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Oído en la oficina: «¿De quién es esta tensión sexual que está encima de la fotocopiadora?»

Oído en la oficina: «¿De quién es esta tensión sexual que está encima de la fotocopiadora?»
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Cupido está muy loco y ahora sus flechas con esto de la revolución tecnosexual son como drones repartidores de amor (ahora las modernas y las señoras que salen a andar después de comer y antes de la telenovela lo llaman «ilusión»). Estas flechas autónomas (ay, pobres) voladoras te dejan caer el recado con el paquete (nunca mejor dicho) en cualquier sitio, incluso en la oficina. A veces, con forma de amor verdadero, infinito e indoloro, otras veces como un calentón instantáneo indisoluble en frío, pero sin duda el formato estrella es el de «tensión sexual cansinamente no resuelta».

En Trendencias preferimos no mojarnos para no influir posibles historias work in progress. Pero, sinceramente y con la mano entre el cuello y el pecho: tú verás lo que haces.

Tu oficina se parece más al Grand Prix que a Mad Men.

Enamorarse en la oficina es como si una parte de tu vida estuviese dirigida por un agotado y estreñido Tim Burton. Son días oscuros en los que, sin embargo, todo te parece una locura escalofriantemente cuqui. El hecho de llegar (casi) puntual cada mañana a la oficina y dar los buenos días sin ni siquiera haberte tomado el primer café, ya me parece bastante destacable como para encima añadirle microinfartos y sudoración así tan gratuitamente. Además, no hay suficientes estímulos en el mundo (mundo=internet) como para agregar miraditas e insinuaciones varias (en mi caso, mal hechas).

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Solo recuerdo haber sentido picapica en el corazón (por dios, ¿qué me está pasando? ¿qué invento es este?) en mi primer trabajo. Yo era cajera de un supermercado y él era reponedor. Me ponía tan nerviosa cuando le veía que si él me decía «buenos días» yo le contestaba con un «su cambio, gracias». Una vez me puse tan roja que una señora me dijo «si tienes ganas de hacer pis, yo puedo esperar, no tengo prisa». Me ponía malísima. El reponedor, no la señora del pis. Esa forma de colocar botes, de alinear cartones de leche y de amontonar con cero cariño paquetes de arroz bomba me parecía arte. Un día me invitó a merendar horchata con fartons y aquello para mí ya contó como hacer el amor. Me da igual lo que digáis.

¿Por qué idealizamos tanto los affaires en la oficina?

Hemos visto demasiadas películas y demasiadas fotografías de banco de imágenes en las que una señorita con el pelo recogido, gafas de pasta, camisa blanca, falda de tubo azul marino y labios rojos le pone sobre la mesa a su compañero el tema. El tema tratado en la reunión, se entiende. Aparentemente son las ocho y media de la tarde de un día caluroso de julio. Pero qué sabrán ellos de calor si están con el aire acondicionado a 22 grados. Ninguno suda. Insensibles. Ella le mira fijamente a los ojos manteniendo un dedo sobre el montón de papeles que posiblemente serán hojas en sucio para triturar. Qué más da. Ella se inclina hacia él y le dice que le va a dar lo suyo y lo de su prima. Acto seguido, se saca dos bloques de tickets restaurante, uno para él y otro para su prima, la de administración. Él dice que no sabe cómo darle las gracias pero que se le ha ocurrido una cosa muy guarra. Se levanta de la silla y le pide que le siga. Llegan a la cocina, están solos y él se saca el premio. Ella le mira ardiente de deseo el paquete. Toma, para ti, le dice él. Me muero de hambre, dice ella. Y así es como terminan merendando un paquete de Risketos los muy losers que siguen trabajando por la tarde teniendo jornada intensiva.

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Ahora en serio. Si sientes especial atracción hacia algún compañero o compañera de trabajo, déjate llevar y díselo. Pero díselo con Risketos.

En Trendencias|Cuidado, tu futuro jefe está mirando lo que haces en las redes

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