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Gupísima, como siempre, y con una enorme sonrisa que le iluminaba la cara, volvía a los actos públicos Michelle Williams, tras su período de luto por la muerte de su ex novio, y padre de su hija, Heath Ledger. Eso de que la película que presentaba se titule Adoración, debía ser premonitorio, porque por esta chica no se puede sentir otra cosa más que esa.
Y es que quién le iba a decir a ella, esa adolescente rebelde de Dawson Crece, Jennifer Lindley, de físico profundamente americano y rasgos más bien de cheerleader, que no acabaría siendo una rubia más entre la multitud, sino una actriz reconocida que ganaría varios premios y estaría nominada a los Oscar. Y es que cuando uno empieza a despuntar en una serie de televisión, y con un personaje de chica mala y castigadora, parece que se va a encasillar, pero Michelle, ha sabido encaucar su carrera profesional con mucho tacto y cautela, y me da la impresión de que ha rechazado muchos papeles en películas de serie B para hacerse un hueco entre las grandes.
Es discreta, nada dada a salir en prensa rosa ni dejarse ver demasiado, vive en Brooklin, lejos de focos y estrenos, pero tiene un carisma muy especial que hace que todo el mundo se fije en ella, a todos nos recordó en su momento a una jovencísima Mia Farrow cuando se cortó el pelo, y aunque no sea una habitual en fiestas y festejos varios, cada vez que sale de casa, es un acontecimiento. Siempre va impecablemente perfecta. Y todo se lo debe a su inconfundible estilo personal, y es que sin ser esclava de las tendencias, despunta.
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