Gandhi, cinco veces nominado al Nobel: "La felicidad se alcanza cuando lo que uno piensa, lo que uno dice y lo que uno hace están en armonía"

El activista pacifista indio dormía con mujeres desnuda para probar su coherencia compromiso con el celibato

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María Yuste

Editor Senior

Muchas veces nos sentimos descontentos y pensamos automáticamente en el trabajo, las responsabilidades o la falta de tiempo como los principales motivos. Y a veces es cierto. Sin embargo, otras viene de un lugar mucho menos evidente: del esfuerzo constante que supone ser una persona distinta a la que sabemos que somos. Defender unas ideas y actuar de otra manera. Decir sí cuando queremos decir no. Fingir entusiasmo cuando ya no nos queda ninguno. Es algo que plasma muy bien una frase atribuida a Gandhi y que pone palabras a una intuición que casi todos hemos sentido alguna vez:

"La felicidad se alcanza cuando lo que uno piensa, lo que uno dice y lo que uno hace están en armonía".

Realmente, no hay pruebas de que Mahatma Gandhi pronunciara o escribiera nunca estas palabras exactas. Es una cita que no se ha logrado localizar en su obra, así que todo apunta a que se trata de una frase apócrifa, una de esas ideas que la mente colectiva adopta, internet simplifica y se terminan atribuyendo a alguna figura histórica que le pegue.

Sin embargo, hay algo fascinante en este fenómeno. Porque aunque la frase probablemente no sea suya, podría resumir mejor que muchas otras lo que Gandhi intentó practicar durante toda su vida.

La coherencia como estilo de vida

Para entender por qué esta cita terminó asociándose a Gandhi hay que mirar más allá de las palabras concretas y acercarse a la filosofía que defendía. Su concepto de Satyagraha, traducido habitualmente como "la fuerza de la verdad", no era solo una estrategia política de resistencia pacífica. Era una forma de vida.

Gandhi creía que la verdad debía expresarse en todos los planos de la existencia. No bastaba con pensar una cosa si después se decía otra. Tampoco servía proclamar unos valores admirables para actuar después de forma contraria cuando nadie miraba. La integridad, para él, consistía precisamente en reducir la distancia entre lo que uno cree, lo que comunica y lo que hace.

Un ejemplo muy explícito lo encontramos en que Gandhi practicó una forma de abstinencia sexual llamada "Brahmacharya". Decía no haber tenido relaciones sexuales con su esposa desde 1901 y tras muerte en 1944, empezó a dormir en la misma cama con mujeres desnudas. El motivo no tenía nada que ver con la lujuria sino que se trataba de una forma de probar la fuerza de su abstinencia sexual y voluntad. 

No obstante, las ideas que promovio Gandhi tienen raíces mucho más antiguas que el propio activista. Su compromiso con la verdad procede de una tradición filosófica india milenaria que habla de la unión entre pensamiento, palabra y acción. En la cultura sánscrita, la virtud no se medía únicamente por las intenciones ni por los discursos, sino por la alineación de esas tres dimensiones de la persona.

Así que, si la frase ha sobrevivido durante décadas aunque su origen sea incierto es porque expresa una verdad que reconocemos de inmediato: que la felicidad tiene poco que ver con estar contentos.

Hoy solemos relacionar la felicidad con emociones agradables. Pensamos en viajes, éxitos profesionales, relaciones idílicas o momentos de euforia. Pero la frase apunta hacia otro lugar. Habla de una felicidad mucho más silenciosa, la que aparece cuando dejamos de vivir internamente divididos.

Porque gran parte del desgaste emocional cotidiano nace precisamente de esas pequeñas contradicciones que vamos acumulando sin darnos cuenta. Cuando pensamos una cosa y decimos otra para evitar conflictos. Cuando defendemos unos valores que después no aplicamos a nuestra propia vida. Cuando aceptamos trabajos, relaciones o rutinas que ya no encajan con lo que realmente queremos.

Eso sí, hay que tener en cuenta que son cosas que no siempre hacemos por cobardía o maldad. Lo más común que suceda por inercia. Por costumbre. Porque llevamos tanto tiempo adaptándonos a las expectativas ajenas o intentando sobrevivir en el dí a adía que terminamos desconectándonos de nosotros mismos y perdiendo de vista nuestras propias convicciones.

Es ahí cuando aparece una forma muy particular de cansancio. Esa sensación difícil de explicar que surge cuando todo parece estar bien sobre el papel, pero algo dentro de nosotros sigue sintiéndose fuera de lugar.

La armonía como brújula

La enseñanza más útil de esta frase no es perseguir una felicidad permanente, algo que es una quimera imposible para cualquier ser humano, sino utilizar la coherencia como brújula todo lo que podamos. Preguntarnos de vez en cuando si existe distancia entre lo que pensamos, lo que decimos y lo que hacemos.

No para exigirnos una perfección imposible. Todos somos contradictorios en algún momento y todos cambiamos de opinión. Todos actuamos a veces por miedo, cansancio o inseguridad. La cuestión es otra: detectar cuándo esas contradicciones dejan de ser excepciones y se convierten en nuestra forma habitual de vivir.

Porque cuando la brecha entre nuestras ideas y nuestras acciones se hace demasiado grande, aparece el malestar. Y cuando conseguimos reducirla, aunque sea un poco, suele surgir algo parecido a la paz. Por eso la cita podría haberla dicho Gandhi perfectamente, porque es una intuición profundamente humana. La sensación de bienestar no siempre llega cuando conseguimos más cosas, sino cuando conseguimos parecernos un poco más a la persona que decimos ser.

Foto de portada | Dominio público

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