Ojalá fuera solo ficción, pero lo que representaba ‘El diablo viste de Prada’ hace 20 años, es lo mismo que vivimos ahora
El 30 de abril de 2026 llega, veinte años más tarde, la secuela de ‘El diablo viste de Prada’. Meryl Streep vuelve a ser Miranda Priestly, y Anne Hathaway, Andy Sachs. Parte de su éxito fue que conectamos muchísimo con la película. Conectamos con la ambición de sus protagonistas porque el movimiento girlboss estaba en pleno auge. Queríamos trabajar duro como Andy, para alcanzar el poder de Miranda.
Han pasado dos décadas desde entonces. Ahora, al ver el tráiler de ‘El diablo viste de Prada 2’ no puedo evitar preguntarme si esa vida laboral a la que aspirábamos, con lo bueno y lo malo que tenía, ha cambiado y hemos evolucionado para mejorar. La respuesta corta es que no, y lo que Andy vivió es lo que seguimos viviendo ahora. La respuesta larga es mucho más interesante.
Lo qué representaba ‘El diablo viste de Prada’ en 2006
Hay algo fantástico en ‘El diablo viste de Prada’ y es la honestidad con la que muestra un sistema cruel, el del éxito. En 2006, la maldad parecía inherente al éxito y Miranda se mostraba abiertamente como una jefa monstruosa. Sin embargo, aseguraba que "todo el mundo quiere esto, todo el mundo quiere ser nosotras".
En su momento, la película fue una especie de advertencia que no terminamos de entender del todo. Nos mostraba a una Andy que perdía por su trabajo todo lo que antes le pertenecía. Desde su pareja a su propia identidad, pasando por sus amigos y su salud mental. La ambición tenía un precio que pagó, pero vimos su papel sin que las palabras burnout, hustle culture, renuncia silenciosa o límites estuvieran en nuestro vocabulario.
Pensemos en lo que nos cuenta ‘El diablo viste de Prada 2’ en su tráiler centrándonos en la figura de Andy, y cómo ha evolucionado el personaje en este tiempo. La primera película terminó con una Andy agotada, quemada e incapaz de poner límites. Tenía ambición, pero ahora, 20 años más tarde y en la secuela, trabaja en un periódico porque renunciar al éxito entendido como lo entiende Miranda, es abrazar la paz mental y huir del burnout.
20 años más tarde: más empatía, pero mismos problemas para las mujeres
En 2026, la empatía consigue mejores resultados que la crueldad si hablamos de líderes, pero si eres mujer, tienes poder (o aspiras a él), la cosa no ha cambiado tanto. Ahora sí sabemos qué significa esa dinámica tóxica de liderazgo que representaba Miranda, pero eso no significa que tengamos mejores herramientas para afrontarlo. Es más el mensaje que recibimos no dista tanto del que recibíamos.
En un momento de ‘El diablo viste de Prada' Andy le dice a Nigel que su vida personal pende de un hilo. Él contesta: “Eso es lo que pasa cuando empiezas a rendir, cielo. Avísame cuando tu vida esté destrozada. Será hora de un ascenso”. Hoy la ambición se sigue vendiendo como empoderamiento feminista. La productividad extrema que se exigía antes es la misma que se exige ahora. Si queremos poder siendo mujeres, tenemos que seguir renunciando a lo mismo que hace 20 años.
Creímos que podíamos tener éxito profesional pero ese éxito se acompaña de una carga mental abrumadora, una escasez de conciliación y una sobrecarga familiar con efecto para nuestra salud mental. A esto se suma una brecha salarial que aún existe y el pensamiento de que si eres ambiciosa pero pones límites en tu trabajo, no tienes suficientes ganas. Pero si eres ambiciosa y no pones límites como hizo Andy hace 20 años, terminas con burnout y haciendo malabares para tener una vida personal que no sea solo trabajo.
Solo si renuncias te convertirás en una mujer de éxito, porque seguimos sin poder tenerlo todo en un sistema en el que el cuidado sigue siendo cosa nuestra.
Los datos no mienten, Según el V Barómetro FEDEPE sobre el liderazgo femenino, el 58,4% de las mujeres que están en puestos de alta dirección están más dispuestas a renunciar a una parte de tiempo personal o familiar por crecimiento profesional. Y esto ocurre porque un 42,1% de las mujeres se encarga en solitario del cuidado de los hijos (aunque trabajen las mismas horas que ellos) y el bienestar para el 98,7% de las mujeres se resiente por la falta de corresponsabilidad.
Ambiciosa pero no "difícil"
A esto se suma que cuando adquieres un puesto de dirección, y te lo digo por experiencia propia, se te exige una asertividad que en realidad es otra cosa. Te piden ser firme, tener carácter, mandar con disciplina, ser decidida y, cuando lo haces y juegas el juego que el sistema te vende, se te juzga como una mujer “difícil”, porque tener carácter siendo mujer sigue teniendo una connotación negativa. A ellos no les ocurre. Cuando un hombre tiene carácter es visto como un líder, no como alguien difícil de tratar, porque los estereotipos de género están muy presentes en lo que a liderazgo se refiere. Hasta Andy lo dijo en la película de 2006, "si Miranda fuera hombre nadie notaría nada malo en ella, excepto lo bien que hace su trabajo".
Lo que sí creo que ha cambiado, aunque sea parcialmente, es que antes no existía la conciencia colectiva que existe ahora. Reflexionamos más sobre la toxicidad que habíamos normalizado con los líderes tóxicos. Hay más conversación real sobre bienestar laboral. No nos da miedo hablar abiertamente sobre burnout y sobre el coste invisible que pagamos las mujeres al acceder al poder en el ámbito profesional. Personalmente cuando vi ‘El diablo viste de Prada’ tenía 20 años. Ahora veré ‘El diablo viste de Prada 2’ con 40 y un conocimiento muchísimo más amplio del mercado laboral, del éxito y de todo lo que no quiero en una situación de trabajo.
El problema es que nuestras conversaciones van muy por delante de cambios reales en las estructuras laborales. Y aunque las nuevas generaciones están trabajando duro en conseguir ese cambio, -la Generación Z inventó el “minimalismo profesional” para explicar que solo quieren ser felices fuera del trabajo, por ejemplo- y siete de cada diez jóvenes no quiere ser jefe, lo cierto es que queda mucho camino por recorrer y el perfil de Andy en ‘El diablo viste de Prada’ no está tan lejos del perfil que seguimos viviendo las mujeres.
Quizás lo más interesante de la película no será ver el éxito o fracaso de Andy y Miranda, sino descubrir si esta secuela tiene el coraje necesario para cuestionar el sistema en lugar de romantizarlo. Si el mensaje termina siendo que "el esfuerzo vale la pena" y que la ambición, la falta de límites y el burnout van de la mano si quieres éxito, habremos perdido la oportunidad de decir algo verdaderamente nuevo y que cambie la perspectiva de las nuevas generaciones.
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