Las cosas que nunca valoré de mi madre y ahora que tengo edad me alucinan

Que sin las madres no estaríamos donde estamos hoy es una redundancia. Pero es que la mía ha hecho mucho más que llevarme dentro nueve meses y darme a luz en mitad de una ola de calor. Me encanta la persona que soy hoy y eso se lo debo a ella. Una deuda imposible de pagar, pero que ayuda a hacer un balance de todos esos gestos que en su día pasaron desapercibidos. Unos sencillos, otros enormes y hasta algunos que me hicieron gritar y encerrarme en mi habitación. Estas son las cosas que no valoré cuando debía, porque más vale tarde que nunca.

Que viniera a recogerme al colegio

Cuando era pequeña daba por sentado que al salir de inglés allí estaría mamá, con la botella de Nesquick en la mano. Porque se tomaba la molestia de pedir la jornada intensiva para salir antes, pasar por casa a hacer la merienda y recorrerse la línea 5 para estar puntual. Y yo a mis 30 años aún lucho por sacar 10 minutos para poder pasear al perro y comer algo que no esté pre-cocinado, porque no tengo tiempo ni de hacer la cama. ¿Porque no heredé yo ese superpoder?

Que empezara su carrera a los 40 años

Mi madre fue una de esas millones de mujeres que se quedan en casa con sus hijas y posponen su vida laboral. En su caso, se dedicaba a transcribir a máquina tesis doctorales para contribuir económicamente en casa. Pero cuando mi hermana y yo empezamos a ir al colegio y ya no necesitábamos tantísima atención, mi madre se lanzó a la aventura de buscar trabajo. Con cero experiencia laboral y una Licenciatura en Historia, eso parecía misión imposible. Y lo encontró en una ONG, de la que terminó siendo Directora de Comunicación. Moraleja: dice mi madre que todo es posible si estás dispuesta a currar por ello. 

Que ignorara mis súplicas en el campamento

Yo fui una de esas niñas que en la granja escuela lloraba para que sus padres vengan a recogerla. Porque siempre he sido un poco dramática, no en vano en mi casa era conocida como "Pepita grititos". Así que llamé y llamé por teléfono. Y en el día de visita hasta me abrazaba a su pierna y me dejaba arrastrar por el campo para que me metiera con ella al coche. Y ella decía: "no, te quedas aquí y no se hable más". Yo pensaba que era una crueldad, que me abandonaba (DRAMA en mayúsculas). Pero lo que hacía era enseñarme a ser independiente y más capaz. A no ser una niña de mamá.

Que tuviera conmigo la "charla sobre sexo" 

Es uno de los recuerdos más horribles y vergonzosos que tengo con mi madre, para que engañarnos. Y llegó demasiado pronto, cuando aún llevaba dos coletas y camisetas de Pitufina. Trauma infantil diréis. Pero fue breve, concisa y clara: haz lo que quieras, pero con protección. No hablé de ello a nadie durante muchos meses. Pero con el paso del tiempo aprendí a reírme de ello, a entender lo difícil que tuvo que ser para ella y a valorar el esfuerzo que hizo. Porque si yo quería desaparecer, ella más. 

Que ser positivo es mejor que cualquier ibuprofeno

Mis padres fueron trasplantados del hígado. Los dos en un mismo año. Los médicos dicen que hay más posibilidades de que te toque la lotería que de que ocurra algo así, pero yo aún no soy millonaria. Muchos pensarán que debió ser una etapa durísima, pero yo no la recuerdo así. Al revés, recuerdo a mi madre con la sonrisa de oreja a oreja en su cama de hospital, comiendo como si fuera el último trozo de pan de la historia y disfrutando de las visitas. 

Ni una queja, ni un dolor, ni un miedo. Todo salió bien y su positivismo jugó un papel esencial en ello. Algo que no hace falta reservar para situaciones graves: ser positiva cada día, en el trabajo, en el amor, en los momentos malos. Es una actitud de la vida que yo descubrí gracias a ella. 

Que bailara rock and roll

Cuando somos niños olvidamos que las madres son algo más que madres. Que también son personas con inquietudes. Y yo me di cuenta el primer Fin de Año que mi madre se arrancó a bailar copa de champán en mano. Sus simulacros de piruetas a lo Saturday Night Live dejaban mucho que desear, pero a mis 13 años me hizo darme cuenta de que había una mujer divertida y con ganas de marcha con sus amigas y no con su hija. Y está bien, porque en pleno brote adolescente mis ganas de estar con amigas y marcha no hacían más que empezar, haciendo que me sintiera más reflejada en ella. 

Que me obligara a quitarme el piercing de la lengua

Mamá, en su momento, cuando sacaste los alicates y me arrancaste el pendiente, me caíste fatal. Pero visto con perspectiva, GRACIAS.

Que me empoderaba sin yo saberlo

La primera vez que un chico me rompió el corazón busque consuelo en mi madre. Y me sorprendió ver que en vez de consolarme y decirme que habría más peces en el mar, me dijo: "eres maravillosa y no está a tu altura. Ese tío es un hijo de **." ¿Le había insultado? Mi madre que jamás decía un taco. Solo me quedé con la última parte de la frase, pero a medida que las rupturas amorosas se acumulaban empecé a escuchar también la primera parte. Amor del duro que dicen. 

Y hasta aquí mi carta de amor a mi madre. La mujer de mi vida, la persona con la que más he discutido, gritado y pataleado. La que me quitó la paga por usarla para ponerme un piercing, pero también trajo a casa mi primer perro. Una relación de sube y bajas en la que nos hemos tirado de los pelos y hemos hecho cosas maravillosas juntas. A ver si la próxima vez no necesito que sea el Día de la Madre para valorarlas mejor.  

Fotos | Unsplash

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