A partir del 1 de mayo, algo cambiará de forma casi imperceptible pero, precisamente por eso, poderosa. Los anuncios de carne van a desaparecer de las calles de Ámsterdam. Ni vallas publicitarias, ni pantallas, ni marquesinas. De este modo, la capital de los Países Bajos se convertirá así en la primera capital del mundo en prohibir la publicidad cárnica en el espacio público.
Qué pasara el 1 de mayo en Ámsterdam
La medida fue aprobada el 22 de enero en el consejo municipal mediante una modificación de la Ordenanza Local (APV) y entrará en vigor esta misma primavera. Eso sí, las carnicerías podrán seguir anunciando sus productos los escaparates y inmediación de sus locales. Además, la publicidad continuará siendo legal en prensa, radio, televisión y medios digitales. ¿Entonces, a qué se debe esta medida?
La propuesta iniciada por GroenLinks (Izquierda cerde) y el Partido por los animales (PvdD) se sustenta en un argumento muy sencillo: el ayuntamiento no debería promover, a través de su publicidad urbana, actividades que contradigan sus propias políticas climáticas y de transición alimentaria.
Ámsterdam lleva años invirtiendo en el fomento de dietas menos dependientes de la carne y más ricas en vegetales. Además, respalda El Tratado Basado en Plantas en su objetivo de avanzar hacia dietas más saludables y con menores emisiones. O lo que es lo mismo: la ciudad se ha propuesto que, para 2050, la dieta de sus habitantes sea al menos un 50 % vegetal.
La prohibición no llega sola. Junto a la carne, Ámsterdam veta también la publicidad de combustibles fósiles, una categoría que incluye anuncios de vuelos turísticos, cruceros y coches de gasolina. Aunque en esto la ciudad no es pionera absoluta ya que otras localidades neerlandesas como La Haya o Utrecht, entre otras, ya aplican restricciones similares en materia de publicidad fósil.
Lo que distingue a Ámsterdam es el alcance simbólico de la medida. Un capital de la Unión Europea que asume que el espacio público no es neutral y que decidir qué se anuncia y qué no forma parte de la política climática. Además de sentar un precedente que puede incomodar.
No obstante, los defensores de la medida insisten en que no se limita la libertad de elección del consumidor. Nadie deja de poder comprar carne. Lo que se cuestiona es su presencia omnipresente como producto aspiracional, constantemente reforzado por el marketing. Las alternativas vegetales, de hecho, seguirán pudiendo anunciarse.
"No puedes decir que te tomas en serio la política climática y seguir permitiendo estos anuncios", afirmó tras la aprobación Jenneke van Pijpen, de GroenLinks. Desde el Partido por los Animales, Anke Bakker fue aún más directa: "Ámsterdam no tiene nada que ganar promoviendo una industria que solo causa sufrimiento animal y daño al medioambiente".
Del tabaco a la carne
En cierta forma, lo que Ámsterdam está haciendo con la carne es lo que muchas políticas de salud pública llevan décadas haciendo con el tabaco: restringir la visibilidad de productos asociados a daños comprobados para influir en los hábitos colectivos. En España, la publicidad del tabaco lleva años regulada y ahora en proceso de endurecimiento.
Esta comparación no es retórica gratuita. Las prohibiciones de publicidad contra el tabaco se justifican porque la evidencia científica ha establecido que su promoción aumenta el consumo y, con ello, enfermedades y muertes evitables. Ámsterdam aplica ahora esa misma lógica al sector alimentario, con un alto impacto ambiental y sanitario.
La evidencia científica lo ha documentado de forma consistente, especialmente cuando el consumo es elevado y sostenido. La OMS clasifica la carne procesada como carcinógena para humanos y la carne roja como probablemente carcinógena, asociando su consumo habitual a un mayor riesgo de cáncer colorrectal y enfermedades cardiovasculares.
En paralelo, la ONU ha señalado que los alimentos de origen animal (en particular carnes rojas y productos lácteos) están vinculados a mayores emisiones de gases de efecto invernadero, un uso intensivo de agua y suelo y una mayor presión sobre los ecosistemas, en comparación con los alimentos de origen vegetal. La lógica que impulsa a Ámsterdam a actuar no es, por tanto, muy distinta de la que llevó a los gobiernos a intervenir sobre el tabaco.
En ese contexto, la publicidad deja de ser un elemento neutro. Diversos estudios en el ámbito del comportamiento alimentario muestran que la promoción comercial influye en las preferencias, en la percepción de normalidad y en la frecuencia de consumo de determinados alimentos, especialmente cuando los mensajes están integrados en el entorno cotidiano.
Aunque anunciar carne no "produce" enfermedades de forma directa, sí contribuye a sostener patrones de consumo elevados, del mismo modo que durante décadas la publicidad del tabaco reforzó hábitos que hoy se consideran un problema de salud pública.
Por lo tanto, al igual que con el tabaco, donde dejar de ver anuncios ha demostrado reducir las probabilidades de iniciar el hábito, limitar la publicidad de la carne no busca demonizar a quienes la consumen, sino repensar cómo el entorno publicitario moldea nuestros deseos y normaliza determinados patrones de consumo nocivos.
Foto de portada | Pixabay
En Trendencias | 25 recetas de tartas y postres saludables para incluir en tu dieta sin miedo
Ver 0 comentarios