Cinco meses después de que tuviera lugar el famoso caso de “la manada” en Pamplona -la violación de una joven de 18 años por parte de cinco jóvenes-, un par de amigas fueron a un bar en Pamplona. Era un jueves, el 7 de diciembre de 2016. Marina, de 30 años, y su amiga de 19, estaban tomando algo en el bar Otano cuando un par de chicos se acercaron a conocerlas a las 2 de la mañana. Eran David y Raúl, de 29 y 31 años. Después de eso, ellas no se acuerdan de lo que ocurrió.
Cuando un caso de violación se oculta (intencional y accidentalmente)
Al día siguiente despiertan en una casa que no conocen. Marina, desnuda en una habitación a oscuras. Su amiga, en el salón con dos chicos. En el piso no parecía vivir nadie, pero a posteriori se supo que era del cuñado de David. Ambas salen de allí, con dolor en todo el cuerpo (especialmente en la vagina). Ninguna recuerda nada, solo hay flashes y gritos. Dos semanas después ponen una denuncia tras ver los moratones y heridas que aparecen en su cuerpo. Fueron víctimas de sumisión química. En enero de 2017 se abrió un proceso penal formal y ojalá pudiera decirte que la policía hizo todo lo que estaba en su mano para que los culpables pagaran, pero ocurrió justo lo contrario.
El Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo, nueve años más tarde, condenaba a España por las graves irregularidades en la investigación del caso. “La pérdida y manipulación sistemáticas de pruebas potencialmente cruciales mientras se encontraban bajo custodia policial, las insuficientes garantías de independencia de la investigación y la respuesta manifiestamente inadecuada a estas deficiencias”, argumentaba en el acta.
Lo que ocurrió es que el cuñado de uno de los acusados era uno de los policías que se encargaba de la investigación, el ahora expulsado de la Unidad de Familia y Mujer (UFAM), Borja Vázquez Fernández. Las pruebas comenzaron a desaparecer o se vieron comprometidas cuando se encontraban bajo custodia policial. Por ejemplo, las imágenes de las cámaras del local donde habían estado aquella noche fueron manipuladas. El disco duro con los datos forenses de los teléfonos móviles de los acusados se borró y sobreescribió, y un informe forense de los datos del móvil de uno de los violadores, elaborado por la Policía Nacional en Madrid, desapareció misteriosamente en Pamplona.
La jueza del caso, Inés Hualde Juvera, nunca llamó a declarar a los investigados. Un año y medio después de denunciar, las víctimas fueron llamadas a declarar. La fiscal del caso, Pilar Larrayoz, no acudió. A todo esto se suma que el caso no llegó a los periódicos, copados con el mediático caso de la manada. Marina y su amiga quedaron en un segundo plano tras la denuncia y el impulso mediático que tienen otros casos de este tipo, no fue para ellas. Hubo una niebla sobre esta violación que se ocultó intencional y accidentalmente.
Seis años después, el caso se cerró sin ningún procesado. Ahora el Tribunal de Estrasburgo ha condena a España y el Estado debe indemnizar con 20.000 euros a cada una de las víctimas, pero el caso es una muestra más de un cambio de tendencia en las agresiones: los perpetradores son más jóvenes, actúan en grupo y las acciones son documentadas y compartidas, tal y como explica el libro ‘Violación grupal en España’.
El terrorífico papel de WhatsApp
Si miramos un poco más a fondo, veremos que uno de los acusados era administrador desde 2009 de un grupo de Whatsapp llamado “Potensia [sic] que deja huella”, con 30 miembros. En ese grupo, tal y como recoge El País, cuando el caso de la manada saltaba a todos los periódicos, uno de los participantes escribía “Detenidos por violar. David, por favor, manda un wasa [sic]”. Él contestaba: “Yo no fuerzo, Fernan. Solo un poco. Juego al límite de lo legal”. No era la primera vez que hablaban de sus actos en este grupo.
El mismo Fernan mandó la foto de una copa de una copa que sujetaba con “Pa’ que nos pillen el medio tienen que analizar el cubata”. La palabra burundanga aparece en numerosas ocasiones en el chat. “Javi, cuando menos te lo esperes te echo burundanga en el gintonic”, escribía otro el 9 de diciembre. “Cómo te gusta echar cosas, eh. Puto Panorámix”, contestaba otro de los miembros.
El chat continuaba activo y el sábado 9, un día después de que Marina y su amiga despertaran en el piso, David escribió en el chat “Hoy dos pijitas, Raúl”. Él contesta: “Sí, sí, dos y como putas ratas a la 1.15”. La violencia sigue, porque una semana más tarde, Raúl y David hablaron de nuevo. Querían salir a hacer deporte y David afirma: “La última vez te quedaste con las ganas [...] Y ahora lo que quieres es reventarla a puñetazos, ¿no? Te quieres poner en forma para matarla”. Raúl afirmaba “Si te sirve, hoy he hecho tríceps y bíceps, así que a puñetazos”.
Lo más terrorífico, es que este grupo de Whatsapp en el que no solo se explica lo que hacen sino que se jactan de ello, no es el único, y no es la única red social usada para perpetrar violencia contra las mujeres. Conocemos el caso de Castro Urdiales que usaba WhatsApp para compartir imágenes sin consentimiento. También la trama "Girls of Vinted" de Telegram, y la más reciente, con Grok y la red social X. También lo hemos visto con menores, por ejemplo con los deepfakes sexuales de Corea del Sur. Ellos presumen, comparten y validan sus actos impunemente y como asegura la periodista y divulgadora Mara Mariño en su libro ‘#S3xpidemIA’ que “lo que empieza como una reafirmación grupal en la calle o en internet escala a conductas mucho más agresivas” y el cuerpo de la mujer termina convertido en “algo que se usa y se comparte quiera ella o no”.
Los grupos de WhatsApp como el de Potencia, producen una sensación de camaradería. Favorecen un silencio cómplice que no es la primera vez que vemos. Según el estudio ‘Machismo a golpe de Whatsapp’, un 7,7% de los jóvenes indicó que recibía “a menudo” mensajes sexistas vía Whatsapp y el 8,6% “algunas veces”. Tal y como explicaba Iñaki Lajud Alastrúe de Masculinidades Beta, psicólogo especializado en violencia de género, al medio El País, “ese enorme sentimiento de camaradería masculina implica que, por ser parte de un grupo de hombres, tienes un lugar de pertenencia e implícitamente se espera que se protejan entre ellos”. Silencio cómplice que has visto en las conversaciones de WhatsApp que hemos expuesto anteriormente.
Ese pacto patriarcal perpetúa los comportamientos machistas y la violencia contra las mujeres. Como bien explica Mariño, las violaciones no son algo nuevo pero “nos enfrentamos a siglos de patriarcado en los que se ha construido una cultura de la violación que favorece la agresión sexual y obstaculiza que se persiga legalmente y que sigue vigente”. Este caso es una muestra más de ello.
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