Miguel Induráin es un nombre grabado con fuego en la historia del deporte de España: no solo ganó cinco Tours de Francia consecutivos, sino que también dejó boquiabiertos a los médicos que lo estudiaron. José Calabuig, responsable de las pruebas de esfuerzo en la Clínica Universitaria de Navarra durante los años de gloria del navarro, ha recordado cómo su fisiología rompió literalmente los instrumentos de medición de la época.
Calabuig ha explicado que Induráin tenía 28 pulsaciones en reposo, una cifra muy alejada de las 60 a 80 pulsaciones de una persona normal e incluso de las 35 a 40 habituales en un ciclista profesional. Ese corazón extraordinariamente lento era capaz de bombear mucha más sangre en cada latido, lo que le permitía mantener un flujo constante de oxígeno hacia los músculos incluso en los esfuerzos más exigentes de la montaña o la contrarreloj.
La máquina que no pudo con él
Lo más llamativo llegó en la sala de pruebas. La bicicleta estática que utilizaban en la clínica tenía un tope de 500 vatios con freno electromagnético, un límite que hasta entonces ningún ciclista había logrado sostener más de uno o dos minutos. Induráin se subió y, según relató Calabuig, aguantó un minuto a 500 vatios, luego dos, luego tres, poniendo la máquina al rojo vivo hasta dejarla inservible. El equipo médico no tuvo más remedio que comprar un aparato nuevo capaz de llegar a los 1.000 vatios para poder seguir evaluándolo.
Antes de él, esa misma máquina había servido para medir a corredores de la talla de Julián Gorospe, José Luis Laguía o Ángel Arroyo, sin que ninguno se acercara a esos registros. El caso de Induráin demostró que los parámetros usados hasta ese momento se habían quedado obsoletos, y obligó a la clínica a replantear por completo su forma de evaluar a los ciclistas de élite.
Un cuerpo fuera de serie
A esas cifras se sumaba una capacidad pulmonar cercana a los 8 litros, muy por encima de los 6 litros habituales en un deportista de su misma altura, y una frecuencia cardíaca que en pleno esfuerzo máximo nunca llegó a superar las 189 pulsaciones. La combinación de un corazón extremadamente eficiente, unos pulmones descomunales y una potencia sostenida capaz de fundir máquinas hizo que muchos lo compararan con un fenómeno fisiológico casi único en la historia del deporte.
El testimonio de José Calabuig confirma lo que durante años fue objeto de leyenda y debate entre aficionados al ciclismo: que Induráin no era simplemente un gran corredor, sino un caso de estudio médico. Décadas después, ningún ciclista profesional ha logrado igualar unas pulsaciones en reposo tan bajas ni una potencia tan sostenida, lo que mantiene intacto el misterio sobre hasta dónde puede llegar realmente el cuerpo humano entrenado al límite.
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