La lección que Tolstói entendió tarde: "El secreto de la felicidad no es hacer siempre lo que se quiere, sino querer siempre lo que se hace"

La cita, atribuida al escritor y filósofo ruso, cuestiona todo lo que nos dijeron sobre la felicidad

L N Tolstoy Prokudin Gorsky
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María Yuste

Editor Senior

La frase aparece cada pocos meses en Instagram acompañada de una fotografía en blanco y negro de León Tolstói mirando al horizonte con expresión trascendental.

"El secreto de la felicidad no es hacer siempre lo que se quiere, sino querer siempre lo que se hace"

Tiene sentido porque suena a Tolstói. Parece Tolstói, pero hay un pequeño problema y es que no existen pruebas de que el escritor y filósofo ruso la dijera jamás. Ni aparece en sus novelas, ni en sus diarios, ni en su correspondencia...

Por lo tanto, se considera una cita apócrifa, una de esas frases que, en una especie de efecto Mandela, se acaban adjudicando a alguna figura histórica para darles más peso o prestigio y que llegue a más gente. 

La cita parece guardar relación con un viejo proverbio estadounidense: "El secreto de la vida no es hacer lo que te gusta sino que te guste lo que haces". Y guarda, además, un enorme parecido con otra de esas reflexiones atribuidas a Jean-Paul Sartre: "La felicidad no es hacer lo que uno quiere, sino querer lo que uno hace".

No obstante, aunque Tolstói probablemente nunca pronunciara esas palabras, resulta difícil encontrar a alguien cuya vida dialogara mejor con ellas. Porque si algo caracteriza la biografía del escritor ruso es precisamente la tensión permanente entre lo que deseaba hacer, lo que creía que debía hacer y aquello que acabó haciendo. Aunque bueno, ¿no es eso también un poco la vida de todos?

Lev Nikolayevich Tolstoy 1860 Dominio público

El hombre que lo tenía todo y seguía sintiéndose perdido

Cuando pensamos en León Tolstói solemos quedarnos en su faceta de genio literario. El autor de 'Guerra y paz', el creador de 'Anna Karénina' y, en definitiva, uno de los escritores más influyentes de todos los tiempos en todo el mundo. Lo que solemos olvidar es que, durante gran parte de su vida, fue profundamente infeliz.

Había alcanzado el éxito, la fama, el reconocimiento intelectual y una posición económica privilegiada. Había conseguido prácticamente todo aquello que solemos identificar como metas de una vida exitosa. Y, aun así, alrededor de los cincuenta años sufrió una crisis existencial devastadora.

En su obra 'Confesión', escrita en 1882, relata cómo llegó a preguntarse para qué servía vivir. Nada de lo que había conseguido parecía darle una respuesta satisfactoria. El éxito no bastaba y el dinero tampoco. Ni siquiera la literatura, que había sido el gran proyecto de su existencia. 

Tolstói descubrió algo que muchos seguimos descubriendo a día de hoy: que alcanzar aquello que deseábamos no garantiza ni que nos vayamos a sentir plenos y realizados ni que vayamos a saber qué hacer después. Otra muestra más moderna la encontramos en un verso de la canción de 2025 'Teenage Symphonies to God', del rapero sueco Yung Lean:

"Cuando consigues lo que quieres, ¿es realmente lo que quieres? ¿Sigue siendo lo que soñabas o algo que te atormentará?"

Vivimos convencidos de que la felicidad está escondida detrás de un logro concoreto: un ascenso, una mudanza, una pareja, una cifra en la cuenta bancaria, un trabajo distinto... Pero a veces abrimos eesa puerta solo para comprobar que seguimos siendo los mismos que antes.

Leo Tolstoy 1897 Black And White 37767u 1 Dominio público

La gran mentira de "hacer lo que te gusta"

Durante años se nos ha vendido una idea bastante seductora: para ser felices debemos dedicarnos exclusivamente a aquello que nos apasiona. La frase parece lógica  hasta que llegan las facturas. Por desgracia, la vida adulta rara vez se parece a lo que soñamos. Si fuera un tablero de Pinterest estaría hecho de obligaciones, horarios, renuncias, compromisos familiares y responsabilidades que no siempre coinciden con nuestros deseos. Y ahí aparece el conflicto.

¿Qué ocurre cuando aquello que valoramos entra en tensión con aquello que necesitamos hacer para sobrevivir? ¿Qué pasa cuando el trabajo que paga el alquiler no coincide exactamente con la vocación que imaginábamos? ¿Qué hacemos cuando los ideales y la realidad dejan de caminar en paralelo? Por eso esta cita sigue resonando tanto.

No porque nos invite a resignarnos, sino porque plantea una pregunta más difícil que perseguir nuestros sueños: ¿podemos encontrar sentido en aquello que ya forma parte de nuestra vida? Hay una diferencia enorme entre conformarse y comprometerse. Mientras que conformarse es abandonar los valores propios, comprometerse es encontrar una manera de vivirlos incluso cuando las circunstancias no son perfectas.

El reto de no perderse a uno mismo

Existe una forma silenciosa de infelicidad que apenas aparece en los discursos motivacionales. No es el fracaso, es el extravío. Ese momento en el que uno empieza a tomar decisiones únicamente por inercia. Cuando los días se convierten en una sucesión de tareas. Cuando las obligaciones ocupan tanto espacio que ya no queda sitio para preguntarse en quién se está convirtiendo uno mismo.

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A veces no nos sentimos mal porque trabajemos demasiado o porque tengamos demasiadas responsabilidades. Nos sentimos mal porque hemos dejado de reconocernos dentro de ellas. La felicidad, entendida de esta manera, no consistiría en hacer exactamente lo que queremos cada minuto del día. Eso está al alcance casi exclusivamente de herederos, rentistas y nepo babies. Consistiría más bien en conservar algún hilo que nos conecte con nuestros principios, nuestras curiosidades y aquello que de verdad consideramos importante.

No se trata de amar cada aspecto de nuestra vida, pero sí evitar construir una vida que contradiga por completo lo que somos.

Lo que Tolstói puede enseñarnos

La gran paradoja es que Tolstói pasó décadas intentando reconciliarse con esa misma cuestión. Buscó respuestas en la literatura, en la religión, en la filosofía, en el trabajo físico, en la vida familiar y en el contacto con los campesinos rusos. Nunca encontró una solución definitiva, probablemente porque no existe.

Pero sí llegó a una conclusión que sigue resultando sorprendentemente actual: una vida con sentido depende menos de las circunstancias externas de lo que solemos creer. No podemos tener control sobre todos los trabajos que tendremos que hacer, todas las obligaciones que aparecerán ni todas las renuncias que tendremos que asumir. Lo que sí podemos decidir es qué relación mantenemos con ellas.

Por eso la frase sigue circulando más de un siglo después, aunque quizá nadie sepa realmente a quién se le ocurrió. Porque habla de una aspiración tan profundamente humana como es no vivir permanentemente esperando que empiece nuestra verdadera vida. La de aprender a habitar la que ya tenemos lo mejor posible.

Foto de portada | Serguéi Prokudin-Gorski

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