En el patio del colegio de Roberto Leal, una lata de refresco podía hacer las veces de balón. Es una de las batallitas que recordó el presentador al regresar con Albert Espinosa a Alcalá de Guadaíra para grabar su participación en 'El camino a casa'. Antes de los concursos de la televisión y los platós, estuvieron aquellos recreos en esta ciudad sevillana en la que soñó con ser futbolista "era muy malo", según afirmó el mismo.
En ese recorrido por su infancia también recordó a su padre, que empezó a trabajar como albañil con apenas 11 años. Cuando las notas del instituto no acompañaron a Leal, en vez de enfadarse, le animó a estudiar ya que él no había podido hacerlo. Aquella conversación, según contó el presentador, le hizo tomar conciencia de las oportunidades que tenía gracias al trabajo de sus padres.
Con su madre, Mercedes Guillén, compartiría años más tarde otro viaje muy distinto: el programa de Antena 3 'Nos vamos de madre'. Juntos recorrieron destinos como Estambul, Edimburgo, Marrakech y Oporto, combinando conversaciones con retos y aventuras. Aunque, para conocer el lugar donde creció el presentador, no hay que irse tan lejos sino que basta con poner rumbo a una ciudad a pocos kilómetros de Sevilla.
Lo mejor de aquella visita televisiva es que permite acercarse al lugar desde los recuerdos familiares y la vida cotidiana de uno de sus habitantes ilustres, una perspectiva que suele quedar fuera de las guías. Allí, el recorrido puede empezar en lo alto de un cerro y terminar junto al río que da apellido a la ciudad.
Qué ver en Alcalá de Guadaíra
El castillo marca el perfil de Alcalá con sus torres, murallas y almenas. El cerro en el que se ubica conserva huellas de ocupación humana desde la Edad del Bronce, aunque la fortaleza que vemos hoy tiene su origen en tiempos de los almohades, a partir del siglo XII y en sus posteriores ampliaciones. Sobre todo, después de la conquista castellana de 1247, el recinto siguió transformándose. En 1280, Alfonso X fundó la villa en la explanada oriental, por lo que allí arriba también hubo calles y casas, aunque su trazado ya no sea visible.
Desde este conjunto defensivo, la visita puede continuar hacia el Guadaíra para seguir su orilla agua arriba, desde el entorno del puente del Dragón hasta el molino de la Aceña. El propio puente merece una parada especial porque su estructura adopta la forma de ese animal fantástico que le da nombre, a los pies del cerro del castillo. Es un comienzo bastante poco convencional para un paseo entre antiguos edificios industriales.
Los molinos cuentan por qué Alcalá también es conocida como Alcalá de los Panaderos. Durante siglos, de aquí salió el pan que abastecía a Sevilla, transportado primero a lomos de mulos y después en tren. El agua, la molienda del trigo y los hornos formaban parte de una misma economía que dejó su huella en el paisaje. Recorrer la ribera permite seguir esa historia sobre el terreno, con paradas como el molino de la Aceña o el del Algarrobo.
Hay otro molino cuya ubicación merece un pequeño desvío: el de la Mina, conservado bajo el Teatro Gutiérrez de Alba. Dejó de funcionar en la década de 1920 y el teatro se construyó encima. En la actualidad, es posible acercarse al subsuelo mediante una pasarela y ver los elementos excavados en la roca y el cauce de un manantial.
Qué comer en la ciudad de los panaderos
La historia del pan tiene una continuación muy práctica a la hora de sentarse a la mesa. Bollos, teleras, molletes o regañás forman parte del repertorio local. Para quien quiera profundizar en ese pasado, la antigua Harinera del Guadaíra alberga el Centro de Interpretación de la Industria Panadera y la oficina de turismo: una parada que ayuda a conectar lo que hemos visto junto al río con lo que después encontramos en las panaderías.
La cocina local también presume de gazpacho, pescaíto frito, espinacas, migas o cocido con pringá. Y merece la pena dejar espacio para la repostería, especialmente las tortas de Alcalá y las bizcotelas rellenas. La visita puede terminar en una confitería, eligiendo qué llevarse para casa. Después del castillo y de los molinos, una degustación de dulces y carbohidratos es una forma de diez de coronar la escapada.
Foto de portada | @robertolealg y Diputación de Sevilla
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