Una familia vive aislada en el bosque sin contacto con nadie. Estamos en Siberia a mediados de los años 30 y, para todos sus miembros, pasan más de cuarenta años como si el mundo se hubiera detenido. Parece el argumento de una película (más concretamente, 'El bosque' de M. Night Shyamalan), pero no estamos hablando de ninguna ficción...
Se trata de la vida real de los Lykov, una familia que de verdad habitó la taiga siberiana completamente aislada de la civilización. Sin radio, sin electricidad, sin noticias y, por lo tanto, sin enterarse de que había estallado una guerra mundial y sin saber que el ser humano había llegado a la Luna.
Una huida sin vuelta atrás
Corre el año 1936 cuando Rusia se enfrenta a una purga. en este contexto histórico, una patrulla bolchevique dispara y mata al hermano de Karp Lykov, un hombre que pertenece a los llamados "viejos creyentes", una rama del cristianismo ortodoxo que se opone a las reformas realizadas por la iglesia. En ese momento, Karp entiende que el siguiente puede ser él, pero no quiere esperar a comprobarlo y decide desaparecer.
Coge a su mujer, Akulina, a sus dos hijos pequeños y lo poco que tenía (algo de ropa, utensilios básicos y semillas) y se internan en el bosque. No tenían ningún plan, solo un objetivo: alejarse lo suficiente como para no ser encontrados nunca. Y vaya si lo consiguieron...
Se adentraron en la taiga, un territorio conocido también como bosque boreal, un territorio inmenso y hostil del sur de Siberia, donde los inviernos son extremadamente largos y fríos (hasta -50°C), y el asentamiento humano más cercano quedaba a cientos de kilómetros. Allí construyeron una cabaña y empezaron otra vida.
Vivir sin recordar que el mundo existe
Mientras en el resto de Europa tenía lugar la sangrienta Segunda Guerra Mundial, los Lykov plantaban patatas. Mientras se inventaba la televisión, ellos cosían su ropa con cáñamo. Mientras el hombre pisaba la Luna, ellos observaban el firmamento completamente a oscuras, por el que se movían "estrellas" extrañas.
Su realidad era otra. Más pequeña, más dura y completamente autosuficiente. Cultivaban lo justo para sobrevivir, cazaban cuando podían y reutilizaban todo hasta el límite. Cuando se quedaron sin zapatos, fabricaron otros con corteza de árbol y cuando se acabaron las ollas, cocinar se volvió un problema.
Hubo años de hambre. Dos hijos que nacieron en la cabaña. Años en los que tenían que decidir si comer ahora o guardar semillas para el próximo invierno. De hecho, en uno de esos inviernos, Akulina murió de inanición por garantizar la comida de sus hijos. Hijos a los que criaron haciéndoles creer que no había nada más allá del bosque y que adentrarse en él podía suponer la muerte de toda la familia.
Un descubrimiento de película
En 1978, cuatro geólogos sobrevolaban la zona en helicóptero buscando posibles yacimientos de minería, petróleo y gas natural. Lo último que esperaban encontrar era un huerto. Y después, una cabaña. Cuando descendieron y se acercaron, apareció un hombre con una barba larguísima y visiblemente desconfiado. Era Karp, pero no huyó. Tampoco entendía muy bien quiénes eran esos desconocidos. Les dejó entrar y lo que encontraron dentro no era solo una familia, era casi una cápsula del tiempo.
El interior de la cabaña se había quedado detenido en otra época con sus utensilios rudimentarios y una ausencia total de cualquier objeto moderno. Pero, sobre todo, un lugar en cuyas paredes resonaba una forma de hablar extraña, un ruso deformado por décadas de aislamiento. Pero lo más impactante vino después.
Cuando los geólogos les contaron lo que había pasado en el mundo (la guerra, los avances tecnológicos, los viajes espaciales), los Lykov intentaron encajarlo como pudieron. Los satélites, por ejemplo, no les resultaban del todo ajenos: pensaban que eran estrellas que se movían más rápido de lo normal. La televisión los fascinó.
El choque con la realidad (y sus consecuencias)
A partir de ese momento, el aislamiento se rompió. Poco a poco, empezaron a recibir visitas, ayuda y objetos básicos. Entre ellos, algo tan simple como la sal, que Karp describió como una de las cosas que más había echado de menos en todos esos años de aislamiento. Pero el contacto también tuvo un coste.
En 1981, tres de los hijos murieron en pocos días, afectados por enfermedades relacionadas con la malnutrición y su débil estado físico tras décadas de privaciones. El padre también murió unos años después. Solo quedó Agafia, que se convirtió en la última Lykov. Para sorpresa de todo el mundo, decidió quedarse en el único entorno que conocía: la taiga. Tuvo la opción de integrarse en la civilización, de abandonar el bosque, de empezar una vida distinta pero ha seguido viviendo allí, en condiciones extremas tal y como aprendió desde niña.
Eso sí, hace visitas esporádicas a la civilización, pero sin renunciar nunca del todo a ese aislamiento que ha definido su existencia. Actualmente, es octogenaria y más que una ermitaña cualquiera, es conocida como "la mujer más solitaria del mundo".
Fotos | Wikimedia commons
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