Las ‘Analectas’, cuyo título original chino es Lún Yǔ y significa "discusiones sobre las palabras", es el libro que escribieron los discípulos de Confucio tras su muerte. El pensador, que vivió hasta el 479 a.C. no buscaba con su filosofía la salvación sino el autoconocimiento, y ese propósito se refleja en la paráfrasis de una frase que aparece en el capítulo Li Ren de su libro: "Cuando veamos a hombres de valía, deberíamos pensar en igualarlos; cuando veamos a hombres de carácter contrario, deberíamos volvernos hacia dentro y examinarnos a nosotros mismos".
Confucio no habla de compararte con otros, sino de convertir cualquier encuentro en un ejercicio de mejora personal. Lo que sostiene es que ver a alguien virtuoso no debería darte envidia sino despertar tu deseo de “imitar” esa conducta. Y ver a alguien con defectos no debería despertar tu desprecio, sino invitarnos a hacernos la pregunta de si nosotros hacemos lo mismo. Para Confucio, el juicio siempre termina volviendo hacia el que observa.
Lo interesante es que esta idea es que anticipa mecanismos que la psicología ha estudiado después, como por ejemplo el aprendizaje observacional del psicólogo Albert Bandura, que explica que adquirimos y reforzamos conductas al ver a un modelo competente ejecutarlas, especialmente cuando le admiramos, como un hijo que aprende de su padre porque le admira.
La invitación de confucio a la autorreflexión lo que actúa es sobre la tendencia a juzgar el defecto de otros con dureza mientras se minimiza el propio, lo que el refranero español resume en ver “ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio”.
Cualquiera puede ser tu maestro, hasta la mala gente
En las ‘Analectas’ Confucio también explica cómo aprende de la gente con la que se cruza en su día a día. "Cuando camino junto a otros dos, ellos pueden servirme de maestros; seleccionaré sus buenas cualidades y las seguiré, y sus malas cualidades para evitarlas". Es decir, para el filósofo, no hace falta que otro sea virtuoso para que podamos aprender algo. Es como cuando tienes una relación de pareja terrible que te enseña lo que no quieres en tus próximas parejas. Hasta un mal maestro puede enseñarte. Cualquiera, con sus aciertos y sus fallos, tiene algo que enseñar. La clave es que nosotros seleccionemos qué conducta reproducir y cuál descartar.
Esa disciplina de observación no se dirigía solo hacia fuera. El discípulo Zeng Zi describe en el libro su propia rutina de autoexamen diario. "Examino diariamente mi conducta en tres puntos: si al tratar asuntos de otros he sido fiel; si en el trato con los amigos he sido sincero; si he practicado lo que me ha enseñado mi maestro", escribía. Antes de mirar hacia el defecto ajeno, Confucio y su escuela ya practicaban la revisión constante de la propia conducta. Esta rutina se parece mucho al autorregistro, una técnica que se utiliza en psicoterapia cognitiva para entrenar la autoconciencia y que consiste en revisar la propia conducta para detectar patrones y corregirlos.
Esa exigencia que aplicamos al ver un defecto ajeno no sirve de nada si solo lo señalamos pero no corregimos lo nuestro. De hecho Confucio aseguraba que le preocupaba que ese trabajo interior se descuidara."El abandonar la virtud sin el cultivo apropiado, el no discutir a fondo lo que se aprende, el no poder avanzar hacia la rectitud de la que se tiene conocimiento y el no poder cambiar lo que no es bueno: estas son las cosas que me preocupan".
Según Confucio la virtud nunca depende de las circunstancias externas ni de lo que hagan los demás: "subyugarse a uno mismo y volver a la propiedad es la perfecta virtud [...] ¿acaso la práctica de la virtud perfecta viene de uno mismo, o viene de los demás?", escribía. Para Confucio la mejora moral empieza y termina en nosotros mismos y usemos lo que usemos como espejo, ya sea la virtud o el defecto ajeno.
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