Silvia Federicci, filósofa e historiadora: "Eso que llaman amor es trabajo no pagado"

Hace 50 años señaló la necesidad de que las mujeres exigieran un salario por el trabajo doméstico

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María Yuste

Editor Senior

Hay personas que nunca tienen que acordarse de comprar papel higiénico porque siempre hay en el baño. Que, si les preguntas, no saben cuándo fue la última vez que se cambiaron las sábanas en las que duermen todas las noches o que ni se plantean que alguien tuvo que encargarse de pedir la cita para la revisión del niño antes de poder llevarlo. Son cosas que simplemente ocurren.

Durante mucho tiempo, a ese trabajo invisible se le llamó instinto maternal. O vocación femenina. O, simplemente, amor. Pero ¿y si en realidad fuera un relato construido para ocultar que alguien está trabajando gratis? Esa es precisamente la pregunta que lanzó hace ya medio siglo la filósofa y activista feminista Silvia Federici y que, por desgracia, todavía sigue de actualidad.

Aunque el core de su tesis puede resumirse de forma muy directa en que eso que llaman amor es trabajo no pagado, la cita original y exacta con la que abría el libro de 1975 'Salario para el trabajo doméstico' era: 

"Ellos dicen que se trata de amor. Nosotras que es trabajo no remunerado".

Eso sí, el objetivo no era arremeter contra el amor ni contra la familia sino hacer una crítica a al sistema que, según Federici, había conseguido que millones de mujeres asumieran como algo natural trabajos considerados menores pero que son imprescindibles para sostener la sociedad. Todo ello, además, sin que ni siquiera llegaran a considerarse trabajo.

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Cuando cuidar venía en el ADN de la mujer

En 'Salario para el trabajo doméstico', Federici sostiene que el capitalismo necesitaba algo más que trabajo gratuito para que su engranaje pudiera funcionar, necesitaba que las propias mujeres dejaran de verlo como tal.

Por eso, tal y como explica en el libro, el cuidado del hogar y de la familia dejó de presentarse como una actividad económica para convertirse en un supuesto rasgo de la naturaleza femenina. Limpiar, cocinar, criar o atender emocionalmente a los demás pasaron a entenderse como una expresión espontánea del carácter de las mujeres. Algo así como una vocación biológica.

"Nuestra condición no asalariada ha ocultado nuestro trabajo, el carácter social de nuestra producción y la naturaleza de nuestro producto. Nuestro trabajo es visto como un servicio personal, un acto de amor, nuestra producción parece privada, nuestra esclavitud en la familia, una elección personal".

Se trata de un entramado brillante porque elimina cualquier posibilidad de cuestionamiento. Si cuidar es una necesidad interna y una fuente de realización personal, ¿por qué alguien iba a pedir un salario por hacerlo?

El trabajo que hace posible todos los demás

Partiendo de esta base, la autora invitó a mirar el hogar desde una perspectiva poco habitual en aquella época (y, a veces, incluso todavía en la nuestra). Detrás de cada comida preparada, cada uniforme limpio, cada noche sin dormir cuidando de un bebé o cada conversación destinada a apoyar emocionalmente a quien llega agotado del trabajo existe una actividad imprescindible para que la vida y la economía continúen funcionando.

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Sin embargo, mientras que unas personas reciben un salario por su jornada laboral, otras dedican horas gratis a garantizar que esa fuerza de trabajo pueda volver al día siguiente a la oficina, la fábrica o cualquier otro empleo a ganar dinero y hacer terceros lo ganen. Es por eso que Federici sostiene que el trabajo doméstico produce la mercancía más valiosa del capitalismo: la fuerza de trabajo humana. Porque sin todos esos cuidados cotidianos, el resto del sistema directamente no podría sostenerse.

Cuando el amor se convierte en una obligación

Una de las ideas más actuales del pensamiento de Federici tiene que ver con el llamado "chantaje afectivo". Porque cuando una mujer se atreve a cuestionar por qué siempre es ella quien organiza las cosas de casa o quien asume los cuidados, pocas veces la respuesta se limita a repartir tareas. Lo habitual es que aparezca otro tipo de reproche: "Es por la familia", "¿tanto te cuesta hacerlo?", "si de verdad quisieras a los tuyos, no te importaría hacerlo".

El trabajo desaparece y solo queda el afecto. Según Federici, esa confusión entre amor y obligación consigue que muchas mujeres sientan culpa por rechazar tareas que, realizadas fuera del ámbito doméstico, serían reconocidas inmediatamente como un empleo.

"Estamos cansadas de que nos chantajeen con la idea de que si no nos gusta hacer tareas domésticas es porque no queremos a nuestras familias y, por extensión, que 'cuidar de los demás' implica sacrificar nuestra vida por todos los que nos rodean".

¿Y si el trabajo doméstico tuviera salario?

Aemás de hacer la crítica, Federici propuso una solución. Su propuesta más conocida fue exigir un salario para el trabajo doméstico porque consideraba que poner precio a ese trabajo era la forma más eficaz de hacerlo visible. Si existe un salario, deja de ser un sacrificio o una prueba de amor para convertirse en una actividad económica que puede negociarse, repartirse o incluso rechazarse.

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Además, defendía que disponer de ingresos propios permitiría romper buena parte de la dependencia económica que históricamente ha estado intrínsicamente ligada al matrimonio y a la división tradicional de los roles de género. En el fondo, la reivindicación consistía en dejar de aceptar que ese trabajo que hacían las mujeres no existía.

Porque, para Fedricci, no habrá liberación real a menos que:

"Escapemos primero del chantaje por el cual nuestra necesidad de recibir afecto se nos devuelve como una obligación laboral, por la que nos sentimos constantemente resentidas contra nuestros maridos, hijos y amigos y después culpables por este resentimiento".

Una frase que sigue explicando el presente

Han pasado cincuenta años desde que Federici escribió aquellas palabras, pero basta con hablar con nuestras amigas sobre carga mental, conciliación, corresponsabilidad o economía de los cuidados para comprobar que su diagnóstico sigue muy vigente.

Asi que ¿qué ocurre con esa idea hoy? La escritora y filósofa argentina Tamara Tenenbaum retoma el planteamiento de Silvia Federici en 'El fin del amor' para defender que esa trampa no ha desaparecido, sino que se ha sofisticado. El trabajo ya no se limita al hogar, también pasa por sostener emocionalmente las relaciones de pareja y por desenvolverse en el mercado afectivo de las aplicaciones de citas.

Para Tenenbaum, el primer "truco de magia" consiste en hacernos creer que el amor solo implica sentimientos, cuando también supone invertir tiempo, energía y trabajo emocional, una entrega que sigue recayendo mayoritariamente sobre las mujeres. A eso se suma la idea de que "las relaciones hay que trabajarlas". Aunque pueda parecer un esfuerzo compartido, la autora señala que, con frecuencia, son ellas quienes asumen la gestión emocional de la pareja: iniciar conversaciones difíciles, resolver conflictos o mantener vivo el vínculo.

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Por último, Tenenbaum traslada esta reflexión al mundo de las citas y las aplicaciones. Allí, sostiene, muchas mujeres realizan un intenso trabajo emocional para resultar deseables, adaptándose a las expectativas ajenas y procurando que todo ese esfuerzo pase desapercibido. 

Así que, en cierto modo, el trabajo invisible del que hablaba Federici no ha desaparecido: simplemente ha cambiado de forma.

Foto de portada | Marta Jara y Vitolda Klein

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