Dice la filósofa Victoria Camps que el papel de la filosofía y de los filósofos es ayudar a pensar. Su valor en el desarrollo del pensamiento humano es innegable, pero si miramos lo que significa filosofía, etimológicamente hablando, es "amor a la sabiduría". Y ese amor por saber pasa por hacerse preguntas incómodas, por provocar, por cuestionar todo lo que nos rodea. Y por buscar respuesta a algunas de las grandes preguntas del ser humano: ¿qué necesitamos para alcanzar la felicidad?
Camps reflexiona mucho sobre ello en su libro ‘La búsqueda de la felicidad’ donde dice que “la felicidad es una búsqueda a lo largo de la vida de cada persona. La infelicidad es el abandono de la búsqueda, del deseo de seguir viviendo. Más que una meta a alcanzar, es un estado de ánimo, el anhelo de una vida plena y conseguida”. La felicidad, como ella misma explicaba en ‘Aprendemos juntos BBVA’, es una búsqueda que dura toda la vida y no hay una forma concreta de lograrla, porque “se puede vivir de muchas maneras y ser feliz en todas ellas”.
La felicidad como derecho, pero dependiendo de nuestro contexto
La vida moderna sostiene la búsqueda de la felicidad como un derecho. Es más, la Declaración de Independencia de Estados Unidos, la cuenta como uno de los tres derechos inalienables: la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. “Eso es vincular la felicidad no a una forma de vida determinada, sino a la libertad de cada cual para escoger la mejor forma de vivir para cada uno”, explica Camps.
Al convertir esa búsqueda de la felicidad en un derecho fundamental, dice que “se le está pidiendo a las instituciones públicas que garanticen las condiciones materiales imprescindibles para que todos y cada uno puedan buscar la felicidad”. Por eso Camps sostiene que “la búsqueda de la felicidad no le está vetada a nadie que tenga condiciones materiales suficientes para decidir cómo vivir”.
Este argumento encaja con el Enfoque de las Capacidades del economista Amartya Sen y la filósofa Martha Nussbaum. Su idea central es que no basta con reconocer nuestros derechos formales (a la educación, a la salud, a la libertad de elegir un plan de vida) si las personas no disponen de las capacidades reales para ejercerlos. Nussbaum habla de un conjunto de "capacidades centrales" que deben estar garantizadas para que exista una libertad efectiva de elección. Si lo enfocamos a la felicidad, de poco sirve decir que todos tenemos derecho a buscar la felicidad si una parte de la población carece de las condiciones mínimas para plantearse siquiera qué forma de vida desea llevar.
El argumento de Camps me recuerda a la libertad negativa (nadie te impide hacer algo) y libertad positiva (tienes los medios reales para hacerlo) de Isaiah Berlin. Declarar un derecho a la felicidad sin garantizar que se den las condiciones materiales para ello es como reconocer el derecho a viajar en tren sin haber fabricado siquiera el tren. Esto convierte la búsqueda de la felicidad en algo profundamente desigual si no se acompaña de justicia social, como si solo los ricos pudieran ser felices. Sin una casa, sin un trabajo que te permita comer, sin un techo donde dormir, ¿dónde está ese derecho a buscar la felicidad?
Ahí está el truco, en esa trampa que promete libertad para buscar esa felicidad pero no la permite sin las condiciones adecuadas. Según Camps, la felicidad se la tiene que construir cada uno y habría que “definirla como el mantener esa búsqueda, que es como mantener el deseo de seguir viviendo, las ganas de vivir pese a todo, porque en la vida humana hay muchas limitaciones, muchas contingencias, muchas frustraciones. Es, pese a todo, el saber superar todas esas adversidades y mantener el deseo de vivir”.
Podemos empezar a buscar esa felicidad poco a poco, en esas pequeñas cosas que nos hacen sonreír y que nos ayudan a sobrevivir a pesar de todo.
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