idea pasados los sesenta, como se abarca ante la sociedad la diferencia de edad cuando es la mujer quien se fija en un hombre que bien podría ser su hijo y no al revés, una dinámica a la que parece que tenemos ya más acostumbrados los sentidos. Al final, nunca sabes del todo porque acabas queriendo ferozmente a alguien, simplemente un día te despiertas rodeada por otro ser humano con la respiración acompasada con la tuya y ya no quieres estar en otro sitio.
El castellano, se mezcla con el francés y el inglés. Ambos comunican en este último, aunque Miguel no es especialmente bueno con los idiomas y Olga sabe muy poco de español. Se entienden, y resulta cómico verlos intentando adivinar las bromas del otro prestándose toda la atención posible. El carisma y la elocuencia está por encima de cualquier palabra. Es sin duda una obra reconfortante.
Fotos | Netflix
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