Nadie sabe quién soltó 18 castores en España tras siglos extintos. Ahora han llegado a Cataluña y quizá no sea tan mala noticia

Paradójicamente, la invasión puede ayudar contra los efectos de la crisis climática

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María Yuste

Editor Senior

Oficialmente, en España no había castores desde hacía siglos (y lo de siglos es literal, no una metáfora), así que el desconcierto fue total cuando a principios de los años dos mil aparecieron los primeros indicios de la presencia de castores en la cuenca alta del Ebro. Además, para hacer esta historia más caótica y fascinante, los científicos creen que se debe a que alguien se dedicó a ir soltando castores en secreto por los ríos de España.  

La escena podría ser el inicio de un thriller rural, pero con biólogos en vez de detectives. En 2005, mientras estudiaba el visón europeo en la ribera del río Aragón, el biólogo Juan Carlos Ceña observó algo raro. Había árboles roídos de una forma muy concreta, restos de forraje, huellas, madrigueras, excrementos delatores... Todas las pistas apuntaban a una comunidad de castores en la zona. El problema era que esa hipótesis no tenía ningún sentido.

Básicamente porque el castor europeo llevaba desaparecido de la península ibérica desde tiempos inmemoriales. Durante años se discutió si los últimos ejemplares de la especie habían sobrevivido hasta los siglo XVII, XVIII o incluso XIX, aunque el consenso científico actual sitúa las últimas evidencias fiables en torno al siglo II antes de Cristo. Después es como si el animal hubiera sido borrado del mapa. Hasta que alguien decidió traerlo de vuelta sin pedir permiso...

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Las investigaciones posteriores, tras el hallazgo de Juan Carlos Ceña, concluyeron que en algún momento de la primavera de 2003 alguien liberó ilegalmente 18 castores europeos procedentes de Baviera. Eso sí, no se sabe quién lo hizo y tampoco por qué. Lo llamativo es que mientras que hay especies invasoras que llegan escondidas en mercancías y otras se escapan de granjas o de acuarios, aquí estamos hablando de una reintroducción clandestina ejecutada de forma deliberada.

Además, salió "demasiado" bien porque los castores no solo sobrevivieron sino que se reprodujeron y prosperaron. Se expandieron río abajo con una eficacia alemana. En 2007 ya habían colonizado unos 60 kilómetros de ribera y, para 2023, habían alcanzado Mequinenza y el tramo bajo del Ebro. Era cuestión de tiempo que terminaran entrando en Cataluña. Y ese momento ya ha llegado porque el Centre d’Estudis i Aplicacions Forestals ha confirmado recientemente la presencia de castores en la comarca del Segrià, en Lleida.

Lo más curioso es que esta reintroducción manual anónima del castor en España se ha seguido haciendo. La bióloga Teresa Calderón calculó que los castores del río Tormes habrían necesitado unos 40 años para alcanzar esa zona desde la población conocida más cercana. Mientras que, en Andalucía, no es posible que los castores recorrieran por sí solos los 365 kilómetros de submeseta sur que hay entre el tramo del Guadalquivir donde se encontraron por primera vez en 2023 y el punto más cercano donde se habían encontrado previamente. Son demasiados kilómetros y demasiadas apariciones repentinas.

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Sin embargo, la pregunta que nos interesa realmente no es quién los soltó, sino qué hacemos ahora con ellos. Porque los castores tienen la costumbre de que, cuando llegan a un sitio, se quedan. Construyen diques, modifican el paisaje, transforman las riberas y alteran los ecosistemas. Son ingenieros naturales extremadamente eficientes.

Esto es algo que puede sonar a desastre ecológico o a milagro climático, dependiendo de a quién preguntes. Porque aquí es donde la historia da un giro inesperado. En los últimos años, los expertos han empezado a señalar que los castores podrían convertirse en aliados contra la crisis climática

Esto se debe a que sus diques ralentizan el agua, ayudan a recuperar humedales, favorecen la recarga de acuíferos y crean corredores fluviales capaces de almacenar carbono de forma permanente. Dicho de otra manera: el mismo animal introducido ilegalmente podría estar ayudando a reparar parte de los daños ambientales que llevamos décadas provocando los humanos.

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Es una paradoja muy contemporánea. Una especie que nunca debió aparecer de nuestros bosques, reaparece precisamente en el momento en que más necesitamos ecosistemas capaces de retener agua y resistir temperaturas extremas.

Por eso el debate sobre los castores ya no es solo ecológico sino también es filosófico. ¿Qué hacemos con una especie "invasora" cuando empieza a aportar beneficios? ¿Dónde termina la conservación y empieza la gestión pragmática de un planeta alterado por humanos? ¿Tiene sentido hablar todavía de naturaleza "pura" cuando casi todos los ecosistemas europeos llevan siglos modificados?

Mientras los expertos discuten todo eso, los castores siguen avanzando río abajo completamente ajenos al debate. Roen árboles. Levantan diques. Se reproducen. Y probablemente expandiéndose más rápido de lo que cualquier administración puede controlar y siendo un problema ecológico, un experimento involuntario y una posible solución climática al mismo tiempo.

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