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A veces te mandaría muy lejos... pero amigo, no puedo vivir sin ti y sin tus estupideces

A veces te mandaría muy lejos... pero amigo, no puedo vivir sin ti y sin tus estupideces
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Madurar es dejar de dividir a los amigos en “los mejores” y “los buenos”. Mi madre asegura que si tienes a tanta gente de confianza, es que no eres lo suficientemente madura: “Con los años notarás que el tiempo se acaba y querrás aprovecharlo para estar con los amigos de verdad.”

Llega una edad en la que ya sabes distinguir los amigos de los que no lo son. Hay un mito muy extendido de que un auténtico amigo es el que está contigo en las malas. Nada más lejos de la realidad. En las malas estamos todos: sea de una manera o de la otra. Apoyar no sólo es parte de ser humano, sino también un gesto fácil y agradecido. Hagas por la razón que lo hagas, sólo puede aportarte una experiencia buena. Las personas somos tan extremadamente egocéntricas que cualquier gesto que hagamos por los demás, nos hace sentirnos bien y jamás se lo negaríamos. “Con todo lo que he hecho por ti” es un arma que siempre está en el bolsillo. Y bien cargada, además. Nada de ruletas rusas.

Según mi experiencia, un amigo de verdad es aquel que, a pesar de tenerlo todo en su contra o de estar viviendo una auténtica pesadilla personal, es capaz de alegrarse por ti porque te están pasando cosas buenas. Ese sí es un amigo.

Los amigos son la familia a la que sí has podido escoger. Son el reflejo de tus valores, de tu forma de ver la vida. Son lo mejor que hay en este mundo: eres su elección y tú eres la de ellos.

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Y muchos de ellos son imbéciles: algunos más y otros menos. Porque todos lo somos. Pero los queremos. Mucho. A pesar de sus idioteces o momentos pesados.

A mis imbéciles los quiero con todo mi alma: por cada momento vivido, por cada carcajada escondida, por cada lágrima derramada, por cada complot y cada secreto. Los quiero por sus abrazos y su amor incondicional, por sus noches sin dormir y por nuestras borracheras memorables. Los quiero por decirme lo que no quiero oír y por escucharme mientras digo lo que no tendría que decir. Los quiero por todo esto y por todo aquello. Y sobre todo por lo imbéciles que son.

Te quiero a ti, amiga que siempre se olvida de mí cuando se echa novio, porque a pesar de estar viviendo tu décima historia de amor irrepetible este año, sé que con una sola llamada estarás aquí. Eres un poco imbécil, pero te quiero.

Te quiero a ti, amigo que vive en un mundo de yuppi y lo ve todo tan positivo que a veces me entran ganas de meterte mostaza en el café para que bajes al planeta Tierra. Te quiero porque sé que tu mundo “flower power” te hace tan increíblemente bonito. Eres un poco imbécil, pero te quiero.

Te quiero a ti, amiga que siempre se enamora de los gilipollas y acaba llorando en mi casa, a pesar de todo lo que habíamos hablado la vez anterior. Te quiero porque sé que esto te hace más humana y más empática. Eres un poco imbécil, pero te quiero.

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Te quiero a ti, amiga que siempre tiene prisa y se olvida de las fechas importantes y de las cosas que promete entre una copa y otra. Te quiero porque sé que me haces ver que esas fechas no son tan importantes como nos quieren hacer creer. Lo importante es aquella promesa que nos hicimos cuando éramos niñas, la de estar ahí siempre. Y esa la cumples. Eres un poco imbécil, pero te quiero.

Te quiero a ti, amiga que nos abandonó siendo muy joven y nos dejó un poco más vacíos. Te quiero porque sé que hasta entonces habías vivido la vida que querías y eso no lo hace cualquiera: somos demasiado cobardes, tanto para vivir plenamente como para decidir que no queremos continuar haciéndolo. No se puede hablar mal de los muertos, pero para mí sigues aquí, y es por eso por lo que puedo decirte: eres un poco imbécil, pero te quiero.

Y, probablemente, soy mucho más imbécil que todos ellos. Pero tengo su amor, su auténtico amor, sin “peros” y sin dudas. Y si lo tengo, es que algo habré hecho bien en esta vida.

Soy un poco imbécil, pero me quieren. ¿Qué hay más importante que esto?

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