Es 2026, Miranda Priestly me importa un pimiento. Veré 'El diablo viste de Prada 2' cuando Nigel sea el jefe

Me niego a ver la ambición, la autoridad o la frialdad como cualidades naturalmente vinculadas al éxito, sea en un hombre o en una mujer

Nigel
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María Yuste

Editor Senior

Durante años se ha dicho que Miranda Priestly tenía "energía masculina", como si la ambición, la autoridad o la frialdad fueran cualidades naturalmente vinculadas a los hombres y lo suyo fuera solo un código aprendidos para sobrevivir en el entorno de su carrera profesional. Pero ahora que he vuelto a ver 'El diablo viste de Prada', preparándome para su secuela 20 años después, he hecho otra lectura que me convence más después de haber experimentado en primera persona el mundo laboral: quizá Miranda nunca fue "masculina" ni estuvo "obligada" a ejercer el poder según dichas reglas sino que es una mujer que aceptó amoldarse al statu quo, incluso si para brillar ella tenía que pisar a otras. En otras palabras: lo que ahora llamamos "feminismo de Ana Botín" o neoliberal.

Para ser justos, el liderazgo de Miranda responde a una idea clásica del éxito: exigencia extrema, distancia emocional, perfeccionismo, disponibilidad total y una jerarquía basada en el miedo. Rasgos que el cine, el mundo corporativo y la cultura popular ha premiado durante años cuando los encarnaba un hombre. La diferencia es que, al aparecer en una mujer, se convierten rápidamente en villanía. Porque Miranda no nace monstruo, es el producto de un sistema que durante mucho tiempo entendió que mandar era parecerse a ellos.

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No obstante, eso no significa que en 2026 nos tenga que seguir sirviendo como excusa. De hecho, nunca debió serla. Entender de dónde viene un comportamiento no obliga a justificarlo. Haber tenido que abrirse paso en estructuras hostiles explica parte del personaje, pero no legitima la humillación constante, el desprecio hacia quienes trabajan para ella ni convertir el abuso cotidiano en método de gestión. 

Y ahí es donde la película deja una paradoja interesante. Mientras Miranda concentra todo el magnetismo del poder "masculino", Nigel (el personaje de Stanley Tucci) ya nos estaba ofreciendo en 2006 una alternativa mucho más moderna. Talentoso, respetado, brillante en su trabajo, emocionalmente inteligente, generoso como mentor y con sentido del humor. No necesita destrozar a nadie para demostrar autoridad. No confunde liderazgo con crueldad ni excelencia con capacidad de infundir terror.

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Sin embargo, siempre ha estado en segundo plano. Porque, en realidad, el imaginario colectivo sigue fascinado con el jefe implacable. Nigel representaba una masculinidad menos rígida y un liderazgo mucho más sano, pero quedaba en segundo plano frente al espectáculo de la tiranía elegante. Tal vez porque lo tranquilo no genera suficientemente chicha dramática para el cine.

Por eso también se puede decir que 'El diablo viste de Prada' participa, al menos en su primera parte, de esa legitimación. La película critica a Miranda, sí, pero también la envuelve en glamour, inteligencia y una aura casi mítica. La convierte en icono. De hecho, solo hay que ver el efecto que la película tuvo en Anna Wintour como personaje pop, redefiniendo y suavizando su imagen pública.

The Devil Wears Prada

El espectáculo y los looks de envidia desvían la atención del peligro que supone que el abuso venga camuflado con carisma, porque corre el riesgo de parecer admirable. No nos invita tanto a rechazar ese modelo como a temerlo y desearlo al mismo tiempo.

Vista hoy, la lección a aprender quizá no está tanto en Miranda, sino en Nigel. El personaje que parecía secundario escondía una idea de liderazgo más avanzada que la de su jefa y también más útil para 2026. Porque ya no basta con entender por qué alguien se convirtió en una bicha. Lo urgente es dejar de premiarlo y tomarlo como modelo.

Fotos | 'El diablo viste de Prada'

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