Según Google, hay una sola palabra capaz de explicar por qué algunos hábitos se quedan con nosotros toda la vida mientras otros se evaporan al primer contratiempo, y esa palabra no es rutina, sino flexibilidad. La idea surge de una investigación interna que el gigante tecnológico llevó a cabo para entender cómo ayudar a sus empleados a hacer más ejercicio, un hábito que está demostrado que mejora la salud, reduce el estrés y hasta ayuda a pensar con más claridad.
El estudio, recogido y analizado por Fast Company, dividió a sus empleados en varios grupos con un objetivo común: entrenar más. A algunos se les pidió seguir un horario fijo y estricto, como entrenar siempre a la misma hora, mientras que otros podían hacer ejercicio cuando les viniera mejor, sin una franja concreta.
Ambos grupos recibían incentivos económicos cada vez que cumplían, y durante las primeras semanas todo parecía funcionar igual de bien. La sorpresa llegó cuando dejaron de pagarles y el hábito debía sostenerse por sí solo: quienes habían seguido un enfoque flexible tenían más del doble de probabilidades de seguir entrenando que quienes se habían atado a una rutina rígida.
La explicación es bastante terrenal y cualquiera se puede sentir identificado: las rutinas funcionan mientras la vida no se cruza por medio, pero basta con una reunión inesperada, un mal día o un simple despiste para que todo se venga abajo. Cuando un hábito depende de un horario exacto, saltárselo una vez suele llevar a saltárselo dos, y ahí es cuando empieza a desaparecer.
En cambio, quienes entienden el hábito como una práctica no sienten que hayan fallado, sino que buscan otra manera de cumplir el objetivo, aunque sea más tarde o de forma más corta.
Foto de Vitaly Gariev en Unsplash
Ahí está la clave que señala Google: una práctica no depende del reloj, depende de la intención. No se trata de hacer ejercicio a las seis de la tarde pase lo que pase, sino de moverse a lo largo del día de la forma que sea posible. No se trata de comer siempre lo mismo, sino de cuidarse de forma constante. Esa flexibilidad convierte el hábito en algo más resistente, porque se adapta a los días buenos y a los días torcidos sin romperse por el camino.
Además, las prácticas no solo organizan lo que uno hace, sino que acaban definiendo quién es. Cuando alguien deja de pensar "tengo que cumplir esta rutina" y empieza a pensar "esto forma parte de mi vida", el hábito deja de sentirse como una obligación externa. Es justo esa diferencia la que explica por qué algunas personas mantienen ciertos comportamientos durante años, incluso décadas, mientras otras se cansan en cuestión de semanas.
En el fondo, la investigación de Google desmonta esa obsesión moderna por las rutinas perfectas y los horarios inamovibles. No dice que las rutinas sean malas, sino que no son lo más importante. Lo importante es no perder de vista el objetivo que hay detrás y entender que hay muchas formas de llegar a él. Si un día no se puede cumplir el plan tal y como estaba pensado, no pasa nada, se ajusta y punto.
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