Antes de llegar a ponerse una bata de laboratorio, Gertrude Belle Elion ya había aprendido cómo de cruelmente la vida podía cambiar para siempre en cuestión de meses. Primero fue la muerte de su abuelo, víctima de un cáncer cuando ella apenas tenía 15 años. Después perdería a su prometido, Leonard Canter, por una endocarditis bacteriana en una época en la que la penicilina todavía no estaba disponible de forma generalizada. Dos golpes que podrían haberla hundido y alejado de la ciencia, pero que acabaron convirtiéndose en el motor de una carrera que salvaría millones de vidas.
La historia de Gertrude Belle Elion es una de las más inspiradoras y fascinantes de la ciencia moderna. No solo porque revolucionó la forma de desarrollar medicamentos, sino porque lo hizo en una época en la que muchas puertas seguían cerradas para las mujeres. Nunca obtuvo un doctorado oficial y, aun así, terminó recibiendo el Premio Nobel de Fisiología o Medicina. Su historia es un recordatorio de que el talento no siempre se encuentra con un camino fácil, aunque pueda acabar cambiando el mundo.
La científica a la que no dejaban entrar en los laboratorios
Gertrude Belle Elion nació en Nueva York en 1918 en el seno de una familia de inmigrantes. Desde muy joven destacó por ser una estudiante brillante y se graduó summa cum laude en Química por el Hunter College en 1937. Sin embargo, sus excelentes notas no fueron suficientes para abrirle las puertas del mundo científico.
En plena década de los cuarenta del siglo pasado, muchos laboratorios rechazaban contratar mujeres porque temían que una investigadora pudiera "distraer" a los científicos varones. Así, mientras veía cómo sus compañeros encontraban trabajo con relativa facilidad, ella tuvo que aceptar otros empleos como secretaria, profesora de secundaria o supervisora de calidad en una empresa alimentaria mientras seguía buscando una oportunidad para investigar.
Aquellos años también hicieron que le fuera imposible cursar un doctorado a tiempo completo. Las exigencias económicas la obligaban a trabajar y las universidades no contemplaban compatibilizar la investigación con un empleo. Paradójicamente, esa circunstancia nunca impidió que acabara convirtiéndose en una de las farmacólogas más influyentes del siglo XX.
El laboratorio donde cambió la medicina
La oportunidad llegó en 1944, cuando entró en la importante farmaceutica Burroughs Wellcome para trabajar junto al químico George Hitchings. Allí comenzó una colaboración que transformaría la investigación farmacéutica.
Durante buena parte del siglo XX, el descubrimiento de nuevo medicamentos se basaba en el ensayo y error. Gertrude Elion y George Hitchings rompieron con ese modelo. En lugar de probar sustancias al azar, estudiaron las diferencias bioquímicas entre las células humanas normales y las bacterias, los virus o las células cancerosas para diseñar moléculas dirigidas específicamente contra ellas.
Aquella estrategia, conocida hoy como diseño racional de fármacos, abrió las puertas de una nueva forma de entender la medicina y sentó las bases de muchos tratamientos modernos.
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Los medicamentos que ayudaron a salvar millones de vidas
El impacto real de su trabajo resulta difícil de resumir porque prácticamente cambió varias ramas de la medicina al mismo tiempo. Uno de sus mayores logros fue la mercaptopurina (6-MP), uno de los primeros tratamientos eficaces contra la leucemia infantil. En una enfermedad contra la que hasta entonces apenas había esperanza, este medicamento marcó un antes y un después y permitió aumentar significativamente la supervivencia de muchos niños.
Poco después llegó la azatioprina, un inmunosupresor que hizo posible reducir el rechazo en los trasplantes de órganos y desempeñó un papel decisivo en el desarrollo de los primeros trasplantes renales con éxito. Su trabajo también condujo al desarrollo del aciclovir, considerado el primer antiviral realmente eficaz frente al virus del herpes, una innovación que revolucionó el tratamiento de las infecciones virales.
A ello hay que sumarle otros avances fundamentales, como la pirimetamina para combatir la malaria y unas investigaciones que servirían como base para el desarrollo de la zidovudina (AZT), el primer tratamiento aprobado contra el VIH/SIDA. Muchas personas nunca han oído hablar de Gertrude Elion, pero es muy probable que les haya salvado la vida a ellas o a alguien cercano con sus investigaciones.
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Una Nobel sin doctorado
La historia de Gertrude Elion también desafía una de las ideas más extendidas sobre el éxito académico. Nunca obtuvo un doctorado de la forma tradicional y no porque no tuviera capacidad para ello, sino porque las circunstancias laborales y económicas le impidieron poder dedicarle años exclusivamente a la universidad.
Eso sí, la comunidad científica terminó reconociendo su contribución otorgándole numerosos doctorados honoris causa. Incluso, en 1988, fue galardonada con el Premio Nobel de Fisiología o Medicina junto a George Hitchings y Sir James Black por sus descubrimientos sobre los principios del tratamiento farmacológico.
A lo largo de su trayectoria registró además 45 patentes, un reflejo en números que nos habla de una carrera dedicada a transformar el conocimiento científico en soluciones reales para los pacientes.
El legado de una mujer que nunca aceptó un "no" por respuesta
La historia de Gertrude Belle Elion demuestra que los grandes avances científicos no siempre han nacido de carreras perfectas o trayectorias que han facilitado los descubrimientos. Ella conoció el duelo, el rechazo profesional y las barreras que durante décadas limitaron el acceso de las mujeres a la investigación. Aun así, siguió adelante.
Su legado no se mide únicamente por premios o por decenas de patentes. Se mide en los millones de personas que han podido superar una leucemia, recibir un trasplante, controlar una infección viral o beneficiarse de tratamientos que no habrían existido o habrían tardado más en llegar sin aquella joven química a la que un día dijeron que un laboratorio no era lugar para una mujer. Porque la ciencia avanza gracias a la curiosidad, la perseverancia y el talento, no al género de quien sostiene la pipeta.
Foto de portada | Wellcome Collection
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