En noviembre de 2022 volví a casa de mis padres después de estar más de una década viviendo fuera de casa. El motivo: una ruptura de pareja. Volví a su casa mientras la mía, que había alquilado mientras vivía con mi ex, volvía a quedarse libre. fueron solo un par de meses y mis padres, que son estupendos, me abrieron las puertas sin pensárselo dos veces. Mi situación no fue una excepción porque cada vez más hijos adultos vuelven a casa de sus padres por una u otra razón, desde el precio de los pisos a la precariedad laboral o las rupturas, como fue mi caso. Según datos de Eurostat, el 26% de los jóvenes emancipados ha tenido que volver en algún momento a casa de sus padres. Por eso se nos conoce ya como la generación boomerang.
La psicóloga familiar y de pareja Xiomara Reina analizaba ese proceso de vuelta en una entrevista a La Vanguardia, donde aseguraba que “volver al hogar familiar en la edad adulta no es solo una cuestión práctica; no se trata únicamente de compartir techo, sino de cómo cada miembro se siente visto, reconocido y seguro delante de la familia, en un momento en que todo lo que parecía estable deja de serlo”. Por un lado los padres ya habían superado el síndrome del nido vacío y por otro, los jóvenes que vuelven sienten que al hacerlo, están fracasando.
Cuando vuelves a casa de tus padres, a pesar de tu edad, toca volver a vivir bajo las normas de quien es dueño de la casa, y después de haber vivido en otro entorno, con otras costumbres y con otras personas (o solos), ese proceso se vuelve realmente complejo. Tanto que se viven situaciones en las que se recuperan roles que hacía tiempo que no se vivían. “Los padres, a veces sin darse cuenta, vuelven a su antiguo rol de cuidadores; el hijo, aunque sea adulto, puede sentirse tratado como si hubiera retrocedido varios años”, explica la experta. Y es justo como lo describe.
La vuelta a la convivencia de padres e hijos
El psicólogo Pedro Martínez explicaba en el programa 'Fin de Semana' de COPE, que el regreso de un hijo adulto genera un “clima bastante tenso”. Los padres habían recuperado su espacio y sus propias rutinas y se encuentran conviviendo con un adulto “que desea mantener su autonomía e independencia”, lo que genera nuevos roces que se unen a los que ya existían antes de la independización de los hijos. A esto se une los sentimientos de fracaso, frustración y derrota de los hijos al volver. Por todo ello, Reina recomienda hablar de lo que ocurre. “Cuando no se habla de ello, acaban apareciendo discusiones por horarios, tareas domésticas o dinero”, explica y añade que lo primero es “reconocer que se trata de una etapa difícil y crear espacios para hablar”.
Según Reina, la idea es “acoger sin imponer ni desentenderse” por parte de los padres. No se trata de decirles que hagan lo que quieran, ni de tratarles como si tuvieran 17 años, sino establecer y “renegociar la convivencia entre adultos” desde el principio. “Hablar desde el principio de cómo será el día a día, acordar horarios generales, tareas básicas, respeto por la intimidad y escuchar qué necesita cada uno ayuda a crear un clima más tranquilo”, asegura.
El error más común, según la experta, “es minimizar lo que sienten sus hijos o intentar animar demasiado rápido”, y aunque sea con la mejor de las intenciones, en este caso lo más saludable sería validar las emociones y acompañar en el proceso, es decir, “escuchar sin juzgar, reconocer el dolor y transmitir un mensaje claro de acompañamiento” para que el hijo no se sienta una carga. Como bien explica Reina, “acompañar implica estar cerca sin invadir y, si el malestar se prolonga, facilitar el acceso a ayuda profesional sin imponerla”. Es decir, se trata de mostrar inteligencia emocional y construir un espacio seguro.
También da un consejo de afrontamiento para los padres y es transmitir un mensaje de “esta es tu casa y queremos ayudarte, pero necesitamos construir cómo convivimos ahora”, que busca “transmitir seguridad sin infantilizar”, para que tanto las necesidades de unos como de otros se puedan cubrir. Podemos incluso, en el tema económico y como explica la psicóloga, “equilibrar ayuda y autonomía. Aportaciones simbólicas o asumir responsabilidades en casa ayudan a preservar la dignidad del hijo y a evitar resentimientos silenciosos en los padres”.
Es complicado, lo sé, pero si no queremos que el vínculo se vea perjudicado con esta nueva situación, lo mejor es entender lo que comparte Reina: “Padres e hijos adultos pueden mirarse desde un lugar más humano, reparar conversaciones pendientes y construir una relación más madura. Cuando se cuidan las emociones, el hogar recupera su función más importante: ser un lugar seguro al que volver cuando la vida aprieta”. Más allá de acuerdos, lo que debe sostener a la familia es precisamente eso, que seguimos siendo familia.
Fotos | Facebook Xiomara Reina, Freepik
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