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La conversación en una reunión social

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Este verano pasado asistí a la boda de una amiga. De todo el nutrido grupo de invitados sólo conocía a la familia de ella y a algunas de sus amigas íntimas que podía contar con una sola mano.

Como debe ser, su familia estaba atareada con los propios novios y el batallón de invitados, que eran muchos. Una vez finalizada la ceremonia de la boda, donde no necesitas entretenimiento si no conoces a nadie, vino el aperitivo más largo al que he asistido en mi vida.

Estuve deambulando de aquí para allá, de derecha a izquierda y picando de todas y cada una de las mesas. Poquísima gente me dirigió la palabra, incluso sentada en algún banco del hermoso jardín con cara de: “Hola, podeis hablarme, no muerdo”.

Los que esteis pensando que no soy sociable, borrad esa idea de vuestra mente porque no es el caso. Ni tampoco parezco la prima de Freddy Kruger: soy muy normal y además me gustan las fiestas.

¿Porqué será que nos cuesta tanto dirigir la palabra a alguien desconocido en una fiesta o reunión social? Queda excluída la discoteca, el pub o un concierto de música moderna. Hablo de un encuentro de personas que han sido invitadas por un mismo anfitrión.

Es el momento para sonreir, para ser sociable y conocer gente diversa aunque sea con un comentario trivial o hablar de lo bueno que está el cava. Si los griegos y los romanos levantaran la cabeza le darían de tortas a más de uno y de una.

Es de mala educación dejar que un invitado se aisle. Nada de deprimirse en un rinconcito: si hay que ir a salvarlo, pues se va a echarle un cable. Si la persona es extranjera, con más motivo. Si no os entendeis, ofrecedle una copa o un montadito de queso de cabra con una gran sonrisa: se le iluminará la cara.

Para ser elegante, hay que dejar los temas conflictivos en casa: esto es una fiesta, prohibidos los sofocos. Mi padre tiene la manía de hablar del monotema caza: al final acaba siendo un monólogo. El tema de conversación debe involucrar a todos para que nadie se sienta desplazado o directamente se duerma.

Como somos humanos e imperfectos, seguro que encontramos a quien no queremos ni ver ni oir: pues hay que aguantarse y no organizar ningún pollo, especialmente por respeto al anfitrión. Tampoco hace falta hacer el hipócrita pero sí comportarse como un señor o señora, que por eso nos invitan a todas partes y nunca se arrepienten.

En fin, son ocasiones especiales donde podemos sentirnos un tanto diferentes si no conocemos ni a la mitad de los invitados pero no tiene porqué ser agobiante. Es una satisfacción personal poder sacar lo mejor de nosotros mismos y confraternizar con los demás, sean de cultura similar u opuesta a nosotros.

Y algo que a mi me cuesta mucho en la vida cotidiana: hay que moderar el tono de voz. En cuanto cojo confianza, me acelero y me emociono, se me oye tres mesas más lejos. No recuerdo cómo se llama la presentadora que tenía esa risa tan indescriptible que co-presentaba un programa de Jose Luis Moreno pero, en una cena de gala, yo no la invito.

En Embelezzia | Look de fiesta

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