Mirando al futuro con Lipovetsky, uno de los grandes filósofos de hoy: "Parece que todos los problemas de la humanidad se reduzcan al Covid y esto es algo insoportable. la vida sigue"

Mirando al futuro con Lipovetsky, uno de los grandes filósofos de hoy: "Parece que todos los problemas de la humanidad se reduzcan al Covid y esto es algo insoportable. la vida sigue"
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Gilles Lipovetsky (Millau, 1944) es uno de los pensadores más importantes de nuestros tiempos. Leer sus libros es salirse de uno mismo y mirar a la sociedad desde lo más lejano, desde lo más alto, vernos pequeñitos y encontrar respuestas, pero sobre todo preguntas nunca hechas. Él, junto a otros importantes actores en distintas disciplinas, protagoniza el documental de Ikea "Rediseñando el mañana" (dirigido por el cineasta vasco Pedro Aguilera). El film se plantea las grandes soluciones de futuro para la sostenibilidad del mundo. Gracias a este documental, que es un gran punto y seguido para la marca de muebles más conocida del mundo, nos encontramos con este filósofo del que recomendamos leer todo lo que se pueda para reconocernos y desvelarnos.

Ikeayelmanana

Los que conocemos a Ikea más allá del catálogo (D.E.P.), sabemos que lleva años preocupándose por el futuro. La alimentación sostenible para un mundo superpoblado, la soledad en una sociedad que vive en grandes ciudades, la energía para un planeta súper explotado... En Ikea trabajan siempre, incluso con distintas empresas externas para tratar de mejorar su producto, que lo compremos y consumamos, pero también su forma de hacer las cosas y el futuro de todos. Se saben un actor importante en el cambio hacia delante. Por eso, no es de extrañar este documental que mira a distintas disciplinas y habla con los expertos que las dominan y puede estar en la mente de empresarios y consumidores por mucho tiempo. Hasta que consigamos dar ese paso atrás que el planeta necesita.

Vicente Guallart, arquitecto español experto en interacción entre naturaleza y tecnología; Stephanie Chaltiel, arquitecta francesa, fundadora del estudio de arquitectura MuDD architects; Mar Romera, maestra, licenciada en pedagogía y psicopedagogía; Cyrill Gutsch, CEO de Parley for the Oceans; Juhani Pallasmaa, arquitecto y exdirector del Museo de Arquitectura Finlandés, Javier Goyeneche, CEO de Ecoalf y Jeannette Skjelmose, Subdirectora de Desarrollo de Producto de IKEA. Y Gilles Lipovetsky , filósofo y sociólogo.

Lipovetsky es el experto elegido para hablar del consumismo, del ser humano, de la sociedad y del pensamiento de esta. El autor de Los tiempos Hipermodernos (Anagrama) ofrece su visión extraordinaria sobre cómo salvarnos de nosotros mismos. Así ve el mundo Lipovetsky en tiempos del Covid:

En su última visita a España usted decía: “No vamos a dejar de comer carne, ni de comprar un coche por la sostenibilidad.” Sin embargo, ¿Algo ha cambiado desde entonces? ¿El Covid es un aviso y nos va a cambiar? ¿Seremos más sostenibles?

Gilles Lipotevsky: Efectivamente, la cuestión de la sostenibilidad va a cobrar una importancia creciente, pero no creo que el tema del Covid sea determinante. Pienso que las cuestiones como el calentamiento global, la pérdida de biodiversidad o la contaminación son problemas que preexisten a la pandemia. Es decir, la pandemia afecta a la seguridad sanitaria de la gente, pero las cuestiones de desarrollo sostenible son ineludibles. La pandemia sólo viene a sumarse a esto, no es un factor crucial.

En cuanto al progreso tecnológico, en el documental sobre el futuro que ha realizado IKEA, sostiene que no cree que haya que desacelerar la industria y la tecnología, sino que hay que dar un gran salto, un gran acelerón. ¿Cómo damos ese salto? ¿Es posible?

Si creemos que el cambio de comportamientos individuales será el que permita dar una solución al calentamiento global, nos estamos engañando. Es algo que está bien, pero está muy por debajo de lo que es necesario hacer. La crisis ecológica requiere la movilización de todos los actores de la vida social. No por el hecho de comer menos carne o de movernos en bicicleta por la ciudad, se van a resolver todos los problemas. Eso es una ilusión que agrada al consumidor porque piensa que tiene poder, pero no es así. A nivel individual estoy muy de acuerdo con tender a reducir el consumo, utilizar el transporte público en vez de el coche privado… Son cosas que van por buen camino, desde luego, pero no son suficientes.

¿Quién o quiénes tienen que hacer posible este cambio?

Se tienen que movilizar tres grandes instancias. En primer lugar, los organismos de investigación. No hay soluciones sin una inversión importante en ciencia y en laboratorios. Tomemos el ejemplo de las fuentes de energía sostenibles, limpias, renovables: si hoy tenemos una energía verde, no es porque la gente se haya puesto a leer a la luz de un candil. Desde luego se pueden hacer críticas a la tecnociencia, pero no puede haber solución sin ese desarrollo y ese progreso tecnológico. Por ejemplo, todo lo que son las tecnologías virtuales que tenemos ahora, la nube, una videoconferencia como esta que estamos celebrando ahora mismo, que evita un vuelo en avión… Gracias a estas tecnologías podemos ahorrar energía.

La segunda instancia fundamental para dar una respuesta son los estados; el papel de los estados será fundamental en la financiación: han de aportar capitales capaces de transformar las infraestructuras y de conseguir un desarrollo tecnológico para hacer posible una transición energética. También ha de aportar la legislación que desempeñará un papel muy importante porque se pueden aprobar leyes fiscales que por ejemplo graven más a vehículos muy contaminantes como pueden ser los todoterrenos, o leyes que prohíban circular por determinadas zonas de las ciudades. El mercado no lo va a regular todo por sí solo, es necesaria la intervención de los poderes públicos, y, sobre todo, el compromiso de los poderes públicos. Vivimos en una época que pide un papel diferente por parte de los Estados; no me refiero a los intentos que hubo en el pasado de economía administrada o planificada, no se trata de volver a esa tentativa de comunismo.

La tercera instancia son precisamente las empresas privadas. Creo que asistimos cada vez más a compromisos por parte de las empresas que quieren mostrar su voluntad de ir por el buen camino, con medidas de ahorro de energía, ahorro de materias primas, de respeto del medio ambiente, de reducción de las emisiones de CO2. Yo no soy en absoluto un fanático del estadismo y creo que a las empresas, en la actualidad, les interesa seguir este camino porque proyectan una buena imagen.

En los tiempos hipermodernos del consumo, queremos productos lowcost, pero luego nos quejamos si se paga poco al que trabaja en esa empresa, o si las condiciones de trabajo son en países subdesarrollados y son malas. ¿Por qué esta dualidad? ¿No nos damos cuenta de que esto es imposible?

La respuesta es sí y no a la vez. Cuando se toma consciencia de los problemas medioambientales, cambian los comportamientos de los consumidores. Esto se percibe mucho, por ejemplo, en la alimentación, donde cada vez tienen más éxito los productos biológicos o de proximidad, para evitar los gastos de transporte. El problema es que son más caros, con lo cual, los consumidores se ven atrapados en una contradicción; o bien compran productos más ecológicos pero más caros, o bien compran menos productos para ahorrar y poder seguir consumiendo en el futuro. Es la contradicción de nuestra época, y es el motivo por el cual tampoco podemos esperar mucho de los consumidores. Por supuesto que hay consumidores éticos, pero la gran mayoría de ellos son utilitaristas, es decir, que lo que tienen presente es su presupuesto y su bienestar, y las cuestiones de moral llegan bastante después. No es que yo me quiera poner a dar lecciones de moral, ni mucho menos; creo que las cosas van a cambiar, pero que los consumidores no se van a convertir, de la noche a la mañana, en caballeros andantes en defensa del medioambiente.

En su libro De la ligereza (Anagrama 2016), que se adelantó mucho a nuestros tiempos y que, después, ha ido a más. Usted habla del "más rápido, más deporte, más self-media, más redes sociales", que nos afianzan en nuestras ideas, y menos autocrítica. ¿Cree que hay una burbuja que tiene que estallar? ¿Hemos llegado a lo alto de la curva y la vamos a doblegar?

La verdad es que no lo sé. No soy profeta ni me dedico a la ciencia ficción, pero sí que observo las tendencias de nuestro mundo, y lo que usted dice es totalmente cierto. Esas son todas las paradojas que acompañan al fenómeno de la virtualización, y la crisis del Covid nos lo ha hecho ver muy claramente. ¿Quién sale ganando? Salen ganando las grandes empresas del mundo virtual, es decir, dejamos de ir al cine pero vemos películas en Netflix. En este sentido, la ligereza es total; la virtualización, la desmaterialización, es total, pero esa misma ligereza crea una pesadez, porque ahora mismo a raíz de la pandemia, del Covid, todo se ha vuelto ligero, todo ocurre a través de la pantalla, nada es material. Al mismo tiempo eso es insoportable, esa pérdida de contacto es horrorosa, es pesada.

Mientras estamos ensimismados con nosotros mismos, o inmersos en las redes sociales, ¿quién va a pensar? ¿quién va a solucionar los problemas?

Ya he señalado el sentido en el que tendrían que evolucionar las sociedades, y creo que lo están haciendo, pero quizás no lo están haciendo suficientemente rápido. Esto me devuelve un poco a su pregunta anterior, o sea, sabemos que el desastre es posible; sabemos que si la temperatura global aumenta más de dos grados, el final de este siglo será una pesadilla para cientos de millones de personas, sabemos que tenemos que reaccionar y necesitamos realmente una voluntad de actuar. Pero vuelvo al sentido de su pregunta, que me interesa mucho. Con respecto a la pandemia, parece que toda reflexión teórica haya cesado súbitamente, parece que sólo sea cuestión del virus, del número de muertos, de las camas de hospital, de las variantes del virus, y que todos los problemas de la humanidad se reduzcan a esto, se reduzcan al Covid y esto es algo insoportable. Yo creo que todas estas cuestiones, de la vida, de la muerte, de la seguridad; son importantes, pero la vida continúa, la búsqueda de la felicidad, la cultura, la creación... Todo eso es importante, todo eso sigue ahí, y la humanidad, desde hace milenios, se ha enfrentado a situaciones terribles, y la reflexión ha continuado, mientras que ahora mismo parece que tengamos el encefalograma plano.

Ikea Redisenando El Manana Documental

Me parece triste, me parece muy triste, porque ya solamente se habla del virus, de la vacuna, y, esto, de lo que da fe, es de que vivimos en una sociedad obsesionada con la seguridad y obsesionada con el bienestar, que ha dejado a un lado toda riqueza de la cultura, del arte, del pensamiento, y es algo que no me gusta nada. Evidentemente todo esto está expresando cosas profundas, está expresando una transformación de nuestra cultura, pero en el siglo XX se vivieron dos guerras mundiales espantosas, se vivieron persecuciones, y sin embargo seguía habiendo una vida cultural con muchísimo relieve, mientras que hoy, en los medios solamente aparecen profesores, médicos de hospitales, etc. Es decir, sólo se habla de la supervivencia; parece que sea la única cuestión. Claramente es una cuestión importante, pero también tenemos que reflexionar un poco sobre el sentido de nuestra obsesión contemporánea por protegernos de todo, por tener miedo de todo. La búsqueda de la supervivencia, de la salud, son la preocupación prioritaria, cosa que es normal, pero si esto sofoca cualquier otra preocupación, tendremos vida, sí; pero esa vida no tiene sabor.

Sobre la educación y el futuro ¿Qué cree usted que tenemos que cambiar para que nuestros hijos se preocupen por el pensamiento?

Sí, es una pregunta legítima que nos tenemos que plantear. Tenemos que replantearnos la enseñanza pública, la enseñanza nacional, la escuela, tenemos que replantearnos los currículos, y lo tenemos que hacer centrándonos en dos cosas; la primera de ellas es dejar de ocultar o desvalorizar las humanidades, la cultura general, porque ahora mismo vivimos en un momento en el que tenemos muchísima información, con Internet, etc. Demasiada información. Pero nos faltan las referencias, la capacidad de tomar perspectiva sobre las cosas. Para hacer eso hace falta una formación en la racionalidad y en la cultura, y no limitarnos a una enseñanza profesional y tecnicista.

El segundo aspecto es que hay que devolver sus credenciales y reconocer la importancia de la educación artística. Con ello no me refiero a dar clases de Historia del arte; me refiero a dar una formación práctica artística: prácticas de canto, tocar un instrumento musical, vídeo, foto, pintura, teatro… Prácticas que te lleven a amar la disciplina, que no se limiten a hacer un ejercicio mental. A los niños, si les das la oportunidad de cantar o de pintar, les encanta, y si formas a los niños con herramientas para reforzar esas prácticas, toda su vida van a tener ese recurso, que es un recurso de felicidad y de desarrollo personal. Yo creo que  esta educación, esta formación en las prácticas artísticas sería el mejor contrapeso para Netflix. No se trata de imponer más impuestos, sino de formar a las personas en el amor por la lectura, por tocar un instrumento, por hacer fotos… Por hacer cosas personales. Para mí esa sería la mejor manera de combatir el consumismo.

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