Empecé leyendo un ensayo sobre el miedo a envejecer y acabé simplificando por completo mi rutina. Mi piel nunca ha estado mejor

La mejor inversión que nunca he hecho en mi piel es leer 'Dame veneno que quiero vivir', de Leticia Sala

Whatsapp Image 2026 06 22 At 10 07 31
Sin comentarios Facebook Twitter Flipboard E-mail
maria-yuste

María Yuste

Editor Senior

Soy rica, pero no en dinero ni en propiedades. Lo tengo todo invertido en ingredientes activos. Tengo niacinamida, retinol, vitamina C, péptidos y otros sérums cuyo nombre ya ni recuerdo pero que en algún momento compré convencida de que iban a cambiarme la vida y acabaron olvidados en una caja en el altillo del armario o incluso en la basura.

Cuando empecé a leer 'Dame veneno que quiero vivir' (Anagrama, 2026), el ensayo de Leticia Sala sobre skincare, bótox, miedo a envejecer y linaje femenino, me conformaba con encontrar (más) motivos para indignarme con una industria que mueve millones con las inseguridades y autodesprecio de las mujeres. Lo que no esperaba era acabar encontrando un pequeño camino de vuelta a la cordura.

Hemos sido engañados

No es que las cosas que cuenta Sala en su libro no las supiera ya. Empecé la lectura siendo perfectamente consciente de que existe una enorme brecha entre el tiempo, el dinero y la energía que hombres y mujeres dedicamos a intentar retrasar los signos del envejecimiento. Sé que vivimos rodeadas, desde que nacemos, de mensajes que convierten cualquier arruga, mancha o línea de expresión en un problema a corregir. Me doy cuenta de cómo la industria de la belleza necesita que siempre haya algo nuevo que arreglar en nosotras para poder seguir vendiéndonos unguentos y quimeras.

Lo que sí me sorprendió fue darme cuenta de hasta qué punto estaba haciendo una gestión emocional de todo ese bombardeo de mensajes nocivos. A mis 37 años, mi rutina de skincare ya giraba única y exclusivamente alrededor de las arrugas. Pero, de las que algún día tendré porque, de momento, apenas puedes encontrar alguna linea de expresión en mi rostro. De hecho, la gente que no me conoce suele pensar que tengo muchos menos años de los que marca mi DNI.

Whatsapp Image 2026 06 22 At 10 07 30

Me bastaron muy pocas páginas para mirar mi neceser con otros ojos. Resulta que tenía una cantidad ingente de cosméticos destinados a combatir problemas hipotéticos mientras que había dejado completamente desatendidos los que de verdad tenía. O lo que es lo mismo: mientras buscaba prevenir la pérdida de firmeza que tendré dentro de unos años, apenas prestaba atención al acné contra el que llevo batallando toda la vida y que todavía aparece de vez en cuando (sobre todo, cuando peor me viene), a las cicatrices que me ha dejado y, en general, a todas las idiosincrasias de haber heredado la piel grasa de mi padre.

No me extrañaría nada en absoluto que a ti, querida lectora, también te sonara esto de comportarte como si cuidar tu cara del futuro fuera más importante que hacerle caso a la del presente. La buena noticia es que la explicación a este fenómeno la encontré en el libro de Sala y es que me estaba relacionando con el skincare desde el miedo y no desde el placer. No desde el autocuidado ni desde el juego ritualístico de dedicarme unos minutos al día sino desde el miedo a no tener control sobre lo inevitable. Aquello de lo que ningún potingue mágico podrá librar a nadie y que solo una muerte prematura y trágica puede conseguirte. Así de crudo.

Cremas para el miedo

El miedo como factor de venta en el skincare no se resume solo en temor a que aparezcan arrugas y todo lo relacionado con el proceso de borrado que es envejecer. Esa es solo la punta de un iceberg en el que también están presentes el miedo a no haber empezado lo suficientemente pronto a "prevenir". Miedo a estar utilizando un producto equivocado o no la marca más moderna y potente. Miedo a quedarse atrás respecto a una lista infinita de activos que no deja de crecer, tendencias y lanzamientos que parecen imprescindibles durante dos semanas antes de ser sustituidos por los siguientes...

Porque el negocio no consiste en vendernos una crema. Consiste en vendernos la sensación de que siempre nos falta un producto más. Y eso somos consciente de que cuesta dinero, pero nos solemos fijar menos en que también se lleva mucho de nuestro tiempo. Al menos a mí me consume horas leyendo comparativas y viendo vídeos de reviews. Horas buscando el siguiente santo grial por las estanterías Primor, Druni y Sephora. Horas intentando optimizar la rutina sobre una cara perfectamente normal desde el punto de vista biológico.

Thumb 31706 Autores Big

Lo curioso es que, en el fondo, todos sabemos que los cosméticos tienen un rango de acción limitado. La lógica nos grita que ningún sérum, por muchos botes que gastemos, va a borrar veinte años de nuestra piel o a detener el paso del tiempo. Si así fuera, la gente no se sometería a procedimientos invasivos como liftings, lasers, rellenos, etc. Y, sin embargo, muchas nos hemos entregado al pensamiento mágico como si fuera ciencia.

Volver a tomar consciencia activa sobre todo esto es una de las reflexiones más interesantes del libro, porque tiene que ver precisamente con nuestra responsabilidad individual sobre esa herencia invisible que dejamos a las mujeres que vienen detrás (del mismo modo, que otras contribuyeron a dejárnosla a nostras). No solo a nuestras hijas, también a nuestras sobrinas, alumnas o hermanas pequeñas. A todas las niñas que observan cómo nos relacionamos con nuestro propio aspecto.

Si queremos que otras mujeres crezcan sintiéndose suficientes y que entiendan que su valor no depende de cómo se vean, tenemos que empezar por romper el círculo nosotras. Puede que ya sea demasiado tarde para que las que tenemos cierta edad, dejemos de tener miedo de mirarnos al espejo, pero sí podemos  evitar señalar defectos, lamentar una arruga nueva, hablar constantemente de corregir, prevenir y arreglar o incluso seguir llenando de botes y más tarros el cuarto de baño...

Mis tratos conmigo misma: ¡funcionan!

Con todo esto, quiero dejar claro que tampoco estoy diciendo que haya dejado de cuidarme la piel. Tampoco he tirado media estantería del baño ni me he librado del miedo a la flacidez y la menopausia (ojalá). Pero sí me he sentado a hablar conmigo misma, le he quitado la tarjeta de débito al miedo y he puesto a cargo de este tipo de decisiones a la razón.

Dame veneno que quiero vivir: Skincare, bótox, miedo a envejecer y linaje femenino (Nuevos cuadernos Anagrama)

La primera consecuencia ha sido dejar de usar la palabra "antiedad" y desconfiar de toda marca que la use (envejecer no es una enfermedad, gracias). La segunda ha sido simplificar mi rutina: desde empezar a lavarme la cara únicamente con agua por las mañanas hasta dejar de reponer algunos productos conforme los terminaba. Incluida la vitamina C, ese activo que parece un sacrilegio no incluir en tu rutina pero que ni me ha gustado nunca usar ni responde realmente a ninguna de las necesidades actuales de mi piel. 

Ahora los protagonistas de mis skincare han vuelto a ser los productos que me ayudan con la regulación del sebo, la limpieza de los poros y la renovación de las capas superficiales de la piel. Solo os digo que en una sola semana ya había acabado con el enésimo brote de acné del año y volvía a tener una piel limpia y sana. No exagero.

La tercera consecuencia, que se deriva de las anteriores, es que tengo más tiempo y más dinero. Menos horas comparando activos, leyendo reseñas o preguntándome si necesito incorporar otro paso a mi rutina. Resulta difícil cuantificarlo, pero he descubierto que pensar menos en mi piel también mejora bastante mi calidad de vida.

También me he puesto un límite de presupuesto que puedo gastar en productos para la piel. Aunque no lo marca una cifra concreta sino el minimalismo de mi rutina y los problemas reales que de verdad tenga mi piel en cada momento. Mi protector solar es a la vez mi crema hidratante de día, por ejemplo. Del mismo modo que utilizo un único serum que contiene en uno varios de los activos que consiguen mantener a raya mi piel grasa. También he suprimido el paso del tónico y me he prohibido comprar cualquier producto nuevo hasta que no haya terminado el que ya tenga empezado.

Margot Robbie Ann Roth Barbie 072423 7a678dc60894459aa244c0c0afaa03e8

Os prometo que no recuerdo la última vez que había tenido la piel tan bien. Con respecto al miedo a envejecer. Desde que terminé 'Dame veneno que quiero vivir' pienso mucho en aquella escena de 'Barbie' en la que, por primera vez, ve a una mujer anciana. Barbie la mira durante unos segundos asombrada y le dice que es preciosa.

Todo este tiempo me había parecido una escena cursi, buenista y poco realista. No entendía que Greta Gerwig hubiera defendido contra viento y marea que no podía eliminarse del metraje final y que, según ella, fuera el corazón de la película. Sin embargo, conforme el botox, los rellenos y las operaciones estéticas borran la expresión de cada vez más y más rostros, nuestro propio mundo se parece un poco más a aquel del que se escapaba el personaje de Margot Robbie. Ahora yo también puedo entender la emoción que tuvo que sentir al descubrir que una cara podía ser diferente y mostrar cansancio, alegría, tristeza, preocupación o enfado. Una cara capaz de contar una historia. Una cara que sea, simplemente, la prueba de que hemos vivido.

Foto de portada | Trendencias

En Trendencias | Perimenopausia: cuánto dura y cómo reconocer los síntomas en la etapa previa a la menopausia

En Xataka | EEUU alejó sus portaaviones de Asia para protegerlos: China acaba de publicar un manual para cazarlos desde 3.000 km

En DAP | Jorge Ángel, enfermero: “Por la noche, cuando empieza a refrescar, hay que abrir las persianas y empezar a ventilar”


Inicio