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Slowopinion: ¿Y si nos paramos a pensar antes de opinar?
Psicología

Slowopinion: ¿Y si nos paramos a pensar antes de opinar?

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Hoy todo lo slow está de moda: slow life, slow food, slow sex o slow love. Le prestamos la atención plena a todo lo que nos está pasando. Bueno, dicho a lo moderno: practicamos mindfulness. Vamos, que no hemos propuesto a hacer lo que de toda la vida se llamaba “tomar las cosas con tranquilidad” y “saborear cada momento”. 

Todo lo hacemos slow, o al menos es lo que intentamos. Ser slow nos permite disfrutar más de lo momentáneo, y ponerle atención a lo que hacemos nos ayuda a reaccionar antes de cometer cualquier tontería, como comprar algo inútil o comer algo que no le va bien a nuestro cuerpo.

Eso está muy bien. Todo para vivir mejor y ser más felices. Pero me da la sensación que con tanto cuidarnos a nosotros y preocuparnos de nosotros mismos, se nos está olvidando de algo tan importante como pensar un poco en los demás. Y no, no sólo me refiero a prestarles ayuda cuando más la necesitan, (aunque nunca está de más). Hay algo todavía más fácil de hacer: no hundirles más de lo que ya están.

Y es que le ponemos mucha atención a lo que comemos o lo que hacemos, pero se nos escapa pensar antes de opinar. Slow love, slow food, slow sex pero muy fast (y cheap) opinion.

Nos llenamos las bocas con que vivimos en los tiempos de la libertad de expresión. Somos unos afortunados, ahora podemos decir lo que queremos, cuándo queremos, donde queremos y por la razón que nos dé la gana. Somos libres de opinar sobre lo que nos apetezca. Pero no es lo mismo poder decir lo que quieras que tener que decir cualquier cosa. Y es más, cuando cualquier persona (adolescentes incluidos) puede leerlo. Abrir la boca y soltarlo cuanto antes importa más que las consecuencias que puede traer. 

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“La opinión es como el culo, cada uno tiene uno”, décimos. Sí, cada uno tenemos un trasero, pero no por eso nos quitamos los pantalones en medio de la calle y se lo mostramos a todo quisqui. Y de la misma manera que no nos apetecería ver cientos de culos en el camino de casa al trabajo, tampoco nos ilusiona leer y escuchar cientos de opiniones de desconocidos. Y aún menos cuando éstas ni siquiera están bien argumentadas.

Últimamente lo veo mucho en la prensa: sucede algo y, al cabo de tan solo unas horas, aparece un líder de opinión comentando la movida. Sin saber bien de qué se trata, y por qué ha ocurrido. Días más tarde los acontecimientos toman otro rumbo y se desvelan los detalles de lo ocurrido. El mismo iluminado suelta otra de sus fantásticas teorías y todo el país vuelve a hablar del tema. Y así, infinitamente.

La tele está llena de opiniones de la gente que no nos importa, que ni siquiera disponen de la información necesaria para trasmitirnos a nosotros, a los de otro lado de la pantalla, lo que piensan. Sus opiniones, a veces dolorosas e injustas, consiguen influir en las vidas de muchos. Y no siempre de la mejor manera.

Pero, al fin y al cabo, los medios de comunicación son el reflejo de nuestra sociedad. Está claro, si hay tanta oferta de opinión basura, es que hay demanda de ella. 

“¿Y por qué me cuentas tu opinión?” me preguntarás. Pues mira, ya que estás acostumbrado a hacerle caso a un desconocido, aprovecho el tema. Quizás con este insignificante artículo consigo que la próxima vez que alguien se disponga a soltar su opinión sobre algo de lo que no tiene ni idea, se tome su tiempo y una taza de té y se pregunte: “¿De cuánta información dispongo para asegurar que esto es así? ¿A cuánta gente podría hacerle daño lo que voy a decir?”

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