Mi madre, mi sobrina y yo vemos el feminismo de forma distinta, pero eso no significa que no luchemos juntas
Tengo casi 40 años y no tengo la vida que soñé que tendría. No estoy casada y no tengo hijos. Vivo sola y mis aspiraciones han cambiado mucho a lo largo de los años. Crecí influenciada por la tercera ola del feminismo. La mujer se incorporaba al mercado laboral y la figura de la girlboss crecía ante mis ojos. Pero esa realidad, la mía, no es la de mi madre. Ni será la de mi sobrina. Tres generaciones diferentes que viven tres feminismos diferentes, porque este movimiento, como tantos otros, no es algo estático y cambia según nuestro contexto histórico y nuestras experiencias.
Mi madre va a cumplir 75 años y ha sido ama de casa toda su vida. Aunque volvió a trabajar fuera cuando yo era pequeña, su vida se dedicó a cuidar de sus tres hijos, sus padres y su marido. Isi creció en un pueblo, se mudó a Madrid y cuando se casó, dejó de trabajar como muchas otras mujeres de su generación. No fue a la universidad ni persiguió su vocación. En su época no se podía hacer sin dinero y ella viene de una familia humilde, así que se dedicó a hacer lo que le enseñaron a hacer por ser mujer: cuidar. Su trabajo siempre fue cuidar a otros, de una forma invisible y oculta para la sociedad. Vivió el franquismo, la transición, la segunda oleada del feminismo y a lo largo de los años se ha vuelto cada vez más feminista.
Mi sobrina, de 21 años, estudia en la universidad algo que le apasiona. Está persiguiendo sus sueños a la misma edad en que mi madre ya estaba cociendo a mi padre. Julia viaja con sus amigas, va a conciertos, se divierte y vive la vida a la que otras generaciones, como la de mi madre, no pudieron aspirar. Evidentemente se enfrenta a la precariedad laboral, la liquidez de las relaciones y el problema de la vivienda, pero su situación como mujer es muy diferente a la que vivieron otras en el pasado.
Feministas, pero con una visión diferente del feminismo
Las tres nos consideramos feministas, pero el feminismo no es lo mismo para las tres. Para Julia, el feminismo es una lucha mucho más antigua que ella misma pero sabe que sigue siendo necesaria porque “el objetivo es que los derechos de las mujeres sean iguales que los hombres y es algo que no está pasando todavía”. Para Isi se ha avanzado mucho pero “no tanto como hubiera deseado”. Por mi parte tengo claro que es una lucha viva y activa porque seguimos peleando contra un sistema que nos oprime y está cargado de micromachismos. Pero es diferente a la que vivió mi madre.
En la juventud de mi madre se luchaba por ser más libres con algo tan simple como “poder abrir una cuenta nosotras solas”, nos explica. Ahora, según Julia, aunque “cada generación feminista tiene unos objetivos u otros, seguimos compartiendo algunos en común, como que se acabe la violencia de género, el acoso sexual o que tengamos igualdad en salarios”. La diferencia quizá es algo que apunta la generación más joven: el feminismo se ha ramificado a lo largo del tiempo. Para Isi, aunque llevamos “buen camino”, todavía nos queda mucho. “Me da la sensación de que la generación más joven ha bajado un poco los brazos”. Julia asiente, señalando que el auge de la ultraderecha puede estar detrás, aunque también se suma el hecho de que feminismo y política se hayan ligado.
“Conozco a mucha gente que comparte valores feministas y que piensan que, efectivamente, los hombres y las mujeres deberían tener los mismos derechos y deberes. Su comportamiento es feminista pero nunca se identificarían como feministas porque ya no solo es una etiqueta de lucha social, sino que además es una etiqueta política”, analiza mi sobrina. Ser feminista, para su generación, es una etiqueta que no quieren ponerse. No es una percepción sino una realidad. Más de la mitad de los hombres de entre 15 y 29 años ven el feminismo como “una herramienta de manipulación política”, según el barómetro de Fad Juventud.
Para mi madre, en su época, ser feminista era estar en el punto de mira. Para la mía, ser feminista es lo normal. Para la de mi sobrina, es algo que ha perdido fuerza. Y no es porque la generación Z lo haya tenido más difícil o más fácil. Ella nos explica que a sus 21 años, estudia una carrera en la que el 95% somos mujeres. “Podría sacarme el carnet de conducir, puedo abrirme una cuenta bancaria, puedo ponerme a trabajar sin permiso de absolutamente nadie. He ido a manifestaciones y no me han pegado por estar en una manifestación feminista”. En cambio mi madre asegura que ir a una manifestación en su época era un riesgo físico porque “iba en contra de lo que se decía que tenía que ser”. Julia continúa “a pesar de que, por ejemplo, en los campos de ciencias hay muy pocas mujeres, aún así podría meterme. Podría ser ingeniera, podría ser médico, podría ser astronauta. ¿Me va a costar más que un hombre? Sí, pero no por falta de talento, sino porque se las discrimina”, asegura.
El futuro del feminismo según tres generaciones
Según mi madre, falta mucho que cambiar todavía. “Por ejemplo, que las mujeres cobren menos que los hombres o que nosotras nos ocupemos de todo y ellos de nada. La conciliación en casa. Es dificilísimo conciliar y tener hijos. Y ahora lo tenéis muy difícil porque antes muchas de las mujeres no trabajábamos”. Para mi sobrina, la violencia machista que a 26 de febrero ya se había cobrado la vida de 10 mujeres es lo primero de la lista en lo que debemos centrarnos, pero no lo único. También el acoso sexual que “sigue siendo uno de los grandes delitos de nuestro país. Y eso solo es el pico del iceberg. También nos siguen pagando menos que a los hombres, nos siguen diciendo cosas por la calle, nos siguen haciendo mansplaining…”.
Pero que quede aún mucho por cambiar, no significa que no hayamos avanzado. De las generaciones como la de mi madre, Julia admira su valor. “Dentro de que es poco popular ser feminista, no te matan por ser feminista. Las sufragistas, saliendo a la calle para pedir algo tan básico como el voto, corrían el riesgo de ser encarceladas. O les podían pegar un tiro como vemos en el monumento a las trece rosas. Son mujeres que murieron por el movimiento” y añade que eso le parece valiente, “protestar por mis derechos y por los de otras personas, incluso si voy a sufrir consecuencias al respecto”. Esa valentía, esa falta de miedo, es algo que mi madre también admira de nosotras.
El feminismo ha cambiado a lo largo de los años y lo vemos de una forma diferente según nuestras generaciones, pero personalmente me alegro de poder compartir la lucha con mujeres que entienden y comparten que el movimiento es necesario. Aunque a veces nos cansemos, aunque sea difícil, aunque no vaya tan rápido como nos gustaría. Rodearnos de personas con diferentes perspectivas es enriquecedor, pero caminar al lado de alguien a quien admiras y te admira, lo es aún más. Y en el feminismo, mejor juntas que solas porque unidas podemos conseguir mucho más y que el futuro de las mujeres es como soñamos mi madre, mi sobrina y yo: igualitario independientemente de tu género.
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