De todos los pueblos pesqueros que he recorrido en mi vida, ninguno es tan ajeno al mundo exterior como Ajuy en Fuerteventura. Escondido entre acantilados y volcanes en una costa imposible, esta aldea de 92 habitantes se ha acurrucado frente a una playa de arena negra, conservando sus costumbres y tradiciones a pesar de los curiosos que lo visitan cada día.
Llegar hasta aquí es un espectáculo en sí mismo. Yo tomé la carretera FV-621 desde Pájara, un camino desértico repleto de la nada más absoluta, que avanza paralelo al barranco de Ajuy, donde podemos ver algunas palmeras y cardones cuyo verde contrasta con el marrón y el negro de este paisaje. Al entrar encontramos un parking gratuito. Mi recomendación es que dejes ahí el coche y recorras el pueblo andando, porque no será fácil aparcar más abajo.
Nada más llegar al pueblo, fui recibida por decenas de casas de pescadores tradicionales, con paredes encaladas y detalles azules y verdes en puertas y ventanas. Este tipo de construcciones son típicas canarias, pero en Ajuy se mantienen más auténticas y cuidadas que en otros pueblos de la isla en los que he estado.
Yo y mi hermoso perro en una de estas preciosas fachadas.
Hay polletes en todos los rincones, donde los vecinos se sientan a charlar a la sombra y a disfrutar de la brisa marina. También encontré varios restaurantes de pescado fresco y muchos gatos, que me saludaron con mimo y atenciones por si acaso tenía algo de comer. Para mí, que adoro los gatos, este es el mayor reclamo turístico de todo Ajuy.
Gatito quiere sentarse a comer.
Toda la localidad está construida cuesta abajo y todos los caminos llevan al mismo sitio: una de las playas más espectaculares que he visto en mi vida. Es un enorme arenal negro azabache de arena volcánica y cuando le da el sol brilla como si fuera purpurina. No tiene rocas ni basura, los pies se hunden en ella como si fuera aceite y es una sensación maravillosa.
Los locales han convertido esta playita en la Plaza Mayor del pueblo, colocando restaurantes y hasta una estatua con forma de erizo justo en la entrada, donde los michis descansan perezosos. Lo dejan clarísimo: el océano lo determina todo y es el corazón y alma de este pueblo.
Estatua con forma de erizo de mar en la entrada de la playa.
Todo aquel que visita Ajuy lo hace por sus famosas cuevas, declarada Monumento Natural desde 1987. Se estima que se formaron hace 150 millones de años y sus diferentes estratos se notan a simple vista, con paleodunas, fósiles y erupciones volcánicas. Por ello están consideradas uno de los lugares con mayor interés geológico del mundo. Por supuesto, yo no iba a perdérmelas.
Para llegar, hay que acceder por el risco que hay pegado a la playa y andar por un acantilado con vistas espectaculares a la costa. No hay pérdida ni peligro, porque el camino está señalizado y vallado para evitar accidentes. Tampoco es difícil, un sendero de unos 15 minutos que yo hice en chanclas. Vaya, un paseíto tranquilo para disfrutar del clima de Fuerteventura.
Yo y mi mejor amiga ascendiendo por el camino que lleva a las cuevas de Ajuy.
Lo cierto es que el sendero hasta las cuevas me gustó mucho más que las cuevas en sí mismas. Avanzas entre formaciones de arena solidificadas, que contrastan con las rocas y con el imponente azul del Atlántico. Si miras hacia abajo, ves las olas arremolinarse a los pies del acantilado y es una postal inolvidable.
Las cuevas están oscuras, huelen un poco mal debido a la cantidad de palomas que anidan dentro y están descuidadas, con basura de turistas irresponsables. Lo cierto es que el interior me decepcionó un poco. Sin embargo, antes de bajar las escaleras hay una enorme columna que me sorprendió. Es un testigo de la actividad minera que se llevaba a cabo aquí en el siglo XIX, extrayendo cal y llevándola a los barcos.
De vuelta al pueblo, aproveché para disfrutar de la playa tranquila, dándome un chapuzón en el mar y simplemente relajarme observando el ir y venir de los pescadores. Las barcas y chalanas descansan en la orilla desperdigadas como hacían antaño en todas las costas, manteniendo viva la esencia tradicional pesquera de Ajuy.
Ver a los pescadores traer pescado y a los vecinos sacar mesas y sombrillas a la calle para comer al fresco me abrió el apetito. Había leído que La Jaula de Oro, el restaurante más pegado a la playa, merecía mucho la pena. Así que hice la cola, que es bastante larga y no me arrepiento de nada: la mejor vieja a la espalda que he comido. Acompañada de papas, mojo, ensalada, por unos 14 euros. Súper recomendado, con vistas al mar.
Para terminar la visita, compré un helado y lo comí dando un paseo tranquilo, donde tuve la suerte de poder ver las famosas cabras majoreras, durmiendo la siesta en los salientes de la pared de roca. En Ajuy todo es como era antes, sin hoteles ni grandes moles turísticas. Los visitantes llegan en autobús con excursiones cerradas, pero en cuanto terminan de comer vacían el pueblo y solo queda el sonido del mar. Es el planazo máximo en cualquier época del año. Repetiría (y repetiré) un millón de veces.
Fotos | @ifuerteventura, @turismopajara, @joseassima, @pepatatas.
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