Desde que tengo uso de razón he querido vivir en Sevilla. Puede que porque desde bien pequeña mis padres me inculcaron el amor por la capital andaluza llevándome siempre que era posible. Hace ocho años, cuando todo en mi vida saltó por los aires se me encendió una lucecita: había llegado el momento de mudarme y, por fin, cumplir ese deseo.
Pero que esta carta de amor no te confunda. En el fondo, la imagen que tenía de la ciudad estaba cargada de prejuicios. Sevilla es monumental, feriante, tradicional y huele a azahar (todo eso es verdad), pero siempre pensé que, más allá de la Alameda, había poco que rascar en cuanto a vanguardia.
No quiero sonar paternalista, todo lo contrario, más bien soy una ignorante o me dejé arrastrar por la rutina y por lo conocido. Hice cola durante horas para entrar en el Moma, en Bilbao no me salté la visita al Guggenheim y siempre que subo a Madrid me encanta pasarme por La Fiambrera y sin embargo en ocho años, las únicas veces que pisé el CAAC fue para ir a un festival. Por suerte, este trabajo me permite conocer a gente estupenda y hace unas semanas invitaron a pasar un fin de semana haciendo turismo precisamente por Sevilla y por supuesto, dije que sí porque yo siempre estoy dispuesta a un buen sarao.
Un fin de semana mirando Sevilla de otra forma
No es el Guggenheim es el Barceló Renacimiento
El fin de semana empezó bin. El hotel ya de por sí parece un museo (el Guggenheim concretamente), lo conocía, siempre lo había visto de lejos pero sin prestarle demasiada atención, básicamente porque está al otro lado del río. La noche del viernes empezó con un vinito, tapeo y una exposición dentro del propio hotel. Formaba parte de Art Hub, un proyecto con el que están llenando sus espacios - que son muchos, el hotel es inmenso- de arte contemporáneo y, sobre todo, dándole sitio a artistas de aquí.
No era la típica exposición solemne. Los propios artistas estaban allí, tomando una copita con nosotras y charlando, todo bastante natural. Entre ellas una de las organizadoras, Rocío Valseca, una artista sevillana implicada en el proyecto. Había varias obras, pero a mí la que más me llamó la atención fue la de Teresa Díez de Rivera. Entre otras cosas, porque se podía tocar. Y sí, parece una tontería, pero no lo es. La sensación de tocar un cuadro y sobre todo de que la propia artista te lo pida es súper interesante, muy analógico y divertido, como hacer algo prohibido, no se definirlo. Al final, más que una “visita a una exposición” (con toda la carga y seriedad que eso implica), fue una forma bastante agradable de empezar el fin de semana.
Una de las obras de Teresa Díez de Rivera
Esa misma noche decidimos que también queríamos conocer una galería de un grafitero sevillano colega de uno de los artistas y allá que fuimos al día siguiente. Delimbo (así se llama) está en una calle por la que he pasado millones de veces desde que me mudé y sigo bastante decepcionada conmigo misma por no haber reparado en ella antes. Tiene un rollo tan moderno que tiene poco que envidiar a las más vanguardistas de Madrid ¿hay algo más cool que una galería de arte moderno montada por un grafitero? (Menos mal que llevaba mis bailarinas Tabi, de arte no sé, pero de ir de moderna un pelín).
Delimbo
El mismo sábado me llevaron al Centro Andaluz de Arte Contemporáneo, la antigua fábrica de la Cartuja que para mi era poco más que una sala de conciertos hasta ese momento, a conocer la obra de Cachito Vallés. Otro artista sevillano que arrasa en ARCO y que es una especie de ingeniero de las artes. Él mismo nos guió por toda la exposición (que todavía se puede visitar) y la verdad, es que se disfruta de otra manera. El resto de la tarde la pasamos pintando platos de cerámica con Pablo Little y comprobando de primera mano que lo de ser artista plástica no es lo mío.
Exposición de Cachito Vallés en el CAAC ''El eterno presente''
Por supuesto, también hubo paseos por el centro y comida con vistas a la torre del Oro pero lo que de verdad hizo que me explotara la cabeza es conocer de primera mano la comunidad de artistas tan potente que hay en esta ciudad, que rompen esquemas y que destacan más allá de Despeñaperros. A veces, nos empeñamos en salir y conocer mundo sin reparar en lo que tenemos en casa. Y lo peor en mi caso, es que soy reincidente en estas cosas, ya me pasó con Huelva, pero esa historia ya os la cuento otro día.
Fotos | @maria_barba
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