Pienso mucho en Phoebe Waller-Bridge, pienso mucho en 'Fleabag'. Podría sentarme a hablar sobre esta serie con las piernas cruzadas y la espalda recta y acabaría gesticulando en demasía, cada vez más trasparentosa, más acelerada, frenándome a ratos en busca de un tono pausado y reflexivo que rápidamente quedaría atropellado por mi punzante entusiasmo. Una puede llegar a ser especialmente verborreica cuando intenta abarcar con palabras aquello que ama y luego sentir que apenas ha conseguido alcanzar la ladera de su relato.
Halloween está a la vuelta de la esquina y, entre los disfraces más escalofriantes de la noche, se cuelan los de Fleabag (Phoebe Waller-Bridge) y el Hot Priest (Andrew Scott). Toda una historia de terror sentimental, da igual por dónde se mire. Las redes nos bombardean de nuevo con la ya icónica imagen de Paul Mescal y Daisy Edgar-Jones caracterizados de esta centelleante dupla para celebrar el 31 de octubre. Es inevitable, sobrevive a la familiaridad, nos entra de nuevo el cosquilleo de volver a ver esta premiada serie británica que cumple ya diez años desde su estreno.
Paul Mescal y Daisy Edgar-Jones disfrazados de hot priest y Fleabag
Yo he regresado innumerables veces a los doce capítulos que forman esta historia, pero habían pasado más de cinco años desde la última vez. Recordaba diálogos, encuadres y escenas con una nitidez casi ridícula, aunque el poso que había dejado en mí aquella forma de desmitificar al personaje femenino resultaba mucho más difícil de medir. Quizás por eso la historia no se marchita diez años después de su estreno. Pocas ficciones han sabido acercarse con tanta veracidad al ruido mental de una mujer intentando desenvolverse en la treintena. No va de retratarnos contradictorias, incorrectas, obsesivas, insoportables o autodestructivas; va de que nos dejen serlo en la pantalla sin exigirnos redención.
Ver 'Fleabag' por primera vez es un punto de inflexión extraño. Es como cortarte el flequillo con las tijeras de la cocina una tarde de domingo premenstrual. Como mandar un mensaje incendiario al tipo que te gusta y al instante tener la necesidad de lanzar el móvil por la ventana de un quinto piso. Como escupir un chiste sucio e irónico en el contexto equivocado y escuchar la carcajada de un extraño a lo lejos antes de que el resto de miradas arremetan contra ti. Es un acto de fe para las que no sabemos muy bien qué hacer con los dioses. Una se expone al desastre con una mezcla de inconsciencia y esperanza, lista para correr en dirección contraria a la tibieza. El futuro, al fin y al cabo, aún no ha sucedido.
Fleabag temporada 2
La protagonista sobrepiensa y sobreactúa, duda de si es lo suficientemente feminista porque no milita en su vida con el ejemplo, es la antiheroína que te habla de su extraña relación con el deseo mientras hace pis o le asegura a un cura que ella es una persona normal porque no cree en Dios. Una mujer obsesionada con su pelo, cuya esperanza para superar la muerte de su mejor amiga es un par de sesiones de psicólogo que le regala un padre emocionalmente absurdo. Da bandazos porque tiene que escapar de la tristeza y por el camino solo intenta divertirse un poco. Es lo contrario a la performance, al algoritmo, es quizás más parecido a las incongruencias de la vida adulta.
No vengo aquí a escribir una crítica sobre esta serie, no puedo siquiera llamarla una romcom cuando yo la leo como una tragedia disfrazada de comedia. Cuando 'Fleabag' rompe la cuarta pared para hablarnos con sarcasmo, el humor funciona como un jarabe agrio pero alentador para digerir el trauma. El sufrimiento no la lleva hacia una lección edificante porque la biografía de una persona rara vez es una parábola. En uno de sus momentos más vulnerables, Phoebe mira a cámara y nos escupe: "O todos se sienten así un poco, y simplemente no están hablando de eso, o estoy completamente sola." No podemos contestarle, pero consigue que se nos aguen los ojos. Sabemos de sobra de lo que está hablando. Querida Fleabag, seguimos todas improvisando.
Fotos | Prime Video
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