
La vida que estás viviendo ahora no es el borrador de otra, así que espabila que la felicidad no espera al momento perfecto
Todos tenemos una lista de cosas que planeamos hacer cuando llegue el momento perfecto. Empezar ese libro que descansa en la mesilla desde hace meses, volver a las clases de pole dance, visitar ese pequeño pueblo precioso que vemos por Instagram una y otra vez. Pero “el necio, entre otros males, posee éste: siempre trata de comenzar su vida”. Esta cita de Epicteto, recogida por Séneca en sus ‘Cartas a Lucilio’, es un perfecto resumen de una trampa que nos persigue como seres humanos, la de esperar el momento perfecto.
Para la filosofía clásica la buena vida no depende de cuánto tiempo vivimos, sino de cómo usamos el tiempo que tenemos. Y tendemos a aplazar algunas cosas pensando en que llegará el momento idóneo para hacerlas (cuando tengamos más tiempo libre, cuando estemos más tranquilas, cuando la vida nos deje), pero ese momento rara vez llega, y la vida no se detiene mientras esperamos. Es como si hubiéramos decidido quedarnos en la sala de espera en lugar de entrar a pesar de que sabemos que queremos hacerlo.
La trampa de la eterna preparación
En la filosofía clásica, el concepto de necedad (stultitia), no hace referencia a una falta de capacidad intelectual, sino a un estado de inconsistencia. Hace referencia a una persona que vive en los preparativos, en la antesala de una existencia que nunca termina de empezar. Séneca explicaba que el mayor obstáculo para vivir es la espera del mañana, porque sacrifica el hoy a cambio de algo incierto y nos lleva a malgastar el tiempo en aplazar lo que de verdad nos importa.
Hoy lo llamaríamos de otra manera. No necedad sino perfeccionismo, o incluso procrastinación. No empezar eso que sueñas hasta que todo esté en las condiciones, solo produce lo que el psicólogo Tal Ben-Shahar denomina la falacia de la llegada: creer que seremos felices cuando alcancemos algo, cuando en realidad esa satisfacción se diluye enseguida y buscamos la siguiente.
La ilusión del "momento perfecto", esa promesa que nos hacemos de que ya viviéramos cuando podamos, cuando consigamos ciertos logros, cuando no tengamos problemas o cuando nos jubilemos, es un olvido ingenuo de la propia fragilidad mortal. Se nos olvida que morimos y que el tiempo que imaginamos puede que no esté al alcance de la mano. En su ‘Carta a Meneceo’ Epicteto afirma que no existe una edad idónea para buscar la salud del alma.
“Que nadie, por joven, tarde en filosofar, ni, por viejo, de filosofar se canse. Pues para nadie es demasiado pronto ni demasiado tarde en lo que atañe a la salud del alma. El que dice que aún no ha llegado la hora de filosofar o que ya pasó es semejante al que dice que la hora de la felicidad no viene o que ya no está presente”.
Es decir, nunca es demasiado pronto ni demasiado tarde para alcanzar la felicidad, y el problema de retrasar esa felicidad, es que la vida se va perdiendo a costa de ese aplazamiento.
Epicteto apostaba por menos planes y más acción. “Primero di a ti mismo qué te gustaría ser; y luego haz lo que tengas que hacer”, porque la vida no se transforma con planes abstractos ni intenciones futuras, sino alineando los actos de hoy con la persona que has decidido ser. Por eso afirmaba que “si quieres ser escritor, escribe”, que puede parecer demasiado simple pero esconde una pragmaticidad que enfrenta las justificaciones interminables.
No creas ahora que Epicteto era el padre de Mr Wonderful. Ni mucho menos. Aunque sostenía que esperar a que desaparezcan las dificultades para empezar a vivir cuando nos vaya bien, es otra forma de aplazamiento, eso no significa que respondiera a ese positivismo tóxico que nos enferma al grito de “tú puedes con todo”. Lo que sí hacía era asegurar que necesitamos ser conscientes de la realidad. “No pretendas que las cosas sean como las deseas. Deséalas como son”, escribía, y cuando aceptamos esa vida imperfecta, el aplazamiento hasta que llegue ese momento ideal, desaparece.
Empieza pequeño porque diez minutos ahora valen mucho más que un gran comienzo que no llega nunca, y acepta la imperfección, porque un plan perfecto es solo un plan si nunca se lleva a cabo. Decía el filósofo que “ninguna cosa grande se crea de repente, al igual que un racimo de uvas o una higuera. Si me dices que deseas un higo, te respondo que hace falta tiempo. Deja que florezca primero, luego que dé fruto y que madure”, pero si nunca empiezas, jamás podrás llevarte ese dulce higo a la boca. Y sí, el higo es tu felicidad, así que espabila que la vida se pasa en un suspiro.
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Fotos | World History Encyclopedia, Bobby Thapa en Unsplash
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