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En Trendencias solemos escribir reseñas: Desfile de Tal Diseñador, Nuevo Complemento de Tal Marca, etcétera. Son notas impersonales que resultan informativas y, por lo tanto, útiles a los lectores que llegáis al blog en busca de moda y de tendencias. Sin embargo, la experiencia me ha enseñado que no todos esperáis esta frialdad en los posts, sino que agradecéis los relatos más personales, como en el caso de las zapatillas Munich. Pues bien, he aquí una historia más, que irá (básicamente) sobre joyas.
El post sobre las zapatillas Munich quizás os dio la pista para saber que vivo en Barcelona. Esto era cierto hasta hace unas semanas. Antes de instalarme definitivamente en Madrid, estuve yendo y viniendo a base de puentes aéreos. Volar tan a menudo me enseñó que el tópico de la mujer vividora, o cómo queráis llamarla, y su homólogo, el hombre de mediana edad (divorciado) y rico, existe de facto. El caso es que, a cada vuelo, me encontraba con chicas jóvenes y guapas (algunas hasta iban para modelo) con un hombre maduro que las perseguía, de tienda en tienda en los dutty free, visa en mano. Me fijé especialmente en una. No sé por qué, esa chica, de treinta años (más o menos: soy muy mala para las edades), me llamó fuertemente la atención. Quizás porque no era especialmente guapa, aunque sí muy atractiva: piel bronceada, algo pecosa, con una larga y cuidada melena castaña, con mechas cobrizas, pechos aumentados, aunque de forma muy elegante y discreta, y quizás hasta con los labios retocados (no estoy segura: también soy muy mala para detectar el bisturí).
A lo mejor sí que estuve pendiente de ella, durante todo el vuelo, por su imagen aunque, pensándolo mejor, creo que lo que provocó ese magnetismo fue el enorme anillo Bvlgari que llevaba en el dedo. ¡Menuda joya!
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