"¿Cómo puedes ver esas cosas?". Si te gusta el true crime, es probable que te hayan hecho esa pregunta desaprobatoria alguna vez. Para la gente que no entiende "la puta vibra", ver un documental sobre un caso de asesinato implica intrínsecamente disfrutar con el sufrimiento ajeno y el único motivo posible para que alguien se acerque al género es el morbo.
Y no voy a negar que exista ese público, pero es una explicación simplista y reduccionista para un fenómeno que mueve a millones de personas en todo el mundo y cuyo público es, además, mayoritariamente femenino. De hecho, un estudio de los psicólogos Amanda M. Vicary y R. Chris Fraley ya apuntó hace años a una motivación que va mucho más allá de la curiosidad. Muchas mujeres se sienten especialmente atraídas por aquellas historias que les permiten comprender cómo actúan los agresores o cómo consiguieron sobrevivir algunas víctimas, lo que apela al instinto de supervivencia.
A mí, desde luego, no me vas a pillar nunca escuchando un podcast de crimen real para relajarme o quedarme dormida. Tampoco entiendo a quien lo hace. Por el contrario, hay casos que me han obsesionado por años y que me han dejado dándole vueltas a la cabeza sin parar durante meses. Pero no por la violencia. De hecho, esos detalles suelen ser lo menos interesante. Lo que realmente me atrapa es todo lo demás: cómo reaccionan las personas cuando tienen miedo, cómo mienten, cómo se engañan unas a otras, cómo intentan construir sentido cuando todo parece absurdo...
Netflix
Con el tiempo me he dado cuenta de que el true crime me ha enseñado bastante menos sobre asesinos que sobre seres humanos. Y, sobre todo, me ha enseñado que la realidad siempre es mucho más compleja que el relato que construimos para entenderla.
Lección número 1: nunca conocerás del todo a nadie
Una de las primeras lecciones fue descubrir que el peligro rara vez se presenta de primeras como esperamos. Nos gusta pensar que las situaciones peligroas y las personas capaces de hacer daño son siempre fáciles de identificar, que hay algo en ellas que las delata como "monstruos". Sin embargo, muchos de los casos más conocidos desmontan precisamente esa idea.
Ted Bundy se aprovechaba de su imagen de joven atractivo y encantador para acercarse a sus víctimas. Chris Watts proyectaba una imagen de marido modélico y padre ejemplar antes de asesinar a su esposa y a sus dos hijas de la forma más cruel y egoísta. En el caso de Gabby Petito, las imágenes grabadas para su vlog de viajes siguen mostrando a una pareja aparentemente corriente cumpliendo un sueño aspiracional en la era de las redes sociales. Unas imágenes que hoy nos resultas estremecedoras solo porque sabemos cómo terminó la historia.
Netflix
Quiero dejar claro que no creo que conocer ninguno de estos casos convierta a nadie en un experto detectando manipuladores. Pero sí nos obliga a abandonar una idea bastante Marvel del mal: la de que el mundo se divide entre dos grupos muy bien definidos de personas buenas y malas. Por el contrario, las personas peligrosas no empiezan siendo peligrosas. Empiezan pareciendo dignas de confianza y a veces nunca dejan de parecerlo.
Lección 2: Las emociones dificultan la lógica
Sin embargo, probablemente lo que más me ha sorprendido ha sido una idea menos trillada como hasta qué punto las personas somos capaces de complicarnos la vida intentando ocultar cosas que son mucho menos graves que parecer culpable de asesinato múltiple.
Al principio me costaba entender por qué alguien podía mentir durante un interrogatorio si era inocente. Me parecía una forma absurda de ponerse en el punto de mira. Luego empecé a encontrar el mismo patrón en diferentes casos: personas que querían ocultar una infidelidad a toda costa, una deuda, un problema de adicción o cualquier otro secreto porque les daba vergüenza reconocerlo. Preferían correr el riesgo de ir a juicio por algo infinitamente peor antes que enfrentarse a una verdad incómoda.
Se trata de una contradicción profundamente humana. Tendemos a pensar que la gente solo miente para ocultar lo peor, cuando muchas veces miente simplemente para proteger la imagen que tiene de sí misma o la que quiere que los demás conserven. Y eso dice mucho sobre nosotros. La vergüenza, en ocasiones, pesa más que la lógica.
Un caso poco conocido es el del detective de policía Scott Hornoff, que mantenía una relación extramatrimonial con la víctima de un caso de asesinato. Tras el suceso mintió repetidamente a los investigadores para ocultar dicha aventura así que sus contradicciones hicieron que pareciera estar encubriendo el asesinato. Acabó siendo condenado y pasó más de seis años en prisión hasta que el verdadero asesino confesó.
Lección 3: sin pruebas no hay verdad
Pero quizá la mayor enseñanza que me deja el true crime tiene que ver con algo completamente distinto: el valor de las pruebas. Antes confiaba mucho más en mi intuición, pero hora procuro desconfiar incluso de las historias que mejor encajan narrativamente. Creo que Descartes estaría orgulloso.
Porque si algo se repite una y otra vez en este género es la facilidad con la que se pueden construir relatos a partir de muy poca información. Una mueca extraña durante una entrevista, una llamada fuera de lugar, una reacción que no coincide con la idea que tenemos de cómo debería comportarse una viuda en duelo... Basta algo tan subjetivo como interpretar una mirada para que internet señale a un culpable como si fuera yna prueba irrefutable.
Nuestro cerebro lleva fatal no entender algo. Prefiere una explicación fantástica antes que convivir con un interrogante. Necesita conectar los puntos, llenar los vacíos, encontrar una explicación, cerrar la historia. Así que, cuando faltan piezas, las inventa fácil. Es un mecanismo que nos ayuda a entender el mundo, pero también uno de los mayores enemigos del pensamiento crítico. O si no que se lo digan a Dolores Vázquez, que estuvo 519 días en la cárcel por un crimen que no cometió por culpa de un coctel explosivo de homofobia y la paranoia obsesiva de una madre doliente.
HBO Max
Quizá por eso una de las cosas que más valoro del true crime es que me ha enseñado a saber analizar mucho mejor la información para no decir barbaridades ni tomar decisiones injustas con otras personas. A aceptar que no siempre se sabe lo suficiente como para sacar una conclusión y que, si vamos a sacar una, necesitamos pruebas objetivas no basadas en emociones ni conjeturas. Que una teoría muy convincente sigue siendo solo una teoría mientras no existan pruebas técnicas que la sostengan.
Parece una reflexión obvia, pero no estoy segura de que vivamos una época en la que se respete... La posverdad ha normalizado que una historia emocional, con potencial para convertirse en un guion de Hollywood, tenga más fuerza que otra mucho menos espectacular, pero respaldada por las pruebas. En las redes sociales se explica cualquier evento con teorías conspirativas dignas del Oscar a la película que te has montado. Los algoritmos premian las emociones fuertes antes que la objetividad. Y, sin darnos cuenta, acabamos aplicando esa misma lógica a toda nuestra vida: a la actualidad, a la política e incluso a las relaciones personales.
Sin embargo, una historia coherente no es lo mismo que una historia verdadera.
Netflix
Lección 4: la realidad no cabe en un relato
Como seres humanos, nos encantan las historias pero las historias tienen una estructura. Por mucho que estén basadas en hecho reales, seleccionan los datos importantes, eliminan el ruido y nos conducen de forma intencionada hasta un desenlace que parece inevitable. La vida funciona justo al revés. Se teje de forma caótica mediante contradicciones, casualidades, cabos sueltos y personas que hacen cosas que contradicen toda lógica. Solo cuando conocemos el final empezamos a ordenar todo lo anterior hasta construir una narración que resulte coherente. Es entonces cuando pensamos que las señales eran evidentes, que el desenlace estaba escrito desde el principio. Pero no lo estaba. Lo parece únicamente porque ya sabemos el nudo y el desenlace.
Por eso una ivestigación policial y un juicio me parecen ejercicios fascinantes. Consisten en reconstruir una historia a partir de pruebas, a veces en formato de vestigios mínimos, para aproximarse lo máximo posible a lo que ocurrió realmente. No se trata de encontrar la versión más emocionante, ni la más sencilla, ni siquiera la más intuitiva, sino la que mejor resiste el peso de las pruebas. Y, aún así, nunca se obtiene la imagen completa. Ahí tenemos, por ejemplo, el caso Asunta del que más de una década después, varios documentales e incluso una serie con candela Peña seguimos sin conocer la motivacion detrás del asesinato de la pequeña.
Netflix
Y creo que esa es la lección más valiosa de todas que me ha dejado el true crime. No que el mundo esté lleno de asesinos y que no hay que bajar la guardia ni para ir a comprar el pan (que también). Sino que las personas somos infinitamente más complejas que los personajes con los que intentamos resumirlas y que la realidad nunca cabe entera en el relato que construimos para explicarla.
Foto de portada | Joël in 't Veld
En Trendencias | Las 38 mejores series de Netflix que puedes ver ahora mismo
Ver 0 comentarios