Si hace unos años el debate cultural (para unos) y el chiste (para otros) era la cantidad de películas sobre la Guerra Civil que se hacían en España, ahora otro tema parece haberle tomado el relevo: el de las parejas de urbanitas que les da un venazo y se mudan a vivir al campo. Desde 'As bestas' de Sorogoyen y 'Suro' de Mikel Gurrea hasta 'Un amor' de Isabel Coixet e incluso pasando por 'Alcarràs' de Carla Simón, por nombrar algunas.
El último ejemplo de este nuevo western en el campor español sucede en un pueblo de Murcia y cuenta con siete nominaciones a los Premios Goya, incluida mejor película. No obstante, entre las muy buenas críticas que acumula 'Sorda' en Letterbox no falta el cachondeíto: "¿Puede alguna peli española pasar en una ciudad? ¿O tienen que ser todas en Villa[censurado] de los [censurado]?", se queja o bromea o ambas un usuario de la popular red social de cine.
No obstante, no vamos a ahondar en si, en realidad, es una buena noticia que se haya acabado el Madridcentrismo o si todo esto de la vuelta a la España vaciada es más una fantasía aspiracional que se queda solo en eso. Más que nada porque, según las proyecciones de la ONU, la brecha entre la población rural y urbana va a seguir aumentando paulatinamente en nuestro país hasta llegar un 88% de la población española que vivirá en ciudades para 2050.
'Sorda'
Para lo que estamos aquí hoy es para darle nuevas ideas y alternativas a nuestros cineastas con escenas costumbristas que sí nos representan e de historias que no entendemos por qué aún no se han llevado a la gran pantalla, pero que nos encantaría ver ganando un Goya algún día.
Thriller psicológico en un intercambiador mal diseñado
No has estado en Barcelona si no has visto tu vida entera pasar mientras cruzabas cansada y con prisas el intercambiador de Paseo de Gracia. Unos 270 metros de túnel en línea recta que bien servirían para ser el escenario de esos últimos segundos de luz que supuestamente vemos los seres humanos antes de morir. No obstante, en la red española de metro hay muchos otros intercambiadores con mala fama, ya sea por la cantidad de minutos que lleva recorrerlos o por fácil que es perderse en ellos.
Así que lo raro es que todavía nadie se haya decidido a rodar un thriller psicológico en alguno de ellos. Por ejemplo, un personaje entra en el intercambiador de Paseo de Gracia convencido de que va tarde... y ya no vuelve a ver la luz del día. Es una historia que podría quedarle especialmente bien a Nacho Vigalondo, con pasillos que no llevan a ningún sitio, escaleras que te devuelven al mismo andén, una megafonía críptica. Algo así un poco kafkiano, pero con abono transporte.
Reboot de 'La Cabina' pero en un atasco madrileño
En 1972, 'La cabina' convirtió una acción cotidiana, como era entonces entrar a una cabina telefónica, en una pesadilla colectiva. Lo que empezaba como una escena reconocible y casi banal acababa revelándose como una metáfora asfixiante sobre vivir bajo el régimen franquista. Medio siglo después, ya nadie usa esas cabinas pero no nos faltan los espacios reducidos para sentirnos atrapados: basta con un coche y la M-30.
Un conductor entra en el centro de Madrid con mentalidad positiva de que va a tener suerte y solo va a necesitar un par de vueltas rápidas para encontrar aparcamiento. Y luego otra. Luego otra más. El GPS empieza a contradecirse, las señales cambian, una calle que ayer era de libre acceso hoy es Zona de Bajas Emisiones, y lo que parecía un día normal se convierte en un bucle sin salida.
No obstante, la trama también podría suceder en uno de los atascos diarios de Madrid. Avanza a trompicones, los cláxones protagonizan una banda sonora de las que ponen los nervios de punta y el sudor se convierte en todo un reto para el departamento de maquillaje y caracterización (nos pediríamos para ello al de 'Sirat'). La película podría jugar con humor negro y algo de mala leche con el desconcierto permanente que provocan los cambios en las zonas de bajas emisiones, las decisiones políticas que se modifican con cada legislatura y la sensación compartida de no saber nunca si ese coche puede o no puede estar ahí.
No tanto como crítica directa, sino como retrato de una ciudad donde desplazarse se ha convertido en un ejercicio de ansiedad constante. Igual que sucedía en 'La cabina', lo verdaderamente terrorífico no sería el atasco en sí, sino la indiferencia del entorno: peatones que pasan a lo suyo, otros coches que entran y salen del bucle, autoridades que observan desde lejos o que solo complican más las cosas. El protagonista queda atrapado no solo en el tráfico, sino en una lógica urbana que le supera. El final, por supuesto, no necesita grandes giros: basta con una multa en el parabrisas o una grúa que llega para terminar de redondear un día de mierda. Existencialismo castizo, versión 2026.
'La cabina'
Drama sobre la vivienda: Ross y Rachel nunca podrían tomarse un descanso
No es 'Friends', no sería ni siquiera 'Aquí no hay quien viva', sería peor. Mucho peor. Es el Excel de gastos compartidos generando deuda privada a golpe de papel higiénico, el grupo de WhatsApp pasivo-agresivo al que van a parar aquellas cosas que nunca se dicen, el "luego lo hablamos" antesala de la tercera guerra mundial de la República Independiente de tu Casa, es la cocina que se pisa solo cuando no hay moros en la costa y con el cuidado y la celeridad de quien atraviesa un campo de minas.
La convivencia como espejo del fracaso colectivo del acceso a la vivienda. En esta historia Ross y Rachel nunca se tomaron un descanso porque necesitaban ser novios para poder pagar un piso juntando sus sueldos. ¿La alternativa? Volver a casa de sus padres o acabar en Idealista buscando habitación.
'La semilla del diablo', versión grupo de Whatsapp
Hay pocos espacios menos explorados en el cine que un grupo de WhatsApp. Especialmente si es el del colegio o de la comunidad de vecinos. Microcosmos donde conviven la buena voluntad, la pasivo-agresividad, la paranoia y una extraña noción del tiempo (nunca duermen, siempre hay alguien escribiendo).
La película podría empezar de forma inofensiva: un nuevo vecino entra en el grupo de la finca o una madre primeriza es añadida al chat del aula. "Hola, soy Marta, la mamá de Lucas 😊". A partir de ahí, el descenso a la locura es solo cuestión de tiempo. Mensajes a horas intempestivas, audios que son un podcast para crear una alarma social de la nada, discusiones que destapan una subtrama de corrupción con entradas para la piscina municipal y hasta la rotura de la tubería de la del tercero que acaba siendo siempre culpa de la misma persona (Pedro Sánchez). El conflicto no escala sino que se enquista.
La gracia y el potencial narrativo estarían en tratarlo como lo que ya es: una dimensión paralela con sus propias reglas, donde una persona puede ser encantadora en el ascensor y absolutamente temible en un chat. Donde el "solo lo comento por si acaso" es una amenaza velada, donde salir del grupo nunca es una opción inocua, sino un gesto cargado de consecuencias, los silencios pesan más que cualquier mayúscula y el terror no está en el grito, sino en el "Perdonad, lo digo sin ánimo de ofender" seguido de una auténtica bomba social.
Una comedia negra, coral, muy reconocible, sobre cómo la convivencia ya no se rompe solo en las escaleras o en las juntas presenciales, sino en esa notificación que aparece un domingo a las diez de la noche. Cine de terror cotidiano. Del que no necesita efectos especiales porque todos llevamos el monstruo en el bolsillo.
True crime en La Rioja
Ahora que tan de moda está el true crime, la periferia y las historias de época, podrían juntarse todas estas vertientes en una historia más concreta y poco contada: la desaparición del alcalde de Ribafrecha.
En enero de 1910, Bonifacio Montalvo García, alcalde de Ribafrecha, salió de su casa y no volvió jamás. La noticia llegó a Logroño el día 21: el hombre había desaparecido a las siete de la mañana sin avisar a nadie, algo completamente impropio de él. Dejó las llaves puestas. Nunca regresó. El pueblo, como suele ocurrir, se llenó de teorías.
Se habló de asesinato vinculado a tensiones políticas tras unas elecciones municipales. Se habló de suicidio, aunque jamás apareció el cuerpo. Se detuvo e interrogó a vecinos y habitantes de localidades cercanas; se registraron casas, pozos y posibles escondites; intervino la Guardia Civil, un juez instructor y hasta pitonisas y adivinadoras, pero nada. Ninguna pista. Ninguna certeza.
Entre los rumores más persistentes, destaca uno muy perturbador: la posibilidad de que el cuerpo acabara oculto en una cuba de vino, fermentando junto a la cosecha. La idea conecta con prácticas históricas reales como es el uso de sustancias animales para clarificar o acelerar procesos enológicos. Eso sí, no hay pruebas documentales de que se emplearan restos humanos ni de que este fuera el destino del alcalde. El rumor, sin embargo, ha sobrevivido a los años y se ha integrado en la mitología local.
Una historia perfecta para el cine español si algún día decide mirar menos al trauma morboso y más a esos enigmas rurales de los que solo unos pocos se acuerdan. Porque no todo terror necesita fantasmas: a veces basta con una cuba cerrada y el miedo a los aditivos poco éticos de los que echa mano la industria alimentaria.
Foto de portada | 'Sorda' y Kyller Costa Gorgonio
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