Durante más de sesenta años, una mujer que había llegado a ser emperatriz, vivió recluida en un castillo de Bélgica. Para entonces, Carlota de México ya había dejado de ser una figura política que había presidido reuniones de gobierno, intervenido en asuntos de Estado y viajado sola por Europa para intentar salvar un imperio había quedado reducida a un personaje y un mote: "la loca de Miramar".
Es una de esas historias que parecen sacadas de una novela porque no todos se acuerdan de que, mucho antes de que la salud mental de Carlota se convirtiera en el centro de su biografía, hubo una joven princesa que quiso gobernar y que, durante un breve periodo, consiguió hacerlo.
Una princesa educada para estar a la altura del poder
María Carlota de Bélgica nació en 1840, siendo la hija del rey Leopoldo I de Bélgica. Por lo tanto, creció en una de las cortes europeas más influyentes de la época. Gracias a ello recibió una educación poco habitual incluso para una princesa de su tiempo, estudiando idiomas, historia, literatura, filosofía y política.
En 1857, con solo 17 años, contrajo matrimonio con Maximiliano de Habsburgo, hermano del emperador Francisco José de Austria. La pareja vivió inicialmente en Italia, donde Maximiliano fue nombrado gobernador del reino Lombardo-Véneto y ambos se instalaron en el castillo de Miramar, cerca de Trieste.
No obstante, en 1864 su vida cambió por completo cuando le ofrecieron a Maximiliano la corona de México en el contexto de la intervención francesa de Napoleón III. Tras aceptar el trono, la pareja embarcó rumbo al otro lado del Atlántico. Carlota tenía 23 años cuando llegó al país norteamericano.
Charles Baugniet
La emperatriz que no se conformó con ser una consorte
El Segundo Imperio Mexicano duró apenas tres años pero, durante ese tiempo, Carlota no se limitó a acompañar a su marido en ceremonias oficiales ni a desempeñar el papel ornamental que tantas otras mujeres de las casas reales habían tenido que asumir.
El Estatuto Provisional del Imperio Mexicano de 1865 establecía que, si Maximiliano quedaba imposibilitado para ejercer el gobierno, Carlota asumiría la Regencia. Así que, cuando el emperador se ausentaba de la capital para recorrer el territorio mexicano, ella se quedaba al frente de los asuntos de gobierno.
Fue entonces cuando la emperatriz empezó a demostrar hasta qué punto se tomaba en serio el papel. Carlota trabajaba con sus ministros, recibía informes, intervenía en cuestiones administrativas y participaba en las decisiones del gobierno. Las fuentes de la época y los estudios posteriores describen a una mujer extremadamente disciplinada, interesada en los asuntos financieros y políticos y capaz de mantener un alto ritmo de trabajo.
Paradójicamente, esa no era precisamente la imagen que en el siglo XIX se tenía de una emperatriz.
Royal Collection of Belgium
Cuando una emperatriz convirtió la beneficencia en política
Una de las vías por las que estaba socialmente aceptado que las mujeres de la aristocracia intervinieran públicamente en el siglo XIX era la beneficencia: hospitales, orfanatos, instituciones religiosas, obras asistenciales...
Carlota participó en este tipo de actividades, pero su intervención fue más allá de las donaciones privada. Durante el Imperio se creó la Junta Protectora de las Clases Menesterosas, una institución destinada a recibir peticiones y reclamaciones de sectores vulnerables, especialmente de comunidades indígenas. Carlota quedó estrechamente vinculada a esta política y participó activamente en su funcionamiento. También apoyó iniciativas relacionadas con la educación y la protección social.
La última carta para salvar el Imperio
En 1866, todo empezó a desmoronarse. Napoleón III decidió retirar las tropas francesas de México y el proyecto de Maximiliano se fue quedando cada vez más aislado. La situación era desesperada porque, sin el respaldo militar francés, el Imperio tenía pocas posibilidades de mantenerse.
Carlota tenía para entonces 25 años y decidió viajar sola a Europa. Su objetivo era conseguir que Napoleón III mantuviera su apoyo y evitar que abandonara a Maximiliano. También buscó respaldo del papa Pío IX. No fue un viaje protocolario ni una visita diplomática de cortesía sino que Carlota intentaba salvar un régimen del que ella misma era soberana.
Fue recibida por Napoleón III en París, pero no consiguió cambiar su decisión. Después acudió a Roma y el viaje acabó convirtiéndose en el principio del final de su propia vida pública. Carlota sufrió una grave crisis psicológica y su comportamiento se volvió cada vez más errático. Se apoderó de ella un intenso temor a ser envenenada y u estado se deterioró rápidamente.
Dominio público
Y entonces nació "la loca de Miramar"
Mientras Carlota quedaba apartada de la vida política, Maximiliano se enfrentaba al desenlace del Imperio. En 1867 fue capturado por las fuerzas republicanas y fusilado en Querétaro. Carlota ya nunca volvería a México, pasó el resto de su vida en Europa, al cuidado de su familia y alejada de cualquier responsabilidad política. Murió en Bélgica en 1927, a los 86 años.
Lo peor es que su enfermedad terminó ocupando un espacio desproporcionado en su biografía. La emperatriz se convirtió en "la loca de Miramar" y su historia pasó a contarse por el final: una viuda desesperada, una emperatriz que había perdido la razón. Poco a poco, la mujer que había participado en el gobierno desapareció detrás del personaje trágico.
Sin embargo, no es tarde para recordar que antes hubo una mujer con una trayectoria política propia, que no se había limitado solo a ser "la esposa de". Detrás de la "emperatriz loca" había una gobernante que, durante un breve periodo, ocupó una posición pública de poder que en aquel momento estaba prácticamente reservada a los hombres.
Foto de portada | Albert Graefle
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