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El síndrome prevacacional o el miedo a no dar la talla este verano en tus redes sociales)

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Por fin llega uno de los días más esperados del año. Empiezan tus vacaciones. Seguramente has pasado más de 300 días al año imaginándote este momento pero posiblemente lo de llegar a casa, tumbarte en la cama, mirar fijamente al techo y contener el llanto no formaba parte de tu fantasía vacacional.

La angustia de cumplir expectativas propias y ajenas

Al final todo sale bien. Ríes, bebes, comes, disfrutas pero el prólogo angustioso no te lo quita nadie. Los síntomas son claros: nerviosismo, ansiedad, desazón y motivación nula. Los pensamiento negativos te invaden: «seguro que no me lo paso bien», «no es un plan tan bueno» o incluso, «preferiría quedarme trabajando» están en el top 3 del ranking.

La presión social también influye ya sea indirectamente “gracias” a las redes sociales y esa maldita necesidad de compartir experiencias y nuestra (ya) costumbre de idealizar vidas ajenas o directamente, cuando te tienes que enfrentar a la irritante pregunta de «y tú, ¿a dónde te vas? ¿qué vas a hacer?».

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Antes las vacaciones eran para descansar, ahora son para contarlas

Hasta el señor Minganilla de administración irradia más felicidad que tú aún sabiendo que le esperan dos semanas en el apartamento de los suegros con todos los cuñados de familia comiendo tortilla con arena y sandía de postre cada día. Pero tú te sientes miserable. Te agobia la falta de planes y el exceso de planes, la soledad y la continua compañía, la escasez de días y las tres eternas semanas. Porque esto afecta a diestro y siniestro, a familias con niños, a personas solas… ¡a todos!

Yo cada vez que hago la maleta parezco la madre de Marco: lloro lo suficiente como para avergonzarme y sentirme mal y culpable por estar llorando el día antes de irme de vacaciones. Es un malestar inevitable que te hace añorar la rutina otoñal, que te tensa por no saber si todo saldrá bien. La intranquilidad te azota el estómago y te hace dormir mal los días previos. El síndrome pre-vacacional me recuerda a ese momento previo a la boda en el que te cae una tormenta de dudas y preocupaciones inventadas. Es un vacío interior tan grande y desolado como Ciudad Real. Un vacío interior que es como el peor de los domingos por la tarde.

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Pero tengo un plan. Recuerdo que los veranos más felices eran aquellos en los que las vacaciones se reducían a ir al pueblo, no hacer nada y tener una rutina paralela (relajada y de alto contenido calórico, eso sí). Lo importante de las vacaciones no es dónde vayas ni con quién ni qué vas a hacer. Una foto tuya enseñando más dientes que la Pantoja le da mil vueltas a la mejor playa del mundo. Lo realmente importante es ser feliz. Hagas lo que hagas. O mejor, no haciendo nada.

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