Albert Einstein, sobre la vida a partir de los 60: "La madurez comienza a manifestarse cuando sentimos que nuestra preocupación es mayor por los demás que por nosotros mismos"

Una reflexión atribuida al científico alemán explica que muchas personas cambian sus objetivos en la vida al pasar de los 60 

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Nacho Viñau

Editor

Hay momentos en la vida en los que las prioridades empiezan a cambiar. Y si has pasado de los 50, o de los 60, sabes muy bien de lo que te hablo. Después de pasar años intentando construir una carrera profesional, sacar adelante una familia o alcanzar objetivos que parecían imprescindibles para alcanzar la felicidad, llega una etapa en la que otras cosas adquieren más valor. 

Las relaciones personales, pasar más tiempo con familia o amigos, o la posibilidad de ayudar a quienes tenemos cerca pueden empezar a ocupar un lugar que antes reservábamos para otras preocupaciones, siendo un factor clave para envejecer de forma saludable.  Evidentemente, cumplir 60 años no significa que todo el mundo llegue a las mismas conclusiones ni que exista una edad concreta en la que dejemos de mirar por nosotros mismos. 

De hecho, hay gente egoísta que llegará a los 80 sin cambiar ni un ápice y seguirá mirando primero por sí misma. Sin embargo, en muchos casos, la madurez también tiene que ver con la forma en que nos relacionamos con los demás y con lo que hacemos con la experiencia acumulada. Y una reflexión atribuida a Albert Einstein resume esa idea: "La madurez comienza a manifestarse cuando sentimos que nuestra preocupación es mayor por los demás que por nosotros mismos". 

Albert Einstein y la madurez: aprender a mirar más allá de uno mismo

La frase atribuida al físico alemán nos invita a pensar en una forma de madurez que no depende tanto de la edad como de la perspectiva con la que afrontamos la vida. Durante años podemos estar centrados en nuestros objetivos, en las responsabilidades que tenemos que atender o en la necesidad de demostrar nuestra valía. Pero con el tiempo, algunas de esas metas pierden peso y empezamos a prestar más atención a lo que ocurre a nuestro alrededor. Y eso encaja con otra reflexión de Einstein, quien también aseguró que "una vida tranquila y modesta trae más felicidad que la búsqueda del éxito”.

Esto no significa renunciar a los propios deseos ni convertir el cuidado de los demás en una obligación permanente. Se trata, más bien, de equilibrar esa parte de la vida, y comprender que nuestra vida no transcurre de forma aislada. Las decisiones que tomamos afectan a otras personas, del mismo modo que buena parte de lo que hemos conseguido se apoya en la ayuda, el afecto y las oportunidades que otros nos han brindado.

La generatividad de Erik Erikson: dejar algo a quienes vienen detrás

La psicología también ha estudiado esa preocupación por los demás que puede acompañar a la madurez. El psicoanalista Erik Erikson desarrolló una teoría del desarrollo psicosocial en la que cada etapa de la vida plantea diferentes desafíos. En la edad adulta, uno de los conceptos centrales es la generatividad, la capacidad y la voluntad de contribuir al bienestar de las siguientes generaciones.

La American Psychological Association explica este concepto como una preocupación que va más allá del interés individual y que se manifiesta, entre otras formas, en las responsabilidades sociales y en el deseo de contribuir al futuro de los demás. Además, esa contribución no tiene por qué traducirse en grandes gestos. 

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Puede consistir en transmitir conocimientos profesionales a alguien que empieza su carrera, acompañar a un familiar en un momento complicado, participar en una asociación del barrio o dedicar tiempo a personas que necesitan apoyo. También puede expresarse en la educación de los hijos o los nietos, sin pretender decidir por ellos ni evitarles todas las dificultades que encontrarán en el camino.

La idea tiene una consecuencia interesante: una vida no se mide únicamente por los objetivos que hemos alcanzado, sino también por lo que hemos aportado a otras personas. Y esa aportación no termina cuando dejamos de trabajar.

A partir de los 60 llega otra forma de entender el éxito

La jubilación puede ser uno de esos momentos en los que toca revisar qué queremos hacer con nuestro tiempo. Para algunas personas supone una ruptura con una rutina que había organizado buena parte de su vida; para otras, abre la posibilidad de disfrutar del tiempo libre y a dedicar más horas a intereses que habían quedado relegados por las obligaciones laborales.

En esa nueva etapa, compartir la experiencia adquirida puede cobrar importancia. Hay profesionales que siguen formando a jóvenes, personas que se implican en proyectos comunitarios y otras que descubren una satisfacción especial al cuidar a los nietos o a estar más presentes en la vida de sus familiares y amigos.

No hay una única manera de vivir este periodo. Tampoco sería justo dar por hecho que todas las personas mayores de 60 años se vuelven más generosas o que quienes todavía persiguen objetivos personales son menos maduros. La edad, por sí sola, no garantiza un cambio de perspectiva. La generatividad es una posibilidad de desarrollo, no una cualidad que aparezca automáticamente al cumplir años. 

Desde la filosofía budista, esta forma de entender la madurez descrita como el nirvana del bien común se relaciona con la compasión y el bienestar de todos los seres vivos. Sin embargo, cumplir años no garantiza ese cambio de perspectiva, ya que hay personas que mantienen actitudes egoístas o comportamientos propios de etapas más infantiles, sin llegar a desarrollar una mayor empatía hacia los demás.

Madurar también significa respetar la libertad de los demás

Preocuparse por quienes nos rodean no consiste en decidir qué es lo mejor para ellos ni en intentar resolverles todos sus problemas. A veces, el aprendizaje pasa precisamente por aceptar que los demás tienen derecho a equivocarse, tomar decisiones diferentes a las nuestras y construir su propio camino.

Esto se aprecia especialmente en las relaciones entre padres e hijos adultos. Acompañar no es lo mismo que controlar, del mismo modo que ayudar no implica esperar algo a cambio. La experiencia puede servir para orientar a otras personas, pero también para comprender que no todas necesitan los mismos consejos ni están obligadas a seguir nuestras recomendaciones.

La madurez, entendida así, tiene mucho que ver con la empatía y con la capacidad de reconocer que no somos el centro de todas las historias. Podemos preocuparnos por alguien sin asumir sus decisiones como propias, ofrecer ayuda sin imponerla y mantener nuestros propios límites sin dejar de estar disponibles para los demás.

La madurez no depende solo de los años que cumplimos

La reflexión atribuida a Einstein sigue teniendo sentido precisamente porque no reduce la madurez a una cuestión de edad. Cumplir 60 años puede ofrecer perspectiva, pero lo que hacemos con esa experiencia depende de cada persona, de sus circunstancias y de su disposición a seguir aprendiendo.

La filosofía también lleva siglos preguntándose qué significa vivir bien y qué lugar deben ocupar los demás en nuestras decisiones. La Stanford Encyclopedia of Philosophy, aborda una cuestión fundamental: hasta qué punto debemos tener en cuenta el bienestar ajeno sin olvidar nuestra propia responsabilidad sobre la vida que llevamos.

Y es que preocuparse por los demás no exige desaparecer uno mismo de la ecuación. La cuestión está en encontrar un equilibrio entre nuestras necesidades y las de quienes nos rodean, sin convertir el egoísmo en la única medida de nuestras decisiones ni confundir la generosidad con el sacrificio constante.

Quizá ahí resida una de las formas más valiosas de madurez, comprender que no tenemos que dejar de ocuparnos de nuestra propia vida para contribuir a la de los demás. Basta con entender que el mundo no termina en nosotros y que, a cualquier edad, todavía podemos aprender a vivir de una manera más consciente, generosa y respetuosa. Esto implica dejar atrás el egocentrismo que en el pasado pudo ser necesario, pero que con el tiempo se convierte en un freno para el crecimiento personal.

Fotografías | Oren Jack Turner, División de Impresiones y Fotografías de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, Magnific

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