La boda de Diana de Gales y la fábula del príncipe que se convirtió en rana

La boda de Diana de Gales y la fábula del príncipe que se convirtió en rana
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Dice el refranero popular que lo que mal empieza mal acaba. Cierto es, pero cuando 700 millones de personas se plantaron ante el televisor aquel 29 de julio de 1981 para contemplar la boda de Diana de Gales, nadie podía hacer pasar por su bien pensante cabeza que aquello era la crónica de un cordero camino del matadero. ¿Una frase del todo impropia para un día de boda? No es nuestra, sino de la propia contrayente, quien ácidamente recordaría así “su” día, años después.

Pero no podemos, no debemos quedarnos con las sucias entretelas del evento en cuestión..hablemos de lo que no se vió, de lo que ocurrió, de lo que se vistió y calzó....

 

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25 metros de largo y 10.000 perlas realizado en seda inglesa. ¿Hablamos del mantel que cubriera las ricas mesas del palacio para deleite de sus comensales?

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No, hablamos del vestido de Diana de Gales, una oda a la suntuosidad, al perifollo, al volumen de un maxirepollo teñido de blanco. Pero eran los 80, y de aquellas, los que con gusto contemplaban el tortuoso camino hacia un matadero de una joven rubia, vestían pantalones nevados, lucían tupés y megahombreras.

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Difícil era imaginar que este desplieque de tela y más tela escondía la tristeza de una novia que había descubierto por un miembro del servicio que su amado no la amaba y había regalado una pulsera de compromiso a “otra”. Pero ella no se quedaría sin complementos, pulseras, tiaras y demás parafernalia: desde un espectacular ramo en cascada a una diadema de las joyas de la corona y unos zapatos propios de la mismísima Maria Antonieta.

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Las crónicas de la época advertían cómo pasar la jornada del 29 de julio rodeados de chaqués, lanzando pétalos de rosa y soltando hacia la libertad palomas de la plaz y el amor…por unas meras 45.000 pesetas.

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Todavía se puede pasar un día original en Londres: el 29 de julio. Por citar un ejemplo, el Strand Palace Hotel, situado en la ruta de los cortejos reales, ofrece por 32.000 o.45.000 pesetas un desayuno con champaña, con la graciosa escolta de las camareras del hotel ataviadas con trajes británicos típicos (los gerentes irán con frac y sombrero de copa). Luego, desde las habitaciones que dan a la calle, se podrá ver pasar los cortejos y seguir la ceremonia por televisión. En la habitación, naturalmente, habrá aperitivos y más champaña. Cuando pasen los novios, desde el hotel se tirarán pétalos de rosas y se soltarán cientos de palomas.

Frente al palacio se plantaron 14.000 geranios, la boda tuvo un coste de unos cien millones de pesetas y el coste del polémico viaje de novios en el yate Britannia salió por unos dieciocho millones de pesetas por dos semanas.

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Los recién casados en su primera parada de la luna de miel: Broadlands. Diana ya se perfilaba como un icono de estilo pero no sería hasta tiempo después cuando, abandonando todo clasicismo de rancio abolenco y alta alcurnia y adentrándose en estilos más casuales y urbanos, se convertiría en icono de estilo y moda.

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Via El pais, Life, Times Union

Fotos| Hakeetak, Forum Princess
 

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