¿Tenemos un hijo o un perro?

¿Tenemos un hijo o un perro?
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Algunos pensarán que es comparar la velocidad con el tocino, pero cada día más parejas se plantean esta duda como una forma más de dar un paso adelante en su relación y de asumir responsabilidades juntos. Analizamos este fenómeno y nos preguntamos si estamos comparando dos cosas que no tienen nada que ver.

Ya sabíamos que cada vez hay más parejas que deciden no tener hijos. Se les conoce por las siglas DINK, en inglés Double Income, No Kids (doble ingreso y sin hijos). Pero a este fenómeno cada vez más creciente se le está uniendo otro: parejas que se plantean elegir entre tener familia o tener una mascota.

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Está claro que son dos decisiones que implican una responsabilidad compartida, que traen muchas cosas buenas… pero también alteran y cambian la mecánica de funcionamiento en la pareja. Cuando la pareja no está segura de si está preparada para lo que supone tener descendencia y educar a un hijo, adoptar a una mascota podría parecer una especie de ensayo previo antes de tomar la gran decisión.

Pero, ¿se puede comparar una cosa con la otra?

A priori me parece difícil pensar que se establece la misma relación con un perro que la que se tiene con un hijo, porque de los niños esperamos que evolucionen, aprendan y terminen independizándose (repito: esperamos). Y de un perro, no. Pero, ¡ojo!, una mascota también es para toda su vida y algo que no se puede tomar a la ligera nunca (mal, mal y requetemal los que no se lo toman en serio). Ambas decisiones son importantes para cualquier pareja, pero cada una a su manera, ¿no? Para mí son dos universos tan alejados, tan diferentes que me cuesta establecer una conexión entre ambas opciones, analizar las dos dimensiones y ver si están relacionadas de alguna manera, si una excluye a la otra o si simplemente, estoy perdiendo el tiempo y la cabeza. Por ejemplo:

Con una mascota no necesitas estar pendiente todo el día, ni fijarte en cada paso que da. Hasta le puedes dejar solo varias horas y no pasa nada. No como los niños, que los dejas solos cinco minutos y te desmontan un enchufe o se abren la cabeza con el pico de la cómoda. Pero llega un día que los niños crecen y son ellos los que deciden salir solos. Eso es algo que tu perro no hará jamás (ni aunque le paguen las copas).

Tampoco conozco a ningún perro que pida la paga o te dé la chapa para que le invites a chuches cada vez que vas al supermercado, aunque bien es cierto que durante las comidas no hay manera de quitárselos de encima y como dejes cualquier cosa a su alcance, dala por perdida (o por cubierta de babas).

Los perros tampoco dan los disgustos que te puede dar un hijo. Si no tenemos en cuenta esos destrozos en el sofá y la sobredosis de pelusas que hay en casa cuando mudan, que son disgustillos de medio pelo (o de pelazo).

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A los perros no hay que pagarles la Universidad. Pero tampoco puedes presumir de que tu perro se ha graduado en Derecho. O le han dado una beca en el programa de la Max Plankck de Munich. O ha descubierto la cura del cáncer. Cuanto antes lo asumas, mejor: tu perro nunca diseñará la última colección de Gucci.

Si quieres ir a la última exposición de moda, ¡perfecto! Tu perro no va a decir ni "guau", algo que no podemos prometer de todos los niños, que no harán otra cosa que poner pegas, lloriquear y bramar "¡¡me aburro!!" por los pasillos del Thyssen. Pero tampoco puedes compartir con tu mascota tus hobbies o mantener conversaciones interesantísimas sobre quién era Dalí y por qué dibujaba relojes derretidos. Los perros tampoco saben de cine y no suelen estar al día de los libros de Astérix que hay que leer.

Los perros no se pillan pataletas y berrinches tremendos, pero también te pueden poner la cara roja de vergüenza con su babeo incontrolable y esa costumbre de meterse en la boca cualquier cosa (la cara de otra persona entra dentro de la categoría "cualquier cosa").

A los perros no hay que quitarles el pañal. En cambio tendrás que bajarles a la calle todos los días. Sí, incluso el día de Navidad. A las siete de la mañana. Nevando. Y tú tienes la gripe. Apechuga.

Un perro te va a querer incondicionalmente, hasta el final de tus días. Un hijo puede que no siempre esté de acuerdo contigo, que discutáis, puede que ser avergüence de que le beses para despedirte delante de tus amigos, puede enfadarse... y tú le querrás hasta el final de tus días.

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Un perro es un compañero para toda la vida. Un hijo ¿también?

Se me ocurren muchos más ejemplos más sobre este asunto, como que tu perro nunca te juzgará y tu hijo sí (especialmente a partir de la adolescencia) pero sigo pensando que estamos hablando de cosas muy diferentes. Un hijo no es sinónimo de tener una mascota y una mascota jamás sustituirá a un hijo. Porque, mucho ojo, un error que no se debe cometer jamás es humanizar a tu mascota o convertirle en un sustituto, un ensayo o un “yaveremos”. Adoptar a un perro ya tiene muchas ventajas para todos: inculca responsabilidades y valores, te enseña otra forma de amar y de tener compañía y es perfecto para desterrar los hábitos sedentarios (son “la maquinita de andar”), pero en ningún caso sustituye una relación humana.

Quizá la pregunta no debería ser "tener un perro o un niño" sino "queremos hacer algo juntos y qué queremos hacer". Es una maravillosa opción tener una mascota en común, compartir esa responsabilidad que incluso en más de un caso ha contribuido a unir a una pareja en proceso de separación, y es fantástico elegir ampliar la familia si lo que se busca es dar rienda suelta a nuestros instintos maternales/paternales.

Fotos: Cia de Foto, Noël Zia Lee

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