Marco Aurelio, filósofo: “Cuando el dolor es insoportable, nos destruye; cuando no nos destruye, es que es soportable”

Marco Aurelio Duelo De La Filosofia Estoica

El duelo sí tiene cabida en la filosofía estoica, aunque pensemos que esta filosofía busca que escondamos nuestras emociones

Anabel Palomares

Editor

Marco Aurelio dedicó buena parte de sus ‘Meditaciones’ a pensar sobre el sufrimiento, la pérdida y la manera de sostenerse cuando todo parece desmoronarse. Reflexionó sobre el duelo, aquel que no solo se vive cuando muere alguien querido. Podemos experimentar el mismo dolor durante una ruptura. Superar una ruptura de pareja puede ser tan complejo como superar la pérdida de alguien querido. 

El filósofo Marco Aurelio tiene una frase para darnos algo de consuelo en esos momentos: “cuando el dolor es insoportable, nos destruye; cuando no nos destruye, es que es soportable”. Un pequeño canto a la resiliencia para darnos el impulso necesario para continuar.

El peligro de que nuestra mente lo haga más grande

Según el emperador romano, si algo fuera verdaderamente insoportable, nos destruiría. Si seguimos aquí, sintiendo el peso de ese dolor es la prueba de que, por doloroso que sea, es soportable. Tanto el dolor físico como el emocional, tienen un límite infranqueable y sobrevivir es, en sí mismo, una demostración de que no hemos llegado a ese límite. 

Lo sé, sé que crees que ser estoico cuando el corazón parece que va a romperse de pura pena y sientes que la vida te ha dado un golpe tan fuerte que será imposible recuperarte, suena a hombres de alto valor diciéndote que te tragues tus emociones, pero no es así. Desde una perspectiva estoica, lo que de verdad nos hace daño no es el hecho, sino el relato que construimos sobre él. Para Marco Aurelio, y siguiendo esa premisa, “el dolor no puede ser nunca ni insoportable ni de larga duración, a menos que tú lo agrandes a fuerza de la imaginación; debes verlo dentro de sus límites naturales”.

Perder a alguien duele y ese dolor es inevitable y hay que atravesarlo, pero el sufrimiento que nos paraliza suele nacer de los pensamientos que añadimos después como el "no voy a poder superarlo". La mente tiene la capacidad de multiplicar el dolor mucho más allá de lo que la propia pérdida exige. Reconocerlo no significa negar lo que sentimos, ni olvidar el dolor ni ignorarlo. Se trata de no añadirle sufrimiento extra, como lo podría ser la rumiación mental constante.

Es complicado que entre tanto dolor y tantas emociones desagradables te pares a ser lógica, pero intentar distinguir entre el hecho (la pérdida) y la interpretación que hacemos de él (que nos ha destruido), es un primer paso. Esa distinción podemos intentar hacerla con ejercicios como el journaling en el que volquemos en el papel ambas, y verlo desde ese punto diferente, nos ayuda a intentar modificar esa interpretación y cambiar la intensidad del sufrimiento que sentimos. Invertir la perspectiva y como escribía Marco Aurelio, cambiarla: 

“Soy un desgraciado porque me ocurrió esto”. Al contrario: “Soy afortunado porque, a pesar de haberme ocurrido esto, permanezco sin pena y no me rompo por el presente ni temo el porvenir”.

No se trata de ignorar las emociones, sino de no quedarnos a vivir en ellas

Aunque lo parezca, el estoicismo no pide insensibilidad. Llorar es natural y sano. Es necesario incluso, pero regodearnos en ese dolor no lo es tanto. No prolongar de forma voluntaria esa amargura, no sufrir más tiempo o con más intensidad de la debida, como si hacerlo fuera una forma de demostrar a quien se ha ido cuánto le queríamos. El duelo tiene un curso natural y no es lo mismo transitarlo que instalarse en él de forma permanente.

Hay que ver siempre lo humano como flor de un día e inconsistente; ayer una mucosidad, mañana momia y cenizas. Recorre este instante de tiempo según la naturaleza y disuélvete con ánimo favorable, como caería la aceituna madura, alabando a la tierra que la produjo y reconociendo los favores al árbol que la hizo crecer”, decía Marco Aurelio. Su clave es reorientar la memoria y en lugar de lamentar desesperadamente la ausencia, aprender a alegrarse con gratitud por haber tenido la suerte de haber conocido a esa persona y compartir la vida con ella. Sin prisas, cuando el duelo llegue a ese punto de aceptación.

Como reflexiona la filósofa Martha Nussbaum en su libro ‘Envejecer con sentido’, el dolor de la aflicción no es un defecto, sino la prueba de la inmensa importancia que ese amor tuvo en nuestra vida. "El recuerdo de todas las cosas queda en un instante sepultado en la eternidad", reflexiona. Y es el resumen de esa idea de que si todo pasa, también pasa el peso insoportable del primer golpe del duelo. 

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