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Sin miedo a volar: cuando toca un cambio de talla
Psicología

Sin miedo a volar: cuando toca un cambio de talla

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Ayer, cuando me vestía, mi hija entró en mi habitación y me dijo: “ Estás gordita”. Yo, que gracias a Dios, miraba hacia otro lado, mantuve el tipo y la calma, mientras con voz sosegada y altiva, contesté: “Pues para que lo sepas, tu madre tiene una talla 40”. Entonces, tras un silencio tenso, en el que sentí su mirada clavada en mi espalda, oí sus pasos replegarse hacia la puerta y abandonar la sala.

En ese instante, aún enajenada por lo acontecido, no pude evitar sentirme avergonzada, por la confusión mental que, sin duda, le he creado para el resto de su vida. Probablemente, mi hija, por mi culpa, sea una de esas mujeres, que el día de mañana vaya por la vida embutida como una "butifarra" en una talla inferior a la suya, en la creencia de que sentirse oprimida e inmovilizada hasta la médula es lo correcto. Aún con eso, no fui capaz de llamarla para aclarar el concepto.

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Muchas mujeres nos empeñamos en mantener una etiqueta

Hoy, pasadas 24 horas, me pregunto cómo he podido llegar hasta aquí. Yo, que siempre he distinguido con claridad meridiana la diferencia entre tener una talla y meterse en una talla. Esto último, una práctica muy habitual en el género femenino, que demuestra un claro autoengaño, un engaño a terceros, o en el mejor de los casos una ausencia de pensamiento o reflexión al respecto, debida a la inercia de la rutina diaria.

Una disculpa, ésta última, algo discutible porque hay pocas cosas que creen mayor pesadumbre y despierten más a la cruda realidad que enfrentarse a una subida de pantalones matinal, o al intento fallido de prender el botón de la cinturilla.

No sé si os habéis fijado, pero vestir por debajo de la talla ofrece el efecto contrario al que tanto se anhela. Una prenda pequeña comprime la carne al punto de amordazar y provocar "michelines" donde ni siquiera existen. Si embargo, un tropel de mujeres nos empeñamos en mantener una etiqueta a la que deberíamos haber sabido renunciar en el mejor de los casos hace algunos años. Ni que decir tiene el caso de las se compran una talla más pequeña todavía, en la esperanza de que un día podrán meterse en la prenda codiciada... ¿Alguien puede tirar la primera piedra? Yo, no.

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Una decisión

Analizando las ventajas de cambiar a mi nueva talla, he llegado a la conclusión de que la ropa holgada me hará sentir más delgada, me liberará física y psicológicamente, y “a la postre” es más elegante.

En su contra, pienso que deberé estar alerta, porque tan repentina relajación puede desembocar en una carrera desbocada hacía nuevas tallas. Ahí está la clave.

En definitiva, ¿es mejor aferrarse, o dar un salto al vacío y volar libre de las ataduras que impone un número? Como en todo, en el término medio está la virtud. Acepto el cambio porque no quiero convertirme en lo que nunca me gustó, y desde un punto de vista objetivo, aumentar la talla es normal y necesario a lo largo de la vida. Al fin y al cabo, puede que fuese más preocupante no hacerlo.

Creo que esta noche voy a despojarme de lo que quiero ser para ver lo que soy; después hablaré con mi hija y le diré que me equivoqué, que tengo una talla 42.

Imágenes | Pixabay.com

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