Creemos que sabemos mantener conversaciones y comunicarnos porque pensamos que somos racionales. Nietzsche no lo creía en absoluto
Friedrich Nietzsche nació en Alemania en 1844 con un propósito: dinamitar la filosofía como estaba entendida hasta entonces. Se convirtió en el primer filósofo contemporáneo y su pensamiento estuvo marcado por su propia soledad. Así comienza a preguntarse por qué los hombres se comportan como lo hacen y nace su frase “a menudo contradecimos una opinión cuando, en realidad, lo que nos resulta desagradable es tan solo el tono con que fue expresada” que aparece en ‘Humano, demasiado humano’. Nietzsche estaba convirtiéndose en una especie de psicólogo avant la lettre.
Si hacemos una paráfrasis de la frase anterior, podríamos decir que “la mayoría de las veces que llevamos la contraria a alguien no es por lo que dice, sino por el tono que usa”. Y esta reflexión confronta como un choque de trenes con los pensamientos filosóficos clásicos. Sócrates había desarrollado la idea de que el ser humano es un ser racional y su pensamiento se mantuvo durante siglos. Nietzsche estaba decidido a romper con ello y por eso se obsesionó con la racionalidad del ser humano. Quería demostrar que creemos que somos racionales cuando nuestras reacciones no lo son tanto.
Somos series pasionales, no racionales
Para entender lo que quería decir el filósofo alemán, hay que poner en contexto cómo se desarrolló su pensamiento. Cuando Nietzsche escribió ‘Humano, demasiado humano’, lo hacía en ese paso de la juventud a la madurez. Dejó de ser amigo de Richard Wagner y se alejó del pesimismo aprendido de Schopenhauer. Empezó a pensar por sí mismo y a poner en duda todo lo aprendido en sus estudios. Ahora quiere entender el comportamiento humano de otra forma y por eso decide cambiar el método y hacerlo muy similar a como se hace en ciencia: observación empírica y análisis, en este caso, de la conducta humana.
Es así como empieza a darse cuenta de algo que se siente en todo el libro y es que los seres humanos tienen malos hábitos al sacar conclusiones. Y esos malos hábitos son fruto de que somos mucho menos racionales de lo que creemos ser. Como si fuera un castillo de naipes, esa afirmación hace caer la creencia de que sabemos conversar. Según Nietzsche no tenemos ni idea.
Nietzsche sostenía que, en realidad, todas nuestras conclusiones están impulsadas por la búsqueda del placer. “Inconscientemente buscamos principios y dogmas que estén en consonancia con nuestro temperamento”, escribía. Es decir, que nuestras creencias dependen de nosotros mismos, algo que la psicología cognitiva moderna valida con el sesgo de confirmación: nuestro cerebro da más importancia y credibilidad a aquello que encaja en nuestras creencias. Así, según Nietzsche, “la primera opinión que nos viene a la mente cuando se nos pregunta repentinamente sobre un asunto no suele ser la nuestra, sino sólo la habitual, apropiada a nuestra casta, posición o ascendencia.”
El problema para el filósofo, es que las conclusiones erróneas se ratifican y la sociedad las refuerza con incentivos y castigos. “De las pasiones nacen las opiniones; la pereza mental permite que estas se rigidicen hasta convertirse en convicciones”, asegura y añade que "las convicciones son enemigos peligrosos de la verdad, más que las mentiras", porque son las primeras las que nos hacen creer que no estamos equivocados.
Criticamos en base a emociones y no a lo que de verdad pensamos
Si nuestras opiniones ya son pasionales en su origen y dependen de nuestro contexto, tiene sentido pensar que nuestras reacciones a las opiniones ajenas también lo sean. Nuestro juicio a otros está ligado a nuestro estado emocional y por eso “criticamos con acritud a un pensador cuando enuncia una proposición que nos desagrada; aunque sería más razonable hacerlo cuando su proposición nos agradase”, escribía el filósofo.
Pero no criticamos ni siquiera por el pensamiento en sí. Criticamos por la forma en que lo percibimos y eso hace que una conversación que podría aportarnos algo, se convierta en un debate más parecido a los de ‘Supervivientes’ que a una conversación. El tono influye, como bien explica la regla 7-38-55 del psicólogo Albert Mehrabian que asegura que la comunicación se transmite en un 38% con nuestro tono de voz.
Un tono agresivo genera una respuesta también agresiva, pero no solo eso. Por reactancia psicológica, cuando nos sentimos amenazados por otra persona (un tono de voz más alto, un lenguaje corporal agresivo…), no procesamos ni siquiera lo que nos dice, solo reaccionamos porque percibimos una amenaza. Pero no solo reaccionamos al tono si no que llegamos a juzgar lo válido que es lo que otra persona nos dice por cómo lo dice. "No escuchamos a las personas, sino que las clasificamos según la voz con que nos hablan", afirmaba Nietzsche.
Puede que este pensamiento del filósofo nos haga reflexionar sobre nuestra propia forma de comunicarnos y nos invite a reformular nuestras conversaciones con una mentalidad abierta y sin entender cada palabra como un ataque a nuestro ego.
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