Tengo más de 40 años y no me puedo permitir comprar un piso en mi ciudad, así que compré una casa en un pueblo de 50 habitantes

Sevilla se ha vuelto imposible y necesitábamos un plan B por si las cosas se tuercen aún más

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María Barba

Editor Senior
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María Barba

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Editora de shopping en Webedia desde 2018, coordinadora ecommerce de Lifestyle&Food en Webedia desde 2022 y creadora de necesidades desde 2013.

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No descubro nada si digo que la vivienda está imposible. Vivo de alquiler en una de las ciudades más tensionadas por el turismo y la especulación, lo que implica un miedo constante a quedarme en la calle. Nunca tuve prisa por ser propietaria de una vivienda pero las cosas se están complicando tanto que junto con mi chico, tomé la decisión de buscar en serio un techo propio.

Eso sí, quiero dejar claro que soy una privilegiada con ''suerte'' porque llevo seis años en el mismo apartamento y hasta hace dos -cuando la zona empezó a revalorizarse- mi casera no nos subió el alquiler ni una sola vez. Considero mi piso de alquiler mi hogar, así que será bastante traumático tener que dejarlo algún día. Por eso, necesitábamos un sitio con garantías de permanencia. 

Nos pusimos a buscar en serio, incluso solicitamos un piso protegido y casi nos toca, pero solo en nuestro barrio el precio de la vivienda se había multiplicado casi por tres desde 2021. Con casi 40 años, una situación laboral precaria (los dos somos autónomos) y sin arraigo de verdad en la ciudad, nos planteamos una solución ¿y si en lugar de una primera vivienda, nos compramos la segunda residencia?.

La casa estaba para entrar, pero mi chico la convirtió en un hogar

Siempre que llega el verano nos agobiamos por pasarlo en una ciudad asfixiante, tanto que hasta hemos gastado parte de nuestros ahorros viajado a sitios como Bali solo por la necesidad de quitarnos de en medio en los peores picos de calor y porque era relativamente ''barato''. Así que la idea de tener un sitio permanente al que escapar durante los meses de verano y festivos no nos parecía tan descabellada.

Mi chico siempre ha soñado con jubilarse en el campo, con su huerto y su garaje lleno de herramientas para restaurar muebles, yo en la playa. Mi sueño es mucho más inalcanzable así que empezamos a mirar en pueblos pequeños y encontramos una casita preciosa, pequeña pero con un gran patio, lista para entrar a vivir y al precio de algunas plazas de garaje en Sevilla (sin exagerar). Con una sola visita lo teníamos claro: tenía que ser nuestra.

Cuatro Imagenes Pequenas La silla y la máquina de coser restauradas por súper Nacho

En cuanto las llaves estuvieron en nuestras manos nos volvimos locos. La gente normal se conforma con una manita de pintura, nosotros -y cuando digo nosotros, quiero decir Nacho, el verdadero manitas- nos obsesionamos con darle nuestro toque a la casa. Colgamos cuadros por todas las paredes, cambiamos los pocos muebles que dejaron los anteriores propietarios de sitio, añadimos los nuestros: una silla de casa de la abuela de mi chico con más de 50 años restaurada, otra comprada en Wallapop, un aparador precioso que compramos en la sección de ''Segunda vida'' de Banak, una máquina de coser antigua que Nacho transformó en una lámpara. En pocos meses la casa se había convertido en un reflejo de nuestra personalidad y en un refugio a medida. 

El patio mi rincón de esparcimiento favorito

La Piscina Disfrutando de la ''pisTina''

Pero donde pusimos toda la carne en el asador fue en el patio -literalmente, Nacho construyó una barbacoa de obra- a sabiendas de que será la zona que más disfrutaremos. Queríamos una construir una piscina pero nos pedían casi una tercera parte del valor de la casa, así que compramos una tina estilo rancho norteamericano tan digna y original que casi le da más personalidad al patio. Eso, unido al limonero que me recuerda al que tenía en mi casa de la infancia y a que podemos tender la ropa al aire libre en lugar de la cocina (como ocurre en Sevilla), han convertido ese espacio en mi favorito del mundo. 

La vida tranquila en el pueblo y nuevas formas de ocupar el tiempo

Cuatro Imagenes Pequenas 1 Los paseos con Cholo y Rory perfomando ''La vieja del visillo''

Lo que más estoy disfrutando de todo este proceso es la casa y la calma que me está dando, pero en el pueblo también he encontrado nuevas rutinas que ignoraba qué me pudieran gustar tanto. Por ejemplo, salir a pasear con Cholo (mi perro): he cambiado el asfalto ardiendo por una dehesa rodeada de ovejas, vacas y cerditos a dos minutos a pie de la puerta de mi casa. Ni que decir tiene que mi perro lo está disfrutando aún más y mi gata, con 13 años el veterinario nos aconsejó no someterla al estrés de una mudanza temporal pero ha descubierto el placer del patio y me cuesta meterla en casa a dormir cada noche.

He conocido a vecinas, me he hecho amiga de una en concreto, una señora jubilada súper cálida y amable con un perro precioso. Nos encontramos siempre en el paseo de nuestros perretes y es la que me ha descubierto el placer de coger higos directamente de los árboles (las ensaladas ahora me quedan divinas con este toque). Todavía no he ganado la confianza suficiente para sentarme con ella y sus amigas al fresco, pero falta poco. Me gusta cada vez más hacer vida social en el pueblo, tanto es así que aunque compramos un proyector y ahora vemos películas (o el partido de España) en el patio, disfruté casi mas llendo al cine de verano que se monta en la plaza del pueblo. Todas las vecinas traen bebidas y charlan un rato después para comentar la película. No puedo esperar a ser una señora jubilada, confieso.

Cuatro Imagenes Pequenas 2 Mi botín de higos y el limonero

Tanta tranquilidad me ayudó a bajar revoluciones y por fin puedo decir con orgullo que he terminado el borrador de mi primer manuscrito. No es novela todavía, necesita una revisión, pero es que no encuentro la calma para escribir si no estoy en el pueblo así que voy de verano en verano. La vida es mucho más pausada y las siestas más deliciosas. No se si es el pueblo, la casa o la tranquilidad de saber que tengo un espacio propio. 

Ni yo soy Loreai Gilmore, ni esto es Stars Hollow

Como fan de las chicas Gilmore es imposible no romantizar vivir en un pueblo pequeño lleno de personas excéntricas que se conocen y se ayudan todo el rato. Aunque es cierto que todos se conocen y que se implican en cada cosa que se hace en el pueblo, en lugar de celebraciones adorables cómo hacer punto para recaudar fondos o una maratón de baile, la realidad es más bien distinta. En las primeras fiestas del pueblo que viví me encontré una barra de bar delante de mi puerta (literalmente, no podía entrar) y a medio pueblo de copas en mi fachada porque vivo en el centro neurálgico de todo: la plaza de toros. Confirmo que una capea es mucho menos pintoresca que un baile en el templete organizado por la escuela de Miss Patty.

Img 6698 La lámina de Ana Jaren que me representa ahora

Dejando a un lado las bromas y las referencias frikis, confieso que pasar el verano en un pueblo de 50 habitantes resulta bastante solitario en la práctica (y un poquito claustrofóbico también, soy una chica de contrastes). A veces es inevitable echar de menos la vida de la ciudad, poder salir a cenar a algún sitio chulo o pasear por las tiendas (aunque por otra parte duermo muchísimo mejor ahora que en lugar de sirenas y motores de coche escucho el viento moviendo los árboles). 

Hoy por hoy no me veo viviendo de forma permanente aquí y mucho menos jubilándome, entre otras cosas porque el hospital más cercano está a más de media hora en coche. Pero me ha servido para huir del calor extremo en Sevilla en verano y para desconectar y eso tal y como está la vida, es más que suficiente. 

Sobre todo, he ganado en paz mental porque tengo la tranquilidad de que si mañana me quedo sin trabajo o me echan de mi piso de alquiler para abrir un Airbnb, tengo un techo bastante bonito en el que vivir mientras planeo el siguiente paso. Y eso hoy en día (por desgracia) no puede decirlo todo el mundo.

Fotos | @maria_barba

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