Una de las ideas más populares asociadas a la destacada filósofa y teórica Judith Butler podría resumirse en esta cita: "El género es una práctica social repetida y performada, no un hecho natural determinado por la biología". El único problema es que Butler no escribió literalmente dicha frase, pero sí es una síntesis fiel de una de las tesis centrales de 'El género en disputa', el libro que publicó en 1990 y que sigue siendo una obra fundamental de la teoría feminista contemporánea.
Por supuesto, la idea que hay detrás es más compleja que decir que hombres y mujeres "actuamos" nuestro género. Butler utiliza el concepto de performatividad para poner en tela de juicio la idea de que primero existe una identidad de género perfectamente definida en nuestro interior y que después nos limitamos a expresarla mediante nuestra forma de vestir, hablar, movernos o relacionarnos.
Su propuesta es darle la vuelta a esa relación: la repetición de determinados comportamientos y normas sociales puede ser precisamente eso que termina haciendo que la apariencia de una identidad sea estable y se perciba como natural.
¿Qué quiso decir Judith Butler cuando habló de la performatividad del género?
Para entenderlo hay que olvidarse de la imagen de una persona que se levanta por la mañana y decide qué papel va a interpretar ese día. Cuando Butler habla de género como algo performativo no está diciendo que podamos escoger libremente una identidad y representarla como si estuviéramos encima de un escenario. De hecho, deja claro que no existe un individuo completamente libre que esté fuera de las normas sociales y pueda elegirlas desde cero.
El género se construye dentro de unas expectativas que ya existen antes de que podamos cuestionarlas. Desde pequeños recibimos mensajes sobre lo que significa ser una niña o un niño, sobre cómo debería comportarse nuestro cuerpo, qué ropa corresponde a cada sexo, qué gestos son apropiados o incluso qué aspiraciones parecen más naturales para unas personas que para otras.
No necesitamos recordar todas esas reglas de forma consciente para seguir reproduciéndolas. Las aprendemos observando a otras personas, recibiendo aprobación cuando encajamos en ellas o encontrando resistencia cuando nos alejamos de lo esperado. Las repetimos tantas veces que llega un momento en el que dejan de parecernos normas y empiezan a formar parte de nuestra idea de quiénes somos.
Por eso Butler escribe literalmente en 'El género en disputa' que "el género es la estilización repetida del cuerpo" y explica que se trata de una sucesión de actos que, al repetirse dentro de un marco social determinado, terminan creando "la apariencia de sustancia, de una especie natural de ser". Pero, para los mortales de a pie, la verdad es que se entiende mejor dicho de la forma que decíamos el principio del todo.
¿Y si primero hacemos y después creemos que "somos"?
Una forma más visual de entenderlo es esta. Normalmente pensamos que una mujer se comporta de determinada manera porque tiene una identidad femenina previa que se manifiesta a través de sus gestos, su ropa o sus gustos. Imaginamos, en otras palabras, una especie de núcleo interno que sería la causa de todo lo que vemos reflejado en el exterior.
Butler propone invertir esa relación. No necesariamente hacemos determinadas cosas porque expresen una identidad que ya estaba completamente formada de forma innata; es la repetición de esas acciones la que produce la sensación de que existe esa identidad interna.
Para explicar esta inversión utiliza el concepto de metalepsis, relacionado con la lectura que Jacques Derrida hizo de la parábola "Ante la ley", de Franz Kafka. Aplicado al género, el razonamiento sería que creemos que dentro de nuestro cuerpo existe una verdad masculina o femenina que determina cómo nos comportamos, cuando quizá esas mismas acciones repetidas son las que terminan produciendo la apariencia de dicha verdad.
Es decir, confundimos el efecto con la causa: pensamos que primero existe una esencia femenina y después aparecen las expresiones de género, cuando Butler plantea que la repetición de esas expresiones es precisamente la que construye esa esencia.
No es una elección: es una repetición
Aquí va otra de las claves para no malinterpretar a Butler. Si el género es performativo, podríamos pensar que cada persona puede decidir libremente qué género quiere interpretar. Pero no es eso lo que plantea la filósofa.
Las normas sociales ya existen y condicionan nuestras posibilidades mucho antes de que podamos elegir qué relación queremos tener con ellas. La performatividad no consiste en interpretar conscientemente un personaje, sino en repetir una serie de normas, características y comportamientos hasta que esa repetición consigue producir una identidad.
Y precisamente por eso la teoría de Butler sigue resultando tan interesante. Nos obliga a mirar de otra manera muchas cosas que damos por sentadas: por qué determinados comportamientos nos parecen femeninos o masculinos, por qué ciertas formas de vestir parecen "naturales" para un género y extrañas para otro o por qué algunas expectativas sociales terminan pareciendo características innatas.
Volviendo a resumir, el género no sería simplemente algo que tenemos dentro y que después expresamos hacia fuera. También es el efecto de una repetición tan constante de normas y prácticas sociales que acabamos confundiendo lo aprendido con lo natural.
Foto de portada | Miquel Taverna
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