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Todavía hay muchos sitios en los que se necesita la causa feminista: y una mujer rusa que conoce bien el machismo nos lo explica en primera persona
Feminismo

Todavía hay muchos sitios en los que se necesita la causa feminista: y una mujer rusa que conoce bien el machismo nos lo explica en primera persona

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Soy rusa. Bueno, soy bielorrusa, pero es más de lo mismo.

Y cada día me da más vergüenza mi país.

La gente se sorprende cuando ven a mis compatriotas mantenidas por señores que podrían ser sus padres, o cuando se enteran de la cantidad de agencias matrimoniales que tenemos.

A mí no me sorprende nada. Me entristece sí, pero no me sorprende. ¿Qué podemos esperar de mujeres criadas y educadas en un país como Rusia?

Mis amigos me preguntan: ¿pero tan diferente es la vida en los países del Este? Cuando quiero responderles, no sé ni por dónde empezar.

Las mujeres rusas somos una especie aparte, y es que nos crían para casarnos y para amoldarnos al hombre. Las mujeres de mi país somos capaces de ponernos una minifalda para salir a la calle a -20ºC y caminar en tacones de quince centímetros sobre el hielo. Nos enseñan a maquillarnos hasta para ir a comprar el pan y muchas de ellas perciben el sexo como un regalo que hacen a los hombres por su generosidad. La mayoría de ellas trabaja, claro que sí, pero sus sueldos no llegan ni para pagarse las bragas.

A una mujer, en Rusia, se le exige mucho: una carrera universitaria (las que no la tienen no son bien vistas en la sociedad), un buen físico (las que no lo tienen jamás se casarán y por ende jamás podrán vivir mínimamente bien), buen sexo (en Rusia hay escuelas que enseñan a mujeres cómo hacer una buena felación) y buen carácter (que básicamente consiste en ser cariñosa con tu hombre y cuidarlo mucho: prepararle buena comida y satisfacer sus necesidades). En mi país, cuando un hombre es infiel, tu propia madre te dice que la culpa es tuya, porque no le has dado a tu hombre lo que él necesita, y por eso se ha visto obligado a buscarlo en otra parte.

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Cuando yo veo a mis compatriotas por aquí, de viaje, no me provocan rechazo, sino impotencia. Pero no porque las vea sufriendo, sino porque las veo anuladas y, lo que es peor, encantadas con la vida que llevan. Pero ahí es cuando me pregunto: ¿Podemos culparlas por haber recibido esa educación? ¿Podemos tratarlas mal por ser mujeres machistas? ¿Deberíamos dejarlas en paz y que hagan lo que quieran o deberíamos enseñarles que eso no es vida? ¿Y cómo podríamos hacerlo?

Muchas de las mujeres de mi generación reciben alguna que otra paliza de sus maridos. Sus amigas opinan que se merecen las tortas, porque son unas histéricas insoportables y se lo ponen muy difícil a sus parejas. Sí, sí, así tal cual. Por si fuera poco, ahora el Gobierno Ruso se está planteando aprobar una ley nueva: una torta al año no hace daño. Si te pegan en familia (da igual si eres mayor o menor, hombre o mujer, eso sí) te da un bofetón o te maltrata, la primera vez el agresor tan sólo deberá pagar una multa de 500 euros, ya que según la iglesia ortodoxa el castigo corporal si es "razonable y se hace con amor es un derecho esencial dado por Dios a los padres". Si lo denuncias, claro.

El problema es que, en el caso de las mujeres, la mayoría jamás denuncian, porque por culpa de la educación recibida “saben” que la culpa de que les peguen es suya.Y eso que el 40% de los crímenes violentos en Rusia se producen dentro de la familia..

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Cuando yo estaba estudiando en la Universidad, muchas de mis compañeras fueron violadas, pero ni siquiera sabían, a ciencia cierta, si lo que habían sufrido había sido una violación o, “simplemente” fueran ellas las que habían provocado esa reacción en el hombre. El consejo que nos daban las amigas era el siguiente: “Si te violan, es mejor que te relajes y al menos disfrutes, Total, qué vas a hacer…”. Y te lo decían tal cual, entre risas, y a modo chiste. También puedes contarlo en tu canal de Youtube, como ha hecho esta chica que sufrió cuatro agresiones en sólo una semana.

Sigo yendo a Rusia para ver a mis padres, pero cada vez vuelvo de peor humor. Y no porque vea que les doy pena: por no estar casada, por ser “demasiado europea” y encima feminista, sino porque dudo que esto cambie algún día. Me pregunto una y otra vez: ¿qué puedo hacer yo para remediar esto? Y me doy cuenta que nada, que no puedo hacer nada.

Las mujeres de mi país seguirán casándose sólo para no las llamen solteronas, seguirán aprendiendo a cómo darles más placer a sus maridos y seguirán operándose, una y otra vez, para que no las dejen por una más joven. Ellas seguirán cerrando los ojos a las infidelidades de sus maridos y seguirán educando a sus hijas para que se busquen a un “buen hombre”, que pueda retirarlas de la vida de mierda que llevan.

¿Por qué os cuento todo esto? No lo sé. Quizás para desahogarme. Quizás para que os deis cuenta de lo que pasa en el mundo. O quizás, simplemente, para que la próxima vez que tengáis ganas de decir que el feminismo no es necesario, os acordéis de este pequeño escrito, penséis en todas aquellas mujeres que no viven en Europa occidental y luchéis por todas aquellas que no saben o no pueden hacerlo.

Porque ellas también somos nosotras.

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