La psicología dice que los adultos sin amigos cercanos no son introvertidos o antisociales. Solo aprendieron que la vulnerabilidad se castiga

A veces aislarse puede resultar más seguro que arriesgarse a conectar con otros cuando tenemos un apego inseguro

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Anabel Palomares

Editor

Llegados a ciertas edades hacer amigos se convierte en uno de los trabajos de Hércules. Cuando éramos niñas jugando en el parque, adolescentes en el instituto pasando horas y horas con la misma gente o estudiantes de universidad, la amistad parecía surgir casi sola y por arte de magia, pero cuando vas cumpliendo años, hacer amigos es algo complicado. Y no porque seamos antisociales o introvertidos, sino porque a veces aislarse puede resultar más seguro que arriesgarse a conectar con otros.

Si hacemos caso a la psicología y a una de sus teorías más conocidas, la teoría del apego, entenderemos mucho mejor esto. La teoría del apego de John Bowlby que después amplió la investigación de Mary Ainsworth sobre los patrones de interacción entre bebés y cuidadores, sostiene que nuestra autoestima, nuestra gestión emocional y la calidad de nuestras relaciones se ven afectadas por el estilo de apego que desarrollamos en respuesta a los cuidados que recibimos en nuestra infancia. Es decir, nuestras experiencias con nuestros cuidadores, influyen en cómo confiamos en los demás al crecer. 

El apego inseguro como herramienta de defensa aprendida

La psicóloga Tania Pérez asegura que los primeros vínculos con los cuidadores influyen en cómo nos relacionamos cuando somos adultos. “Un cuidado sensible favorece el apego seguro, asociado a confianza y estabilidad, mientras que experiencias incoherentes o traumáticas generan apegos inseguros (ansioso, evitativo y desorganizado)”, explica. Los segundos, se asocian con ansiedad, dependencia emocional, dificultades en la regulación emocional, miedo al abandono y baja autoimagen. Y también a más dificultad para desarrollar cualquier tipo de relación interpersonal.

Ese apego es una adaptación, una estrategia que el niño aprende mediante repetición. Por ejemplo, si cada vez que el niño llora sus padres le dicen que pare de llorar, aprenderá que las emociones no son algo que mostrar abiertamente. Si el niño dice que tiene miedo y sus padres responden con irritación, el niño dejará de expresar su miedo. Si el niño expresa una necesidad y sus padres responden con silencio, el niño dejará de pedir y no lo hará porque deje de necesitarlo. 

Con el tiempo ese niño construye todo un sistema operativo en torno a sus experiencias y si de pequeños aprendemos que la vulnerabilidad no es segura cuando somos niños desarrollando un apego inseguro, nuestras relaciones adultas se ven afectadas. Si tenemos un apego inseguro, tenderemos a evitar la intimidad y a tener miedo al abandono, lo que puede provocar que nos aislemos para evitar ese sufrimiento en el futuro. Es una herramienta de defensa aprendida que no solo tiene impacto en nuestras relaciones, sino hasta en nuestra respuesta al estrés. A nivel biológico, el cuidado afectivo temprano activa sistemas neurobiológicos de recompensa (produciendo oxitocina y dopamina) y ayuda a regular el eje del estrés (HPA). Un apego seguro puede “amortiguar” la respuesta al estrés, pero el maltrato infantil que provoca un apego inseguro provoca lo contrario, y se asocia con alteraciones del HPA y cambios epigenéticos que pueden intensificar la reactividad al estrés. 

Si miramos detalladamente el cerebro, veremos algo más. Esta investigación neurocientífica sugiere que los adultos con estilos de apego evitativo desarrollados en la infancia tienen diferentes patrones de activación neuronal al procesar información socioemocional que aquellos con un apego seguro. Se vio que presentan más actividad en regiones asociadas con la supresión emocional y menos activación en las áreas vinculadas con la empatía y la recompensa social. En un sentido fisiológico, su cerebro percibe la cercanía de otras personas como algo peligroso, no como un simple hábito. 

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El psicólogo Mario Mikulincer afirma que las personas con apego evitativo mantienen "estrategias de desactivación" por su propia protección y de forma inconsciente. Por ejemplo, suprimen las necesidades de apego, minimizan la importancia de las relaciones y redirigen su atención hacia la autosuficiencia. Pero somos seres sociales. Necesitamos las relaciones para algo más que sobrevivir. Necesitamos a otros para vivir y ser felices, como apuntaba Harvard en su famoso estudio del desarrollo adulto, pero cuando se desarrolla un apego evitativo, relegamos esa necesidad inherente al ser humano a un segundo plano y podemos convertirnos en personas solitarias a pesar de ser sociales.

Aunque las personas solitarias pueden procesar la realidad social de forma diferente y sentirse menos cómodos o en sintonía con otros, no significa que tengan un apego evitativo, ni cualquier otro apego inseguro. Es más, no existe una causa-efecto de que tener un apego inseguro haga que no tengamos relaciones, ni al contrario, que todos los adultos sin relaciones tengan un apego inseguro. Es una combinación de factores tanto estructurales como psicológicos y relacionales que también explica por qué perdemos amigos con el paso del tiempo. El trauma, por ejemplo, es otro de los motivos por los que nos puede costar establecer y mantener vínculos. El hecho de haber vivido experiencias tempranas negativas pueden llevarnos a una hipervigilancia social y a tener problemas para confiar en otros, y que eso se traduzca en una mayor dificultad para formar vínculos. 

Los adultos que no tienen amigos cercanos no son necesariamente introvertidos. Tampoco antisociales. Muchos aprendieron siendo niños que la vulnerabilidad se castiga y construyeron una vida que los protege de lo único que realmente necesitan: las relaciones. Si es tu caso, respira, porque es posible cambiar el tipo de apego con la ayuda psicológica necesaria, y entender qué es lo que te pasa es el primer paso para conseguir una vida más plena con vínculos profundos que te acompañen en el camino.

Fotos | Hoi An and Da Nang Photographer en Unsplash, Valeriia Miller en Unsplash, Thomas Marquize en Unsplash, Giacomo Bianchi en Unsplash

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