Según los psicólogos, las personas que crecieron en los años 80 y 90 desarrollaron la "falacia de la llegada" al estar expuestas constantemente a historias que siempre tienen finales felices

El doctor Tal Ben-Shahar, profesor de Harvard y especialista en psicología positiva, tiene nombre para algo que nos afecta a muchos de los que crecimos viendo películas de Disney y comedias románticas 

Nacho Viñau

Editor

Poco importa si llegó en forma de película de Disney o por comedias románticas como Pretty Woman... El mensaje de las películas de las últimas décadas del siglo XX fue el mismo: al final, todo se arregla. Los protagonistas consiguen lo que quieren, se enamoran, triunfan, y comen perdices. Esa narrativa, repetida durante años en una época en la que el cine y la televisión eran los grandes referencias culturales de una generación, acabó calando en nuestra forma de entender la vida adulta.

El profesor de Harvard Tal Ben-Shahar lleva años advirtiendo del efecto que esa sobreexposición a finales felices ha tenido en las generaciones que crecimos en los 80 y en los 90. Lo que él denomina la falacia de la llegada, describe precisamente eso: la creencia errónea de que alcanzar una meta concreta nos proporcionará felicidad duradera. Una trampa cultural que, según el psicólogo de Harvard, se ha convertido en un auténtico veneno silencioso para toda una generación.

Qué es exactamente la falacia de la llegada

Tal y como explica en un podcast que ha colgado en su cuenta de Linkedin, la falacia de la llegada es un mecanismo psicológico bien documentado que se basa en una premisa sencilla pero equivocada: cuando consiga esto, seré feliz. Cuando tenga pareja estable. Cuando me asciendan. Cuando compre esa casa. Cuando llegue a fin de mes sin agobios. El problema, como explica Ben-Shahar, es que la felicidad no funciona como un destino al que se llega y donde uno se queda para siempre.

Bajo esta falacia se construyen pensamientos del tipo "cuando consiga este trabajo todo se arreglará" o "cuando gane cierta cantidad de dinero dejaré de preocuparme". Y así, la felicidad deja de ser un estado del presente para convertirse únicamente en una promesa del futuro.

Por qué afecta especialmente a quienes crecieron en los 80 y los 90

Los que crecimos en esas décadas fuimos educados en relatos de finales perfectos. Las películas de Disney, las comedias románticas de Hollywood, las series familiares y los cuentos infantiles compartían una estructura narrativa casi idéntica: el protagonista quiere algo, lo persigue, supera obstáculos, y al final lo consigue. Y ahí termina la historia. Justo cuando la vida se vuelve perfecta.

Ese cierre narrativo se convirtió, para muchos niños de aquella época, en una referencia sobre cómo debía funcionar la vida adulta. Estudiar, encontrar pareja, tener estabilidad económica y, con ello, alcanzar la felicidad. Desde pequeños, interiorizamos que la vida debía resolverse siguiendo una secuencia lógica de hitos, y que al culminarlos nos esperaba ese final feliz que habíamos visto tantas veces en pantalla.

El choque llegó cuando la realidad no siguió el guion. La precariedad laboral, las relaciones que no siempre funcionan, los ascensos que no llegan o la sensación de que, incluso cuando las cosas van bien, falta algo. Esa distancia entre lo que esperábamos y lo que encontramos se ha convertido, según los psicólogos, en una fuente de frustración, ansiedad y sensación de vacío crónico en personas que, sobre el papel, han cumplido con todos los hitos.

El cerebro tiene la culpa: la adaptación hedónica

Para explicar por qué la felicidad se desvanece después de alcanzar una meta, la psicología recurre a un concepto clave: la adaptación hedónica. El cerebro tiene una capacidad innata para acostumbrarse a las nuevas circunstancias, incluso a las más positivas. Lo que hoy nos parece extraordinario, en unos meses pasa a ser simplemente la nueva normalidad.

Hay algo más que añade Ben-Shahar: tendemos a ser más felices antes de conseguir algo que después. La anticipación genera dopamina, ilusión, un estado de expectativa que resulta enormemente placentero. Cuando por fin llegamos a la meta, esa magia se rompe. Los psicólogos lo llaman "la sala de espera de la felicidad": ese estado en el que proyectamos todo nuestro bienestar en un futuro idealizado que, al materializarse, casi nunca cumple lo prometido.

La nostalgia como síntoma

Cuando la secuencia vital que habíamos interiorizado desde pequeños se rompe (por problemas, por cambios sociales, por una vida que simplemente no sigue el guion de las películas) surge algo más que decepción. Surge la sensación de haber fallado, de que algo no encaja. De que los demás sí han llegado a ese destino, mientras que nosotros nos hemos quedado a medio camino.

La falacia de la llegada ha pesado especialmente sobre la generación X y los millennials. Educados en esa promesa cultural de los finales perfectos, interiorizaron que la vida debía resolverse de una manera concreta. Y cuando eso no ocurre, o cuando ocurre y aun así no basta, el vacío que queda es difícil de gestionar.

Lo que la Generación Z parece haber entendido mejor

Paradójicamente, las generaciones más jóvenes parecen haber llegado a esta conclusión por otro camino. La Generación Z, criada en un contexto de mayor incertidumbre y con una relación diferente con el éxito y las metas, ha adoptado de forma más natural una visión del bienestar menos centrada en destinos y más orientada al proceso. En lugar de obsesionarse con metas finales, muchos jóvenes priorizan el equilibrio emocional, la flexibilidad ante el cambio y la aceptación de que la satisfacción personal varía con el tiempo.

No es que hayan resuelto el problema de la felicidad. Es que, al no haber crecido con esa promesa tan fuerte del "y fueron felices para siempre", parten de expectativas distintas. Y eso, según los especialistas, marca una diferencia real en cómo gestionan la frustración.

Cómo salir de la trampa: del destino al proceso

La recomendación de Ben-Shahar y de la psicología moderna es clara, aunque no siempre fácil de aplicar: abandonar la idea de que la felicidad es un punto de llegada. No se trata de renunciar a los objetivos, sino de dejar de vincularlos a la promesa de una plenitud permanente.

Aprender a valorar el proceso, a medir la vida como un recorrido continuo plagado de cambios en lugar de como una carrera con meta fija, reduce la presión y aleja esa sensación de fracaso que muchos experimentamos cuando alcanzamos algo y descubrimos que no era para tanto. Aceptar que el bienestar fluctúa, que los logros no nos salvan de todo y que los momentos de vacío no son una señal de haber fallado, sino parte del trayecto normal.

Quizá la trampa no sea no haber llegado. Quizá la trampa era creer, desde que teníamos ocho años y las luces de la sala se apagaban, que llegar lo era todo.

Fotografías | Freepik, Netflix, Prime Video

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