San Martín de Trevejo, en plena Sierra de Gata (Cáceres), es mucho más que un pueblo bonito. Intenta hacerte una idea: robles centenarios, olivares y montañas rozando la frontera con Portugal. Una villa con identidad tan propia que tiene una lengua propia muy singular y un patrimonio que lo ha convertido en uno de los destinos rurales más especiales de Extremadura.
Desde 2019 forma parte de la red de Los Pueblos más Bonitos de España, un reconocimiento que no sorprende a quienes han paseado por sus calles empedradas o se han asomado a la Plaza Mayor, donde la vida fluye atemporal entre balcones de madera, la fuente central y el imponente Ayuntamiento.
Ayuntamiento de San Martín de Trevejo
No es una exageración decir que la primera impresión al recorrer San Martín es la de viajar a otra época. Sus casas de tres alturas y con bodegas excavadas en la planta baja son una muestra de la arquitectura tradicional que se ha conservado con mimo. Los escalones en las puertas, las fachadas de piedra y adobe y los poyos de cantería dan personalidad a unas viviendas que, además, guardan vino artesanal en su interior.
El pueblo está declarado Bien de Interés Cultural como Conjunto Histórico, lo que asegura que cada rincón mantenga esa esencia rústica que conquista a los amantes del turismo rural. No obstante, entre sus monumentos destacan la Iglesia de San Martín de Tours, con tres tablas del pintor Luis de Morales; la Torre Campanario, separada de la iglesia y con un escudo imperial; o el Convento de San Miguel, vinculado a la tradición franciscana.
Ayuntamiento de San Martín de Trevejo
Aunque lo que hace realmente singular a San Martín de Trevejo es su idioma: el mañegu, una de las tres variedades de la “fala de Xálima”. De origen galaicoportugués, esta lengua romance ha sobrevivido intacta durante siglos gracias al esfuerzo de sus habitantes, que la consideran un auténtico emblema de identidad. Escucharla por las calles o verla escrita en carteles añade un valor cultural difícil de encontrar en otro lugar.
En San Martín de Trevejo no es raro escuchar hablar de “boigas” o “pichorras”, las bodegas tradicionales donde se produce el vino local. Como ya adelantábamos más arriba, las casas guardan en sus bajos "oro líquido" de fermentación artesanal que se comparten especialmente en noviembre, durante la fiesta de San Martiñu. El 11 de ese mes, los vecinos sacan en procesión al patrón del pueblo y, como manda la tradición, prueban los vinos nuevos al grito de “¡Por San Martiñu se prueban los vinos!”. Además, el penúltimo finde de septiembre celebran su propia fiesta de la vendimia.
Ayuntamiento de San Martín de Trevejo
A lo largo del año, otro de los protagonistas cotidianos son los arroyus, regatos que recorren las calles aportando frescor y abasteciendo corrales y huertos. Estos hilos de agua cristalina acompañan a quienes se adentran por las callejuelas, regalando estampas que parecen sacadas de una postal medieval.
Además de su casco histórico, en el término municipal abundan construcciones que hablan de la vida rural antaño: chozos de pastores, antiguas neveras donde se almacenaba la nieve, pilas para prensar vino o la almazara del siglo XII que dio lugar al Museo del Aceite y del Vino (aunque actualmente está cerrado).
Palacios con escudos de armas, ermitas y restos arqueológicos completan un recorrido que combina historia, arquitectura y naturaleza. Además, todo ello dentro del Parque Cultural de la Sierra de Gata, un escenario perfecto para quienes buscan turismo slow, paisajes de montaña y experiencias auténticas.
En definitiva, San Martín de Trevejo es de esos lugares que invitan a pasear sin rumbo, dejarse sorprender por una conversación en mañegu o detenerse en la Plaza Mayor a escuchar el rumor del agua. Un pueblo pequeño en tamaño, pero grande en carácter, que se ha convertido por mérito propio en embajador del encanto rural extremeño.
Foto de portada | Ayuntamiento de San Martín de Trevejo
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