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Lo mejor de Yves Saint Laurent. Homenaje a un genio.

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Henry Donat Mathieu era un adolescente con pinta de retraído y sabelotodo que siempre supo que quería ser modisto. Que quería triunfar. Con apenas diecisiete años y recién llegado a París desde su Argelia natal llamó a las puertas de Vogue. Cuentan los que en ese día lo recibieron sin demasiada emoción que los cincuenta bocetos que llevaba encima eran asombrosamente parecidos a la colección que estaba apunto de presentar Christian Dior. Se quedaron absolutamente pasmados con la lucidez y la clarividente visión del chico de las gafas de pasta y la delgadez casi enfermiza. Dos años después, el discípulo venido de Orán relegaría al maestro del número 30 de la avenue Montaigne al frente de su revolucionaria firma y se convertiría en el diseñador más jóven de la historia en hacer Alta Costura. Yves Saint Laurent había nacido.

Eso era solo una premonición, porque es imposible resumir en unas pocas líneas o en unas cúantas anécdotas lo que ha supuesto la figura de Saint Laurent para el mundo de la moda. Lo suyo ha sido una verdadera historia de amor y pasión, el idilio más intenso jamás contado.

Saint Laurent vistió a la mujer de hombre, se inspiró en la calle para crear Haute Couture e hizo del arte grandes y míticos vestidos. Impregnó la pasarela de aires étnicos, fue el primero en desnudarse para promocionar un perfume, y liberó de apreturas el cuerpo femenino. Como dijo en su día su socio y amante Pierre Bergé, Yves fue "un genio en una industria para idiotas". Y no es que lo secunde, pero me parece una impertinencia de los más acertada y justa. Descanse en paz.

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