En 1882 los intelectuales decían que las mujeres eran menos inteligentes por el tamaño de su cerebro. Ella los desmontó antes que la ciencia

Escritora, periodista, traductora, dramaturga y activista se enfrentó a uno de los filósofos y políticos más influyentes de su país

Octav Bancila Sofia Bancila Nadejde
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María Yuste

Editor Senior
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María Yuste

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Durante buena parte del siglo XIX, hubo intelectuales que intentaron convertir la supuesta inferioridad intelectual de las mujeres en una realidad científica. Si las mujeres tenían, de media, un cerebro más pequeño que el de los hombres, ¿no significaba eso que también eran menos inteligentes? Hoy la conclusión nos parece, como poco, cuestionable. Pero en aquella época podía presentarse como una verdad avalada por la ciencia. En Rumanía, uno de los intelectuales más influyentes de su tiempo defendió a capa y espada esta idea. Y una mujer decidió contestarle.

Se llamaba Sofia Nădejde y tenía 26 años cuando empezó a enfrentarse públicamente a algunos de los argumentos que pretendían demostrar que las mujeres estaban biológicamente incapacitadas para ocupar el mismo lugar que los hombres en la sociedad. Escritora, periodista, traductora, dramaturga y activista, Nădejde fue una de las figuras fundamentales del primer feminismo rumano.

Su enfrentamiento con Titu Maiorescu, filósofo, crítico literario y político, comenzó preceisamten con el tamaño del cerebro.

El tamaño del cerebro de las mujeres como argumento contra las mujeres

En 1882, Maiorescu pronunció en el Ateneo Rumano una conferencia sobre darwinismo y progreso intelectual. Entre sus argumentos utilizó las diferencias medias de peso cerebral entre hombres y mujeres. Según los datos que manejaba, el cerebro masculino pesaba más que el femenino. Para él, aquello ya podía utilizarse como argumento suficiente para cuestionar la capacidad intelectual de las mujeres.

La lógica que seguía era que, como el cerebro es el órgano del pensamiento y los hombres tienen de media un cerebro más pesado, los hombres poseían entonces también una mayor capacidad intelectual. El problema era que aquella conclusión daba por demostradas demasiadas cosas que en realidad no lo estaban. Y Sofia Nădejde decidió ponerlo de manifiesto.

Publicó un texto que se traduce como "Respuesta al señor Maiorescu sobre la cuestión del cerebro en las mujeres", en el que cuestionaba que el peso absoluto del cerebro pudiera utilizarse como una medida directa de inteligencia. Uno de sus argumentos era que, si bastara con tener un cerebro más grande para ser más inteligente, habría que concluir que determinados animales con cerebros de gran tamaño eran intelectualmente superiores a los seres humanos

Titu Maiorescu Foto01

Por lo tanto, no estaba negando que existieran diferencias físicas entre hombres y mujeres. Lo que cuestionaba era que una diferencia biológica pudiera utilizarse como explicación suficiente para establecer qué podía o no podía hacer una mujer. Pero Nădejde no se quedó ahí...

¿Y si el problema no estaba en el cerebro?

Lo verdaderamente interesante de su respuesta es que cambió el centro de la discusión. En lugar de aceptar la pregunta  de por qué las mujeres eran intelectualmente inferiores, planteó otra: ¿qué oportunidades han tenido realmente las mujeres para desarrollar y demostrar sus capacidades?

En el siglo XIX, la respuesta era evidente. Las mujeres tenían enormes dificultades para acceder a una educación equivalente a la de los hombres, desarrollar carreras profesionales o participar en igualdad de condiciones en la vida intelectual y política.

Si después de excluir a la mitad de la población de determinados espacios se observaba que había menos mujeres en ellos, ¿era razonable interpretar esa ausencia como una prueba de incapacidad natural? Para Nădejde, no.

La ciencia también puede tener prejuicios

Aunque ahora nos resulta evidente que la teoria de Maiorescu era absurda, durante los siglos XVIII y XIX, diferentes investigadores utilizaron medidas del cráneo y del cerebro para intentar establecer diferencias intelectuales entre grupos humanos. La anatomía se convertía así en una herramienta para construir jerarquías sociales y justificar la exclusión de un determinado grupo de la educación, la política o ciertos trabajos. Era un círculo vicioso perfecto.

Sofia Nadejde

En el caso de las mujeres sería: o estudian porque no tienen capacidad. Y como no estudian, su menor presencia intelectual parece demostrar que no tienen capacidad. Nădejde se negó a aceptar ese razonamiento y l a ciencia actual la respalda ahora que se conoce mucho mejor la relación entre cerebro y capacidades cognitivas. 

Existen diferencias medias entre hombres y mujeres en determinadas características cerebrales, incluido el volumen cerebral, pero eso no permite concluir que un sexo sea globalmente más inteligente que el otro. De hecho, el tamaño del cerebro es solo una variable entre muchas y su relación con las capacidades cognitivas es mucho más compleja de lo que sugería la vieja teoría del "cerebro grande".

Pero quizá lo más interesante de la historia de Nădejde no sea que la ciencia actual haya terminado dándole la razón en determinados aspectos, sino que ella ya había identificado el problema de convertir una diferencia corporal en un destino social. Actualmente, no obstante, la pregunta sigue vigente y apareciendo, aunque adopte formas diferentes como:

¿Una diferencia biológica explica por qué hay menos mujeres en determinadas profesiones? ¿Una diferencia estadística entre hombres y mujeres significa necesariamente que existe una diferencia innata? ¿Cuánto de lo que interpretamos como una característica natural está relacionado con la educación, las expectativas, las oportunidades o el entorno? Nădejde ya nos dio una pista.

Foto de portada | Octav Băncilă

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